Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 2. CAPÍTULO 2
4%

2. CAPÍTULO 2

M iles de personas se habían congregado en el césped del campus.

Las grandes aglomeraciones ponían nerviosa a Victoria. Era extremadamente consciente de la infinidad de cosas que podían salir mal.

Desde su silla en el escenario, examinó los rostros.

Fila tras fila de birretes y togas azules.

Detrás se sentaban profesores, familiares y amigos.

En otro tiempo, ella había ocupado aquellas primeras filas, inquieta en su asiento junto a otra docena de estudiantes cuyos apellidos empezaban por H.

No parecía que hubiera pasado tanto tiempo.

Le dolía la cabeza porque apenas había dormido la noche anterior, su última noche como universitaria.

Durante la ceremonia, recordó haber pensado que los discursos no acabarían nunca.

Ahora era ella quien pronunciaba uno.

—... y es para mí un gran honor —dijo el presidente de la universidad— presentar a la encargada de pronunciar vuestro discurso de graduación, una de las jóvenes graduadas más famosas y destacadas de Georgetown.

Victoria sonrió ante el énfasis que puso en la palabra «jóvenes». Pasados los treinta y cinco, ya no se sentía tan joven, y menos aún después de todo cuanto había vivido.

—Victoria Heslin ha dedicado su carrera a promover la misión de esta universidad: nuestro compromiso con la justicia y el bien común, con una vida generosa al servicio de los demás.

A lo largo de sus años de trabajo de campo con el FBI, ha contribuido a hacer de nuestro país un lugar más seguro para todos.

Recibamos a la agente especial Victoria Heslin.

Los aplausos se alzaron mientras Victoria se acercaba al atril. Al ajustar el micrófono, los nervios se le calmaron.

—Gracias por tan generosa presentación y por concederme este honor —dijo cuando cesaron los aplausos. Dejó que su mirada recorriera al público—. Y enhorabuena a todos los recién graduados. Os habéis ganado este momento.

Hubo más aplausos, aunque no todo el mundo aplaudió. Muchos sostenían en alto sus teléfonos para grabarla.

—Poco después de graduarme en Georgetown, ingresé en el FBI. Quería ayudar a las víctimas del mismo modo en que el FBI ayudó a mi familia en un momento difícil, cuando unos delincuentes secuestraron a mi madre. —Hizo una pausa—. Hoy habría cumplido cincuenta y ocho años.

Se permitió un segundo.

—Empecé como perfiladora del FBI e imaginaba que pasaría mi carrera evaluando a delincuentes desde la seguridad de un despacho, detrás de mi ordenador.

Entre el público se alzaron risas cómplices. Ella rio con ellos.

—Resulta que nuestros planes suelen evolucionar una vez que nos ponemos en marcha.

El trabajo de campo se convirtió en mi pasión.

Pero, si habéis oído hablar de mí, probablemente no sea por mis casos.

—Respiró hondo—. Hace cuatro años, viajaba en el vuelo 745 de Skyline cuando se estrelló en Groenlandia.

La mayoría de los pasajeros no sobrevivieron.

Un murmullo recorrió al público.

—Las temperaturas se mantuvieron bajo cero.

No teníamos forma de comunicarnos y disponíamos de víveres limitados.

Todos los que me rodeaban estaban heridos.

—Se estremeció al recordar el horror—. Durante aquellas primeras horas, no pensaba en la justicia ni en el servicio ni en ninguno de los valores sobre los que había construido mi carrera.

—Hizo una pausa—. Pensaba en volver a casa con mi familia.

Me preocupaba quién cuidaría de mis perros y mis burros.

La siguieron unas risas leves.

—Espero que nadie tenga que pasar jamás por una experiencia semejante, pero aquellos días me enseñaron sobre la perseverancia más que toda una vida.

Cada superviviente poseía una cualidad que los demás necesitábamos.

A veces consistía en animarnos a seguir adelante cuando detenernos habría sido mucho más fácil, o en actos de generosidad cuando la situación nos daba todos los motivos para ser egoístas.

Dejó que aquellas palabras calaran.

—Lo mismo sucede en todos los ámbitos en los que vais a adentraros.

En un tribunal. En un hospital. En un laboratorio.

En un aula. En un gobierno. Llegará un momento de vuestra vida en el que todo será incierto, habrá mucho en juego y estaréis preocupados, incluso asustados.

El miedo es una fuerza poderosa. Estrecha nuestra visión.

Nos lleva a buscar a alguien a quien culpar, a alguien a quien apartar.

Eso es lo que hace. No permitáis que venza.

Hizo una pausa. Tragó saliva. Se planteó beber un sorbo de agua, pero continuó. No había páginas que pasar. Se había aprendido el discurso de memoria. Las palabras fluían con facilidad porque creía en cada una de ellas.

—He trabajado en casos que todavía me atormentan.

Me he sentado junto a familias en los peores días de sus vidas y he intentado ayudarlas dándoles respuestas, justicia y la verdad.

Esta universidad exige un compromiso con la justicia, con el bien común, con una vida generosa al servicio de los demás.

Y quiero deciros, tras una década dedicada a una carrera basada en esa promesa, que no es fácil. Pero merece la pena.

»La justicia, cuando sigue los cauces adecuados, es lenta y complicada. Exige una paciencia que la mayoría de nosotros no poseemos de manera natural, sobre todo cuando hay personas sufriendo. Pero sigo creyendo en ella.

»El trabajo que os cuesta algo es el que os cambia. Y las personas con las que lo hacéis, las que se presentan a vuestro lado cuando las cosas se ponen difíciles, son las que definirán vuestra vida.

»Enhorabuena a la promoción de 2024. Salid ahí fuera y sed útiles los unos para los otros.

Localizó a su padre y a su abuelo entre el público, detrás de la última fila de profesores ataviados con sus coloridas togas. Su padre se puso de pie y aplaudió. Cuando sus miradas se encontraron, se llevó una mano al corazón.

Victoria sintió que se quitaba un peso de encima.

Aún quedaban más discursos, la entrega de títulos honoríficos y la concesión de diplomas, que siempre parecía prolongarse una eternidad, pero su intervención en público había terminado.

Sí, era un honor que agradecía, pero eso no significaba que disfrutase haciéndolo.

Regresó a su asiento en el escenario mientras el presidente presentaba al siguiente orador.

Lawrence Goodman, uno de los homenajeados, estaba sentado cuatro sillas a su izquierda.

Se le concedía aquel reconocimiento por su última donación multimillonaria.

Habían demolido un edificio antiguo y, en el lado oriental del campus, se estaba construyendo el imponente Centro Goodman de Ética Empresarial.

Lawrence había envejecido mucho desde la última vez que lo vio.

Se le habían formado bolsas bajo los ojos, tenía la papada más pronunciada y casi todo su cabello castaño se había vuelto plateado.

Victoria mantuvo una expresión agradable, aunque por dentro hacía una mueca.

En otro tiempo, él la había hecho sentirse incómoda.

Años atrás, cuando era niña. Nunca lo había olvidado.

Lawrence se volvió y captó su mirada. Victoria apartó los ojos.

El siguiente era el decano de Estudiantes. Dedicó dos minutos completos a leer una lista de las credenciales diplomáticas de Harrison Porter, jefe de Protocolo de Estados Unidos.

Harrison se acercó al micrófono con paso indolente. En las pantallas gigantes que flanqueaban el escenario se lo vio ajustar las manos sobre el atril. Una se le resbaló. Su cuerpo se venció hacia la izquierda durante un segundo antes de que recuperase el equilibrio.

—Gracias a la Univershidá de Georgetown... Disculpen... a la Universidad de Georgetown por invitarme de nuevo. Ya soy un habitual, ¿verdad?

Victoria se preguntó por qué le costaba hablar con claridad. ¿Le pasaba algo?

Sonrió al público. —Cuando fui embajador en Alemania y la canciller se sentaba habitualmente a mi mesa...

Su discurso le pareció poco inspirador. Se limitaba a resumir su lujoso estilo de vida y los numerosos privilegios de los que disfrutaba, salpicándolo todo de nombres importantes.

O quizá eso fuera lo que motivaba a la gente y, por contraste, ella los hubiera aburrido hablando de largas y poco glamurosas jornadas en pos de la justicia, además de la importancia de perseverar en situaciones penosas.

Dos horas después, aunque habían parecido muchas más, la ceremonia concluyó con «Pompa y circunstancia». El público estalló en vítores y gritos de júbilo. Los birretes volaron por los aires.

Victoria bajó las escaleras del escenario y salió en procesión junto con los demás. Por el camino, varias personas le tendieron la mano para estrechársela y se presentaron a toda prisa.

Encontró a su familia cerca del borde del césped, donde habían acordado reunirse.

Su abuelo estaba sentado en un banco a la sombra.

Su padre permanecía de pie a su lado. Los dos hombres siempre habían estado muy unidos, pero, después de que su abuela muriera unos años atrás, se habían acercado aún más.

Ambos eran viudos y comprendían la pérdida del otro.

—Ahí está. Has estado maravillosa, Tori. —Su padre la estrechó en un abrazo—. Ha sido muy bonito que mencionaras a tu madre. Ojalá hubiera podido verte. Le habría encantado cada palabra.

—Gracias, papá. —Victoria se apartó y se volvió hacia su abuelo, agachándose para quedar a la altura de sus ojos—. ¿Me has oído bien, abuelo?

Él frunció el ceño. —¿Me lo preguntas porque no estás segura de que tu voz se proyecte bien o porque crees que estoy duro de oído?

Ella le devolvió la sonrisa. —¿No pueden ser las dos cosas?

—Te he oído perfectamente. —Sacó de la chaqueta un pañuelo de seda azul y se secó el sudor de la frente—. Veintiocho grados en mayo. Si esto es el cambio climático, no me gusta.