CAPÍTULO CUATRO
Aunque es evidente que Henny o Lola le han dicho que puede entrar, Sophie da tres golpes secos en la puerta y espera a que le den permiso.
Me la imagino ahí de pie, con esa chaqueta suya de color rosa oscuro y el pelo recogido en una coleta que probablemente no pretende llevar tan deshecha como siempre parece.
Hay algo en ella que evidencia cuánto se esfuerza sin acabar de dar en el clavo, y resulta adorable.
Espero, por supuesto, saboreando esos breves momentos de expectación antes de que entre en la consulta.
Mientras entra, ya está sacando los brazos de las mangas de la chaqueta.
Estamos a mediados de julio y hace demasiado calor para la ropa que ha elegido, pero se nota que su objetivo es vestir elegante y con estilo, no de acuerdo con la estación.
Es un detalle sin importancia, pero, como suele decirse, son las pequeñas cosas las que cuentan.
Fijarse en estos detalles puede revelar mucho sobre una persona.
Prestar atención a las minucias ayuda a comprenderla, y yo quiero comprender a Sophie.
Permanece de pie, con la chaqueta sobre un brazo, esperando de nuevo a que le dé permiso para sentarse o la invite a hablar.
—Cuélgala del respaldo del sillón y siéntate.
Hace lo que le digo y se sienta con las piernas pálidas y desnudas cruzadas a la altura de los tobillos.
Es evidente que ha elegido esas bailarinas negras para que hagan juego con la recatada falda de corte evasé que le llega por encima de las rodillas.
Su aspecto formal y estudiado casi consigue engañarme, pero sé que todo es pura fachada.
Hace cuanto puede por parecer una mujer que tiene su vida bajo control, aunque esté en la consulta de un psiquiatra.
Si se cruzara con alguno de sus compañeros por la calle de camino a la cita, estoy casi seguro de que lograría convencerlo de que iba a darse un masaje en vez de a ver a su loquero.
Sin embargo, estoy mirando donde no debo, y ese es un error de principiante.
Lleva unas gafas de montura ovalada, con un acabado de carey que combina bien con el tono castaño rojizo de su pelo.
Hoy también resaltan el enrojecimiento de sus ojos.
Ha estado llorando, y hace poco. No son los restos inyectados en sangre de una llorera en casa.
Son la prueba de unas lágrimas derramadas en los minutos, quizá instantes, anteriores a su llegada.
Tiene la piel cetrina y seca y, aunque ha hecho todo lo posible por ocultar con maquillaje la palidez enfermiza de su rostro, distingo el polvo sobre sus mejillas y los restos de rímel acumulados bajo los ojos.
En otras circunstancias, quizá me habría inclinado hacia ella y le habría ofrecido un cigarrillo o una copa de algo fuerte, pero, por supuesto, no puedo hacer eso.
En lugar de ello, la observo, asimilando cada detalle de su aspecto, y pienso en cómo puedo ayudarla exactamente.
Esta es la tercera sesión y ya va siendo hora de que se sincere, si de verdad quiere que las cosas cambien.
La pregunta inicial de esta semana sirve para todo: ¿Qué ha pasado?
Sophie inspira de forma larga y temblorosa, con los ojos enrojecidos vueltos hacia abajo, haciendo todo lo posible por evitar mi mirada.
Por un momento, creo que está a punto de romper a llorar otra vez.
Vacila, indecisa e insegura. Al verla así, cuesta creer que la propia Sophie sea una mujer profesional.
Aunque se ha tomado la primera mitad del año como una excedencia prolongada, está plenamente cualificada y tiene una experiencia profesional moderada.
Como escribió la palabra «profesora» con su letra grande y llena de bucles en el formulario que Henny le dio para rellenar, en lugar de marcar la casilla de «desempleada», solo cabe suponer que tiene intención de regresar algún día a esa profesión.
Habla, pero estoy tan absorto en mis pensamientos que no oigo lo que dice.
Tengo que concentrarme. Dejar de pensar en la Sophie del pasado —quizá en la Sophie del futuro— y centrarme en el aquí y el ahora. ¿Acaso no es ese el consejo que le daría también a ella?
—No he salido mucho —dice—. No quiero salir de casa. Cada vez que lo hago, miro por encima del hombro. La gente debe de pensar que estoy loca. Yo pienso que estoy loca.
—¿Y en casa te sientes segura?
—Nuestra casa… mi casa es una fortaleza.
Es tan segura que, si alguna vez me quedara fuera sin llaves, probablemente tendría que mudarme.
Al menos en eso Jack era bueno. Decía que, si tenía que marcharse y dejarme sola durante semanas, quería estar seguro de que yo estuviera a salvo.
Se puede recorrer el sendero hasta la puerta principal, pero, a partir de ahí, no hay forma de entrar.
A menos que yo te deje —sonríe al añadir esa última frase, satisfecha con su broma, pero la sonrisa no dura mucho.
Frunce los labios en un gesto tenso, como si le disgustara haberse permitido expresar algo que no fuera negativo—.
Jack quería protegerme. Me quería, ¿sabes?
No puedo apartar los ojos de ella. No quiero volver a perderme nada de lo que diga. Parece que por fin estamos llegando a la raíz de sus problemas.
—Ojalá pudiera entender qué quieren de mí. Por qué me vigilan, me siguen o lo que sea. No lo entiendo. No tiene ningún sentido.
—¿Ha ocurrido algo desde que estuviste aquí la semana pasada? Ahora pareces muy segura de que alguien te sigue. La semana pasada, cuando hablamos, contemplabas la posibilidad de que todo esto fuera fruto de tu imaginación. ¿Qué te parece ahora esa posibilidad?
—Sí. Lo sé. Sé que estaba contemplándola —dice, recalcando la palabra—. Pero también contemplo muy seriamente que alguien me esté siguiendo, observando todo lo que hago y controlando cada uno de mis movimientos.
Asentir despacio, con serenidad. Asimilar sus palabras. Procurar que no se me note ninguna reacción inmediata. Bien.
—Es bastante habitual que las personas sometidas a una experiencia traumática o a un periodo de estrés o ansiedad desarrollen delirios persecutorios.
—¿Cómo, perdona?
—Delirios persecutorios. El trastorno delirante es una alteración mental que puede afectar a personas como tú, que han sufrido un acontecimiento vital negativo de importancia.
—¿Así lo llaman ahora? ¿Perder a tu marido? ¿Un «acontecimiento vital negativo de importancia»? —Sophie suelta una breve carcajada irónica.
—Presentas algunos de los otros indicios que cabría esperar en alguien con este tipo de psicosis.
—¿Psicosis, dices? —sacude la cabeza despacio, pero logra mantenerme la mirada—. He perdido a mi marido. No estoy a punto de salir a cometer una matanza ni…
—No es un término despectivo, Sophie. Estas etiquetas están pensadas para ayudarnos a reunir los signos y síntomas, desentrañar tus sentimientos y preocupaciones e intentar encontrar el mejor modo de avanzar para ayudarte a mejorar.
—¿Cuánto tardaré en mejorar? —pregunta.
La respuesta es necesariamente imprecisa.
—¿Mejorar? Depende de lo que entiendas por mejorar. ¿Estar mejor que ahora? Podrías sentirte mejor cuando salgas hoy de aquí.
—Mejorar de verdad —dice, y sé a qué se refiere. Aun así, no hay una respuesta sencilla.
—¿Qué significa mejorar para ti? ¿Qué quieres conseguir?
Responder a preguntas con otras preguntas: una herramienta esencial en el repertorio de cualquier psiquiatra.
Permanezco sentado en silencio, esperando su respuesta. Ella permanece sentada en silencio, sin dármela.
En lugar de eso, recorre la habitación con la mirada, asimilando el entorno, probablemente tratando de averiguar cómo ella, una mujer de treinta y tantos años hasta hace poco equilibrada, ha terminado sometiéndose a terapia psiquiátrica.
Es un pensamiento razonable. ¿Quién espera que su salud mental caiga en picado hasta el punto de necesitar ayuda profesional?
Claro que todos tenemos días malos, y probablemente yo he tenido más que la mayoría, pero que te deriven a terapia psiquiátrica, bueno…
Tampoco hay demasiado que mirar en la habitación.
A primera vista, está dispuesta para resultar cómoda y poco clínica.
Por supuesto, hay un escritorio sólido, que se mantiene despejado entre paciente y paciente, siguiendo esa máxima de escritorio ordenado, mente ordenada.
Seguro que encierra algún mensaje de la escuela Marie Kondo aplicada a la salud mental, pero la verdad probablemente tenga más que ver con proteger la necesaria confidencialidad.
Lo último que desea un psiquiatra es que un paciente lea las anotaciones clínicas de otro.
Cada cual tiene su particular y pequeño cúmulo de problemas.
Ay de ellos como se entrecrucen y acaben atrapados en el drama ajeno.
La disposición de los asientos en la consulta está pensada para crear equilibrio.
El paciente y el profesional tienen sillones iguales.
No soy ni mejor ni peor que tú. Seamos iguales.
En la práctica, eso significa que ambos tenemos sillones de piel sintética.
Cómodos, pero no demasiado acogedores. Nadie querría permanecer sentado en ese sillón demasiado tiempo, aunque se supone que debe hacerte sentir lo bastante relajado para abrir la mente y la boca.
Con sutileza, por supuesto. De forma subconsciente.
Las únicas pistas adicionales sobre el propósito de la habitación son las dos librerías que ocupan toda la pared del fondo, del suelo al techo.
Están situadas detrás del asiento del paciente, para impedir que se distraiga intentando leer la letra pequeña de los lomos mientras trata de evitar hablar.
Detrás del sillón del psiquiatra está la ventana, pero las persianas siempre permanecen bajadas lo suficiente para dejar pasar la luz e impedir al mismo tiempo que nadie mire desde fuera ni desde dentro.
A diferencia de la típica consulta clínica de atención primaria de la sanidad pública británica, no hay carteles en la pared.
Ningún recordatorio de que hay que lavarse las manos, examinarse los pechos o llamar para cancelar una cita si no se puede acudir.
Una vez dentro, lo único que importa es la sesión.
Además, si se te olvida cancelar la cita, vas a pagarla de todas formas, así que ¿por qué iba nadie a querer recordártelo?
Por fin, la respuesta de Sophie me arranca de mis pensamientos.
—Quiero sentir que no estoy… —hace una pausa, tratando de elegir la palabra adecuada—. Loca. Chalada. No sé. Odio esas palabras, pero también odio sentirme así. Vaya, ¿cómo he llegado siquiera…? —la voz se le apaga y sacude la cabeza con una tristeza lenta e incrédula.
No puedo aventurar cuánto tiempo podría llevarle. Es una mujer complicada, un caso complicado.
—Háblame de cómo te sientes ahora.
—Siento que estoy perdiendo la cabeza. Me dijeron, la policía me dijo, que no había pruebas de que nadie me vigilara…
me esté vigilando… siguiendo, acosando o lo que sea.
Al principio se mostraron comprensivos, pero, cuanto más llamaba, más perdían esa actitud, y creo que estuve a punto de acabar detenida por hacer perder el tiempo a la policía. Eso es de locos. Eso es estar loca.
—¿Así que fuiste a hablar con tu médico?
—Ya estaba hablando con él. A veces me cuesta dormir cuando Jack está fuera y, después, bueno, no conseguía salir adelante.
Hojear el expediente, asentir y procurar no distraerla de su flujo de conciencia.
—No me parecía que fuera una cuestión médica, ¿sabes? Médica. Psicológica. Lo que fuera. No quería fármacos, solo quería dormir.
Tomo nota mentalmente. Nada de medicación.
—Pareces una mujer inteligente, Sophie.
Arquea las cejas y deja escapar un breve hum de desacuerdo.
—No, de verdad. Tienes estudios; eres profesora, ¿no?
—Lo era. Antes de todo esto.
—Suponiendo que todo esto sea temporal, eres profesora, ¿verdad?
Sophie se encoge de hombros.
—Supongo que sí.
—Muy bien. Entonces dime una cosa: ¿qué motivo podría tener alguien para querer seguirte?
Está claro que no tiene una respuesta inmediata. Aprieta los labios, baja los ojos pensativa y permanece en silencio, buscando una respuesta apropiada.
—La gente hace esas cosas, ¿no? ¿Los acosadores? ¿Los asesinos en serie? No sé. Lo ves en las noticias, lees cosas al respecto o lo que sea.
—¿Lo lees en libros? ¿En obras de ficción?
—No. Quiero decir que no ocurre solo en la ficción. Pasa, ¿no? Mujeres que vuelven a casa a pie, que siguen con su vida habitual, y entonces…
Hace un gesto impreciso con las manos, pero entiendo lo que quiere decir.
—¿Desaparecen? ¿Les ocurre algo malo?
—Sí, eso. No quiero decirlo. No quiero pensar en ello, porque no quiero que me ocurra a mí.
—¿Y eso es lo que temes? ¿Que alguien te siga porque quiere hacerte daño?
Se limita a asentir.
—¿Y desde cuándo sucede?
—Desde… bueno, empezó poco después de… después de que perdiera… Siete meses. Han pasado siete meses.
—Y durante todo ese tiempo, ¿alguien te ha amenazado físicamente? ¿Alguien se ha puesto en contacto contigo? ¿Se te ha acercado?
Deja escapar un suspiro largo y profundo y admite:
—No. Nada de eso.
En vez de mostrar el alivio de pensar que quizá, después de todo, no esté en peligro, presenta un aspecto derrotado.
—Oye, Sophie. Son buenas noticias. Puede que te asuste pensar que lo que estás experimentando es psicológico, pero podemos tratar los problemas psicológicos.
Asiente despacio y dice, en voz tan baja que tengo que esforzarme para oírla:
—Eso espero. De verdad que sí.
Se produce un silencio antes de que vuelva a hablar.
—Tengo una teoría —dice. No puedo evitar ponerme alerta para escuchar lo que tiene que contar—.
Creo que quizá uno de los motivos por los que me siento así es la culpa —sacude la cabeza en cuanto pronuncia la palabra—.
No la culpa por algo que yo haya hecho. Quiero decir…
—Sophie suspira y prosigue como si no quisiera hacerlo—.
Cuando vino la policía… Bueno, no es que me consideraran personalmente responsable ni nada parecido, pero se mostraron muy despectivos.
Ya es mayorcito y quizá simplemente haya decidido que no quiere seguir con usted, señora Portman.
Por supuesto, nadie dijo eso en realidad, pero no hacía falta.
—¿Y qué piensas de eso?
—¿De qué?
—¿Qué piensas de la posibilidad de que Jack desapareciera por voluntad propia?
—Me parece… —se detiene, intentando encontrar la siguiente palabra, y, como de costumbre, espero con paciencia a que lo consiga. Al final pronuncia la palabra más serena y clara que ha dicho en toda la sesión—: Imposible.