Alguien me vigila CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

La primera media hora del día es la menos interesante.

Siempre hay papeleo que revisar, formularios que firmar y preparativos que hacer para la jornada que comienza.

Henny se encarga de buena parte del trabajo preliminar; por lo general, a las ocho y media los documentos están sobre el escritorio, junto a una taza de té recién hecho.

Es la más eficiente de las ayudantes, la mayor, pero también, sin duda, la más atractiva.

Quizá sea su carácter afectuoso y maternal lo que me hace verla de ese modo.

Hace todas esas pequeñas cosas sin siquiera pensarlo o, al menos, da la impresión de que son actos inconscientes, automáticos, una parte más de su forma de ser.

La llamo Henny porque es como una mamá gallina, siempre cacareando de un lado para otro.

Lleva el cabello castaño y canoso recogido con una de esas pinzas que nunca consiguen sujetarlo del todo, lo cual acentúa el efecto de plumaje alborotado.

Entra y sale de la consulta en un abrir y cerrar de ojos, deseosa de hacer su trabajo sin estorbar.

No la veo demasiado, pero siempre soy consciente de su presencia en segundo plano.

Posee una especie de sexto sentido, como si apareciera justo antes de que alguien la necesite.

La otra chica, Lola, no tiene la misma experiencia ni esa naturaleza intuitiva.

La mayoría de los días, ambas se reparten el trabajo de la consulta, pero desde hace unos meses Henny se ha acostumbrado a librar los viernes.

La diferencia en el ambiente cuando ella no está resulta palpable.

Se podría sustituir a Lola por cualquier ayudante del montón y la consulta seguiría funcionando: se prepararía el té, se archivarían los documentos y se recibiría a los pacientes; nada cambiaría.

Henny, en cambio, forma parte de la esencia del lugar.

Lola es de las que no paran de hablar, siempre apoyada en el escritorio, charlando con el siguiente paciente, cliente, usuario o como se suponga que debo llamarlos.

Tampoco es que se extralimite. Quiero decir que nunca la oigo hablar de detalles personales ni de intimidades.

Siempre es la típica charla trivial e insustancial que uno esperaría encontrar en una peluquería, no en la sala de espera de un psiquiatra.

Cuando la conocí, le pedí que se moderara, que procurase mostrarse educada e interesada en lugar de insistente e indiscreta, y desde entonces ha tratado de encontrar un término medio.

Eso tengo que reconocérselo. Sabe escuchar.

Henny prefiere terminar su trabajo, centrarse en lo que debe hacer y no en lo que le apetece.

Creo que eso tiene su mérito. Si estás satisfecho con tu propia existencia, quizá no te interese tanto meter las narices en la vida de los demás.

Aun así, esta es la consulta de un psiquiatra, de modo que las vidas ajenas son, de facto, libros abiertos.

Hoy es martes, y desde hace poco el martes se ha convertido en mi día favorito.

Paso la primera media hora pensando en lo que está por venir.

No pienso en el papeleo ni en el té. Pienso en Sophie.

Hoy, este martes en concreto, será la tercera cita de Sophie.

Ha estado atravesando esa incómoda fase inicial: explicar quién es, por qué la han derivado a un psiquiatra y qué quiere conseguir.

Cabría pensar que sería sencillo, que la respuesta sería que quiere ponerse mejor, pero ¿mejor que qué?

¿Y no es mejor tan solo un punto en una escala?

Si empiezas desde lo más bajo, incluso un solo paso en la dirección adecuada podría considerarse una mejoría.

Durante las dos primeras sesiones, desde luego, no se sintió mejor.

Se sintió peor. Abrirse, describir cómo se había estado sintiendo, intentar explicar qué había cambiado, por qué podía sentirse así, descargar todo aquello en dos tandas de una hora.

La dejó agotada. Sin embargo, la cuestión fundamental es esta: Sophie Portman cree que alguien la vigila.

Fue lo primero que dijo. Su respuesta a la invitación rutinaria: Así pues, cuéntame por qué estás hoy aquí.

—Creo que alguien me está vigilando.

Hizo una pausa, como si se preguntara qué decir a continuación, mientras yo permanecía sentado, observándola, esperando a que continuara.

Quería que las palabras salieran de su boca sin necesidad de incitarla.

Debía de haber ensayado la frase en su cabeza y reunido el valor para decirla porque, una vez pronunciada, pareció no saber qué añadir. Era una mujer sin un plan.

Sophie bajó la mirada hacia sus manos, como si el esmalte desconchado de sus uñas se hubiera convertido de pronto en lo más interesante del mundo, y pasó un dedo por los restos desiguales que quedaban en la punta del índice izquierdo.

Su cabello liso parecía impecablemente cuidado y vestía prendas que se adaptaban a la perfección a su figura menuda, aunque de suaves curvas, pero, por lo visto, no había tenido tiempo de hacerse la manicura.

En cualquier caso, esperé. El tiempo transcurría, un tiempo por el que ella estaba pagando. Finalmente alzó la mirada, estableciendo por fin una conexión, y comenzó a hablar. Al principio lo hizo despacio, con calma, pero, una vez que empezó, las palabras brotaron atropelladamente de su boca.

—Necesito ayuda. Sé que necesito ayuda. Es una estupidez.

No he visto a nadie, no de verdad. Al menos, no lo sé.

He visto… No sé qué he visto. Estoy en la calle, a plena luz del día, pasando por delante de la oficina de correos, preguntándome si me dará tiempo a entrar un momento en la tienda de Oxfam antes de que llegue mi autobús; nada raro, un día normal y corriente, y, no sé, siento que hay alguien detrás de mí.

¿Sabes a qué me refiero? Esa sensación, como si unos ojos se me clavaran en la espalda.

Me doy la vuelta y… nada. Estoy en casa, de pie en la cocina, preparándome una taza de café para tomármela mientras me acomodo a ver otro concurso de televisión de mala muerte.

Levanto la mirada y estoy segura de que hay alguien allí, una figura junto al árbol de mi jardín.

Pero ya he apartado la vista. El hervidor acaba de hervir y me ha distraído, y cuando vuelvo a mirar no hay nadie.

Era una sombra, o nada, simplemente nada.

Su voz recorrió la descripción a toda velocidad y, cuando se detuvo para tomar aliento y buscar alguna reacción, tenía las mejillas pálidas y los ojos llenos de desesperación.

—¿Tienes alguna foto de esa persona?

—¿Qué? No.

La sugerencia alteró visiblemente a Sophie. Extendió una mano hacia el reposabrazos del sillón y la dejó caer con fuerza, como si de pronto sintiera la necesidad de aferrarse a algo sólido.

—¿Existe alguna posibilidad de que haya imágenes de alguna cámara de seguridad en las que aparezca alguien siguiéndote?

—Ya repasé todo esto con la policía —dijo—.

Nadie ha visto a nadie vigilándome. No hay fotos ni vídeos.

No hay ninguna prueba. ¿De acuerdo? ¿Es eso lo que quieres oír?

No existe absolutamente ninguna prueba que indique que esto sea otra cosa, que lo que sea que esté ocurriendo solo sucede en mi imaginación. Ya está. ¿Satisfecho?

—Sophie, yo…

No estaba satisfecho en absoluto. No quería verla enfadada, disgustada, a la defensiva. No quería nada de aquello.

—¿Se te ocurre alguna razón por la que alguien pudiera querer vigilarte?

—¿Es que no parezco una persona interesante?

Ay, Sophie, eres una persona muy interesante. Eres una de las personas más interesantes que he conocido en mi vida.

Me guardé mis pensamientos.

—No estoy diciendo eso. ¿Crees que existe algún motivo por el que alguien pudiera querer observarte ?

—No —replicó con brusquedad—. No. Soy una mujer corriente con una vida de lo más corriente.

Compro la mayoría de mi ropa en Primark o en supermercados.

No tengo ninguna cuenta en redes sociales.

Mis principales aficiones son leer y ver programas basura de telerrealidad.

Incluso cuando Jack estaba conmigo, salíamos dos veces al año, quizá tres.

Un cumpleaños por cabeza y nuestro aniversario.

Nunca a ningún sitio elegante; solíamos ir adonde pudiéramos usar algún vale aquella noche.

Era evidente que no se hacía justicia.

—Si no hay ninguna razón por la que alguien quisiera vigilarte, parece poco probable que alguien lo esté haciendo. La mente puede generar ideas como esta a partir de sentimientos negativos, como el estrés o la ansiedad, y transformar esos estados en paranoia.

—Entonces, si pensara con claridad y creyera que alguien me vigila, ¿me creerías?

—No se trata de lo que yo crea. Trabajo con lo que me cuentas. Intento explicarte que, a veces, la mente puede jugarnos malas pasadas, sobre todo cuando ya estás sometida a presión. —Hice una breve pausa—. ¿Todo esto empezó más o menos cuando perdiste a Jack?

Sophie asintió.

—¿Comprendes entonces que puede existir una relación entre lo que ha sucedido y cómo te sientes? ¿Habías experimentado alguna vez estas sensaciones? ¿Cuando Jack aún estaba contigo?

Permaneció sentada en silencio, sumida en sus pensamientos, antes de responder.

—Nunca había notado nada parecido. ¿Crees que debería haberlo hecho? ¿Crees que podría haber habido alguien vigilándome desde el principio?

—No era eso exactamente lo que intentaba decirte.

—Cuando Jack estaba conmigo, mi vida se reducía al trabajo y a él. Supongo que vivía con el piloto automático puesto.

Se interrumpió de repente y me miró directamente a los ojos, buscando una respuesta.

—¿Cómo te hace sentir eso?

—No es lo que parece. De verdad que no. Dicho así, casi parece que estaba obsesionada con él.

Se le escapó una breve risa y alzó una mano, como si quisiera disimularla.

La obsesión. Es fácil caer en esa trampa.

—Era mi marido. Es mi marido. Se supone que debo querer estar con él, ¿no?

La pregunta que se había hecho a sí misma quedó suspendida en el aire el tiempo suficiente para que comenzara a plantearse la respuesta.

—Bueno. En cualquier caso, ya entiendes a qué me refiero. Supongo que no prestaba demasiada atención a lo que ocurría a mi alrededor.

—Permíteme que te haga una pregunta. ¿Te preocupa que alguien te esté vigilando o te preocupa creer que alguien te está vigilando?

Sin reflexionar sobre lo que había dicho, sin juzgarla, sin ahondar en ello. Directo al grano con la pregunta más importante. ¿Qué era lo que la atormentaba?

Su reacción me sorprendió. Soltó otra risa breve y seca, y abrió tanto los ojos que casi pude ver el blanco por encima de sus iris de color castaño oscuro.

—No me lo había planteado de ese modo —dijo mientras su rostro recuperaba la seriedad anterior—.

La policía… Bueno, acudí primero a ellos.

No sirvieron de mucha ayuda. —Negó con la cabeza—.

Eso no es cierto. Estoy segura de que hicieron todo lo que pudieron, pero…

—Alzó las manos en un gesto de cansada resignación—.

Dijeron que la gente decide desaparecer constantemente.

No parecían creer que hubiera nada sospechoso .

—Pronunció la última palabra como si tuviera un sabor agrio, y supuse que era el mismo término que había utilizado la policía al descartar sus preocupaciones—.

Supongo que el hecho de estar aquí significa que tengo más miedo de que todo esté en mi cabeza.

—Bueno, eso es algo que podemos explorar.

Me descubrí esbozando una leve sonrisa, pero su expresión seria me obligó a contenerme.

Sentí el impulso incontrolable de extender la mano y tocarla.

Mientras ella permanecía sentada, tensa y visiblemente incómoda en el sillón de cuero marrón, su falda negra de lunares le quedaba justo por encima de las rodillas.

Quería apoyar allí la mano, para consolarla, para tranquilizarla, pero, por supuesto, no podía hacerlo.

En vez de eso, me obligué a echarme hacia atrás, aumentando aún más la distancia física entre nosotros.

Ella no percibió nada. No podía responder a mis pensamientos, y lo agradecí.

Volvió a hacer una pausa antes de decir, con una voz más suave e insegura que antes:

—¿Y si estoy perdiendo la cabeza?

Ay, Sophie. Pobre Sophie, perdida y vulnerable.

Quiero ayudarte. Ayudar a la gente es lo que hago.

Es lo que me impulsa. No creo que haya nada malo en ver a una mujer atormentada y querer hacer todo lo posible por ella.

Enfermeros, médicos, psiquiatras —por supuesto, psiquiatras—, todos quieren cambiar la vida de los demás.

Para bien. Velar por los demás es algo racional y normal.

¿No es lógico que alguien tan necesitado como Sophie provoque en mí una intensa respuesta emocional?

Emocional. Cuanto más pienso en ella, más fuerte se vuelve el impulso.

Por ahora tengo que mantener mis sentimientos bajo control, guardar silencio y estar preparado para escuchar lo que tenga que decir.

Ya casi es la hora. Está a punto de llegar. Quizá hoy hable de Jack.