Alguien me vigila
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CAPÍTULO UNO
Querido Jack:
Han pasado seis meses, y sé que puede que nunca leas mis cartas.
De todos modos, lo de las cartas siempre fue cosa mía, ¿verdad?
Tenía que mantener el contacto de alguna manera mientras estabas allí fuera.
Tú nunca contestabas, ni siquiera con una postal en los cumpleaños que pasaste a tantos kilómetros de mí.
Sabía que las habías recibido porque te las trajiste de vuelta, con los sobres abiertos cuidadosamente mediante un único corte en la parte superior: cortados, no despegados; jamás rasgados.
Todo lo que hacías era siempre tan metódico.
Hacías. Estoy usando el pasado, pero una parte de mí todavía cree —todavía quiere creer— que estás ahí fuera, en alguna parte.
Quiero creer que estaré en la cocina, vaciando la bolsa de la compra, guardando las comidas para una persona, colocando el único cartón de leche en la puerta de la nevera, escondiendo la hogaza pequeña que sé que jamás lograré terminarme yo sola, y te oiré rebuscar las llaves en el umbral, al otro lado de la puerta, como hacías siempre.
Meterías la mano en un bolsillo y luego en el otro.
Aquel abrigo enorme, con solapas y capucha de piel sintética, tenía tantos escondites.
Querías parecer un aventurero incluso durante aquellos descansos que pasabas en casa conmigo.
Se suponía que tu misión iba a durar seis semanas, pero aquí estamos, a punto de entrar en junio, y estoy sola. Al menos espero estar sola.
No es nada. Es estrés, ansiedad, lo que sea que le pase a una mujer cuando desaparece su marido.
Estoy escribiendo todo lo que no debo; no te culpo.
No es culpa tuya que no estés aquí. Seguro que me estoy preocupando por nada.
La mañana en que te fuiste, no debí hablarte así.
Ya tenías bastante en la cabeza con la presión del viaje y la importancia de tu estudio.
Fui una estúpida. Ahora lo sé. ¿Y qué si no ibas a estar en casa por Navidad?
Otras personas pasan juntas las fiestas, pero eso no significa que nosotros tengamos que hacerlo.
Nunca hemos sido como los demás. Las vidas de los demás nunca fueron tan interesantes como las nuestras.
La cuestión es que quiero que vuelvas a casa.
Quiero recoger las toallas mojadas que tiras al suelo del baño, enjuagar las tazas que dejas junto al sofá, plancharte las camisas, despertarme cada mañana y besarte aunque tú te levantes a las seis y yo no tenga que trabajar hasta las nueve.
Quiero los inconvenientes de tenerte, y quiero las alegrías de tenerte.
Te quiero aquí conmigo. No soporto la espera, el anhelo interminable de que regreses.
Voy a seguir escribiendo estas cartas. Tal vez lo haga por ti, o tal vez lo haga por mí. Necesito alguien con quien hablar. Al menos, si lo escribo, no parece que esté hablando sola. Eso sería una cosa más que llevar a mis sesiones con el doctor Thacker.
Sí, por fin lo he hecho. No quería, pero ¿qué otra cosa podía hacer?
Sé que tú me habrías obligado a ir antes.
Aunque, si estuvieras aquí, quizá no necesitaría ir en absoluto.
No es que te esté culpando. Nada de esto es culpa tuya.
Tú faltas y yo te echo en falta. Qué curioso que sirva la misma palabra.
Siempre pensando en ti,
Vuelve a casa.
Soph