Alguien más 24 Justine Taillandier La mujer secuestrada #3
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24 Justine Taillandier La mujer secuestrada #3

Primavera de 2023. Oriana se entera de que, contra todo pronóstico, se ha curado. Intenta entonces recobrar el control de su vida y liberarse de la presencia invasiva de Adèle. El mismo día va a casa de Ziegler para pedirle, perentoriamente, trescientos mil euros en efectivo. Pero ¿con qué fin?

—¿Para darle ese dinero a Adèle…? —propuso Chappuis, entrando al trapo de la investigación.

—En tal caso, habríamos encontrado los billetes —objetó Justine.

—Salvo que Adèle se los diera, a su vez, a alguien más…

Aquello tenía sentido, pero ¿a quién? A partir de ahí, Justine se perdía en conjeturas… Se le pasó por la cabeza otra línea de razonamiento.

—¿No tendrá usted un cargador de iPhone? Tengo que enseñarle una cosa.

Siguió al psiquiatra hasta un escritorio instalado en un nicho y enchufó el teléfono mientras le explicaba las circunstancias en las que había tomado declaración a Oriana en el hospital de Cannes la víspera de su muerte.

—Su relato se contradice de extremo a extremo en un lapso de diez minutos. Ya verá, es desconcertante.

Chappuis visualizó ambas secuencias, una detrás de otra. Primero, Oriana decía que no se acordaba de la agresión. Después —tras una interrupción para recibir algunos cuidados— acusaba a su marido en unos términos muy duros y contundentes.

El psiquiatra, con los ojos pegados a la pantalla, volvió a reproducir el vídeo varias veces, conmocionado y fascinado por lo que estaba descubriendo.

Justine, sentada junto a él, comprendía por fin —volviendo a ver la escena a la luz de lo que ahora sabía— lo que durante tanto tiempo se le había escapado.

«Ese cambio en la voz y en la expresión… ».

Chappuis, tirando del mismo hilo, le preguntó:

—¿Ha visto?

—Oriana tuvo un switch de personalidad entre ambas secuencias, ¿no?

El psiquiatra interrumpió la reproducción y se puso a pensar en voz alta.

—Al despertar del coma, Oriana está desorientada.

Se descubre en el hospital, con unas lesiones terribles, al principio, sin entender qué está haciendo allí ni conservar un recuerdo nítido de la agresión.

Y ese fue el estado mental en que empezó a responder a sus preguntas.

Se la ve perdida, aterrorizada, tan mal que el médico se ve obligado a interrumpir momentáneamente el interrogatorio.

Justine tomó el relevo.

—Como cada vez que Oriana se ve sometida a un estrés intenso, reaparece Adèle y toma posesión de su personalidad.

Chappuis asintió con la cabeza.

—Pero ¿por qué cambia de pronto la versión? —preguntó Justine.

El psiquiatra volvió a sumergirse en sus pensamientos… y regresó para plantear una teoría.

—Es posible que hubiera un momento, horas antes de la muerte de Oriana, en que Adèle, en un último destello de lucidez, cobrara conciencia de que no era más que un alter ego y de que nunca lograría ocupar el lugar de Oriana.

Justine completó la hipótesis.

—¿Y en un último afán de venganza habría decidido destrozar la vida de esta acusando a su marido?

—Para seguir perjudicándola incluso después de muerta —remató Chappuis.

Aquella conclusión sumió la habitación en un larguísimo silencio… hasta que Justine tuvo una revelación.

—¡Ya sé qué hizo Adèle con los trescientos mil euros! No tiene nada que ver con chantaje alguno: fue un encargo.

—¿Un encargo?

—Un encargo a un asesino profesional. El encargo de que matase a Oriana.

Chappuis dio un fuerte suspiro, se quitó las gafas y se apretó el puente de la nariz.

—Un encargo en el cual el comitente y la víctima son la misma persona.

Justine asintió, atravesada por dos sentimientos encontrados. La satisfacción de haber llegado al final de su investigación… y la desesperante certeza de que nunca lograría demostrar todo aquello ante la Justicia.

5.

La tormenta seguía abatiéndose sobre el jardín japonés. El fortísimo viento doblegaba los bambús y sacudía los cedros. A través del cristal, Justine contemplaba el diluvio.

La estatua jemer parecía dedicarle, estoica bajo la lluvia, una sardónica sonrisilla imaginaria.