Alfa desatado (Manada salvaje nº 1) Veintisiete
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Veintisiete

No llegaron a necesitar los tres días completos para llegar a Bulgaria, pero casi, teniendo en cuenta los vuelos comerciales de última hora que había.

Después, de Alberta a Europa fueron varios vuelos y el doble de tiempo.

Tuvieron una escala de nueve horas por avería mecánica.

Y luego otra de seis horas al aterrizar por culpa de un pasajero conflictivo.

Con tantos retrasos, Rok tuvo tiempo de sobra para reflexionar sobre todo lo que había hecho mal, empezando por llevar a Meadow al puesto de caza.

Después del encuentro con Samuel, había querido estar a solas con ella.

Necesitaba asegurarse de que había salido ilesa no solo física sino mentalmente.

Que ella hubiera descubierto el secreto de los licántropos no solo afectaba a su relación con ella, sino a la seguridad de todos los que estaban bajo su cuidado.

Era imperativo que se ocupara de la revelación rápidamente y sin que nadie se entrometiera.

Sus amigos tenían buenas intenciones, pero Meadow era problema suyo.

Si se hubiera puesto histérica... Por suerte, se lo había tomado con calma, y todo habría salido bien si algún imbécil no se la hubiera llevado.

Rok jamás la habría dejado sola si hubiera sabido que había peligro. Joder, la habría cogido y habría salido corriendo si hubiera sabido que había espías del Lykosium acechando.

Había pensado que el rancho estaba libre de la interferencia del Lykosium.

No eran una manada, solo un grupo de solitarios registrados.

No era gran cosa. Siempre que se ignorara el hecho de que sus leyes restringían cuántos licántropos podían congregarse en un lugar sin una manada registrada y un alfa al mando.

No se había pasado por mucho. Quizá los ejecutores enviados por el Lykosium no se habían dado cuenta. Al fin y al cabo, estaban más interesados en Samuel.

Entonces, ¿por qué se habían llevado a Meadow? La pregunta lo atormentaba. Lo único que evitaba que se desatara por completo era saber que estaba viva. La había reclamado. Ahora era parte de él. Y lo sería hasta el día en que ella muriera.

Cosa que esperaba que no fuera pronto.

El aeropuerto de llegada de su último tramo estaba abarrotado, con una multitud de idiomas a su alrededor.

Se sentía fuera de lugar. Un canadiense en tierras extranjeras.

Nunca había viajado fuera de Norteamérica, y tener confianza en sí mismo no significaba que se librara de la ansiedad por lo que vendría después.

¿Podría coger un taxi hasta la dirección que le habían dado? ¿Debería alquilar un coche y conducir él mismo?

La decisión la tomaron por él en cuanto aterrizó.

Él y su mochila se dirigieron a la salida del aeropuerto, siguiendo los carteles hacia la parada de taxis, cuando le llamó la atención un hombre uniformado —no del tipo policial, sino de la versión de personal estirado— que sostenía un letrero con su nombre.

—Eh —dijo Rok, acercándose al tipo.

Le tranquilizó que oliera a lobo. Lo que no le tranquilizó fue que el tipo no dijera ni mu.

Simplemente giró sobre sus talones —zapatos pulidos e impecables— y lo condujo afuera.

Un sedán oscuro con ventanas tintadas esperaba junto a la acera.

El conductor abrió la puerta trasera. No había nadie dentro, así que Rok se deslizó al interior y solo tuvo un ligero momento de tensión cuando la puerta se cerró.

¿Estaba encerrado? Se le tensaron los dedos, a punto de tirar de la manilla para comprobarlo.

¿Y si lo estaba? Salir no les ayudaría ni a él ni a Meadow.

Aun así, siguió incómodo, no solo por las ventanas tintadas e insonorizadas, sino por la mampara que lo separaba del conductor.

Era difícil no comparar aquel espacio estrecho con un ataúd, aunque fuera uno lujoso con un minibar lleno de bebidas y aperitivos.

Pasó del alcohol y cogió una bebida proteica. Le vendría bien el chute de vitaminas que llevaba. Luego se arrepintió de habérsela bebido de un trago, porque ¿y si le entraban ganas de mear? ¿El viaje duraría minutos u horas?

No se había atrevido a trazar la ruta de antemano sabiendo que Reece, su experto en informática, podría verlo.

Un secreto era un secreto, y sabía que alguien del rancho habría intentado seguirlo si lo hubiera hecho.

Le desconcertaba haber crecido prácticamente sin amigos.

Una vez que su padre lo recuperó de casa de su tía, rara vez le permitieron verla.

Ni a nadie, ya puestos. Lo del cariño no llegó hasta que fue a vivir con su tío, quien le enseñó que la familia era la que uno elegía, no necesariamente aquellos con quienes compartía ADN.

Ahora Rok tenía una familia, lo que significaba una responsabilidad hacia ellos. No podía fallarles a ellos ni a Meadow. Mierda. Odiaba no saber qué esperar. Sin idea de cuánto tardaría, se recostó y cerró los ojos.

El agotamiento lo arrastraba. Habían sido tres días muy largos. Preocupado por Meadow. Preocupado por todos sus amigos del rancho. Cabreado porque su padre había vuelto para arruinar todo lo bueno de su vida.

Debería haberlo matado cuando tenía dieciséis años.

Haber aplastado a ese hombre como él había aplastado a un niño pequeño.

Su padre tenía razón. Ser débil había desembocado en este desastre.

Ojalá lo hubiera matado antes de ir tras Meadow, pero no había querido que ella viera la justicia salvaje que aplicaba su especie.

Y ahora podrían pagar por ese error. No volvería a dudar.

Algo que había repetido varias veces en el rancho mientras se preparaba para marcharse.

—Esto es culpa mía. Si hubiera tenido agallas para acabar con esto... —había murmurado, metiendo ropa en la mochila.

—No podías saber que el Lykosium detendría a Samuel y que él te delataría —le recordó Reece. Él se encargaba de los detalles de las reservas para el viaje de Rok, incluido localizar su pasaporte, guardado en la caja fuerte que usaban para los documentos importantes.

—Me refiero a que debería haberlo matado cuando tuve la oportunidad, de adolescente.

—Todavía eras un crío —señaló Reece.

—Dejé de ser un crío la primera vez que Samuel me pegó.

—Pongamos que lo hubieras matado entonces, ¿qué habría pasado?

—Le habría ahorrado un montón de sufrimiento a mucha gente.

—¿Y a qué precio? Habrías acabado en la cárcel.

—A estas alturas probablemente ya habría salido —fue su útil respuesta, lo que llevó a Reece, el menos violento de todos, a darle un capón.

—Deja de darle vueltas a los «y si...». Y olvídate de la mierda del «pobre de mí». Tomaste una decisión. La correcta en ese momento. Arrepentirse no arregla nada. Necesitamos soluciones.

«Necesitamos». Reece lo había dicho. Lochlan. Darian. Nova... Todos querían ayudar.

Como si Rok fuera a dejarlos exponerse a un posible peligro.

—Quedaos en casa. Yo me encargo de esto.

Se armó una buena discusión porque todos querían ir, incluso Astra, embarazadísima.

—Nos ocuparemos de esto juntos. Como familia.

La palabra le golpeó con fuerza. La familia no jode a la familia.

—Este es mi lío. Yo lo arreglaré.

—¿Y si no puedes? —A Poppy le tembló el labio. La hermana pequeña que siempre había querido. La que había jurado proteger.

Se le cerró la garganta.

—Si las cosas se tuercen, deberíais saber que os tengo cubiertos. Mi testamento os deja el rancho a todos, con Reece como accionista mayoritario y encargado de la gestión diaria.

Se quedaron boquiabiertos mirándolo.

Fue Nova quien jadeó:

—¿Que hiciste qué?

Se encogió de hombros.

—Después de que muriera mi tío, se me ocurrió que todos estaríais jodidos si de repente la palmaba. Así que encargué que prepararan un documento. Habrá que actualizarlo, obviamente, según vayan cambiando las cosas, pero quería asegurarme de que siempre tuvierais un hogar.

Especialmente porque cada uno de ellos había perdido el suyo.

Aquello provocó lágrimas y abrazos, puñetazos acompañados de un ronco murmullo:

—Cabrón.

¿Su respuesta?

—Yo también os quiero.

Se fue a la cama aquella noche mientras ellos planeaban el viaje por carretera de la mañana siguiente.

Para entonces él ya se había ido, y no podían seguirlo. Se había asegurado de ello.

Eran su familia. Protegerlos era su deber. Haría cualquier cosa por ellos.

Y cualquier cosa por Meadow. Su compañera.

Sentía cómo el vínculo entre ellos se fortalecía a medida que se acercaba a su destino. A estas alturas, quienes se la habían llevado sabrían que le pertenecía. El ritual de reclamación habría cambiado su olor. ¿Eso perjudicaría o ayudaría a su caso?

El sedán entró por un camino privado, largo y serpenteante, que conducía a un enorme patio flanqueado en tres de sus lados por un imponente edificio de piedra que rezumaba estilo gótico.

El castillo no podría haber resultado más intimidante aunque se lo propusiera.

Torres en las esquinas, almenas con troneras para disparar flechas.

Un lugar tan antiguo seguramente también tendría mazmorra.

Pobre Meadow. Lo aterrorizada que debía de estar. Y si le habían hecho daño...

Con un gruñido, agarró el tirador para abrir la puerta del coche en cuanto se detuvo.

Para su sorpresa, no estaba cerrada con llave.

Saltó del asiento trasero y subió los escalones de un brinco.

La puerta, una enorme pieza de metal tallado, se abrió a su llegada.

Nadie lo recibió, pero no fue difícil ver hacia dónde debía ir.

El amplio corredor estaba flanqueado por árboles gigantes en macetas, como si hubieran metido el exterior dentro. Aceleró el paso cuando la olió.

Meadow había pasado por allí recientemente.

Tuvo que contenerse para no echarse a correr. Parte de la razón por la que estaba allí era precisamente por haber mostrado falta de control. No convenía reforzar esa impresión.

El portal que tenía delante se abrió a su llegada, y aunque nunca antes lo habían convocado ante el Lykosium, sabía qué esperar.

Un vistazo al oasis le mostró a un hombre de llamativo cabello pelirrojo de pie junto a una figura encapuchada. Solo cuando caminó hacia ellos se dio cuenta de que no eran los únicos en la habitación. Percibió a otros, ocultos, a la espera de revelarse... ¿o estaban allí para tenderle una emboscada?