Veintiséis
Aunque el secuestro comenzó de forma violenta, el cautiverio de Meadow no resultó horrible.
Sus captores la encerraron en la torre de un castillo auténtico.
A juzgar por la mampostería, tenía varios siglos de antigüedad como mínimo, pero había sido modernizado.
El cableado eléctrico discurría por canaletas pintadas que terminaban en enchufes.
Las tuberías iban por conductos algo más anchos que subían desde abajo hasta el pequeño cuarto de baño.
La habitación era amplia y tenía una enorme cama con dosel cubierta de almohadas, además de una mesita de noche a cada lado. Frente a la chimenea, equipada con un radiador eléctrico, había un par de sillones orejeros, uno tapizado en terciopelo azul y el otro en brocado multicolor.
Una prisión más lujosa que su propio apartamento.
Llevaba allí dos días, tiempo suficiente para saber que podía esperar tres comidas y tentempiés. Buena comida que la haría rodar escaleras abajo si se quedaba demasiado tiempo. El ejercicio no era precisamente una opción, a menos que dar vueltas por la habitación sirviera de algo.
Sobre la chimenea colgaba un televisor con varios canales disponibles. Los libros se apilaban en el banco bajo la ventana. Aun así, seguía aburrida y sola.
Dos días allí y no había visto a nadie. La comida llegaba en una bandeja que se deslizaba por una trampilla especial empotrada en la puerta. Había intentado gritarle a quien trajera las comidas. Sin respuesta.
Desde su llegada, ni siquiera había visto a Kit, el idiota que la había secuestrado. Todo esto era culpa suya.
Cuando despertó en el maletero de un coche, le entró el pánico, y perdió aún más la cabeza cuando el rostro de Kit fue lo primero que vio al salir de aquel espacio claustrofóbico.
—¡Bastardo! —Quienes la conocían se habrían quedado de piedra con el lenguaje que salió de su boca.
¿Sirvió de algo? Kit meneó el dedo y chasqueó la lengua.
—Vamos, vamos. Pórtate bien.
—¿Por qué debería? Ya me has dicho que voy a morir.
—Es una posibilidad.
—¿Cuál es la otra?
—Que no mueras.
Una respuesta frustrante.
—Debes de tener un dentista estupendo. Ni se nota cuántas veces te habrán partido la cara.
Una frase sarcástica que había oído usar a Val en muchas ocasiones. Por fin le tocaba a Meadow.
—La violencia no te llevará a ninguna parte.
—Mira quién habla, el secuestrador.
—Habla el tipo que solo hace su trabajo y que querría relajarse y disfrutar del vuelo en primera clase de vuelta a casa.
—Va a ser difícil relajarte esposado cuando le cuente a todo el mundo lo que has hecho.
Un avión implicaba pasajeros. Alguien tendría que escucharla o darse cuenta de que no iba por voluntad propia.
Él arqueó una ceja.
—Avión privado. Irás en la bodega de carga.
Meadow se quedó boquiabierta.
—No soy un animal.
—Todos somos animales —fue su respuesta.
La agarró con fuerza del brazo y la sacó a rastras del maletero. Ella le golpeó la mano, clavó los talones en el suelo, pero aun así él logró llevarla hasta el avión, donde otro hombre uniformado —lo que indicaba que formaba parte de la tripulación— negó con la cabeza.
—Necesitas calmarla.
—Lo sé. Ya sabes qué hacer.
Mientras Kit permanecía tranquilo, sujetándola con una sola mano, ella gritó y pateó sin conseguir nada. El otro hombre bajó del avión.
Ella lo fulminó con la mirada.
—Estás siendo cómplice de un crimen.
El tipo resopló.
—Tú no me pagas el sueldo.
Y dicho esto, sacó una jeringa de un estuche y extrajo líquido de un frasco. Kit la sujetó con fuerza, inmovilizándola con los brazos, de modo que no pudo escapar del pinchazo.
Cuando volvió a despertar, estaba sujeta a un asiento cómodo que vibraba. Tenía la lengua pastosa y los párpados pesados.
—¿Dónde vamos? —farfulló.
—De vuelta a dormir —fue la respuesta. Otro pinchazo en el brazo la devolvió al sueño.
Quién sabe cuánto tiempo estuvo inconsciente. Volvió en sí parpadeando, tumbada en una cama cómoda.
Sin Kit. Sin teléfono. Nadie a quien pedir ayuda. Nadie que le explicara nada. La puerta de la habitación estaba cerrada con llave. ¿Las ventanas? Demasiado altas para saltar, y ella no tenía una melena como la de Rapunzel.
Lo peor era no saber qué planeaban hacer con ella. Seguramente no la tratarían tan bien si pensaran matarla. ¿O acaso eran estos sus últimos días?
Clic.
Por fin se abrió la cerradura y ella se giró. Ya era hora.
La puerta se abrió, y allí estaba Kit.
—Tú.
Lo miró con los ojos entrecerrados. Era pelirrojo, guapo aunque con rasgos algo afilados, y tenía unos ojos extraños. Debían de ser lentillas.
—Tan agradable como siempre, ya veo.
—Lo siento, ¿no te di las gracias por secuestrarme?
—No, no lo hiciste. Lo cual fue muy poco canadiense de tu parte.
¿Estaba intentando bromear? Esto no tenía gracia.
—Libérame de inmediato.
—Eso no depende de mí.
—¿Entonces de quién? —exclamó.
—Ya lo verás. Sígueme.
Le indicó con un gesto de la mano que saliera, pero ella vaciló.
¿Y si la estaba llevando a su muerte?
—¿Vas a empujarme por las escaleras?
Él arqueó una ceja.
—¿De verdad crees que te he traído hasta aquí para hacer algo tan vulgar?
—No sé por qué estoy aquí porque nadie me dice nada. Exijo que me liberes.
—Definitivamente no eres canadiense —murmuró.
—Discúlpame por no disfrutar de mi secuestro.
—Quédate aquí o ven conmigo. Eso sí, si te quedas, no tendrás oportunidad de defender tu caso.
—¿Mi caso de qué? No hice nada.
—A mí no tienes que convencerme. Ahora, ¿vienes o voy a tener que cargarte otra vez porque te comportas como una niña caprichosa?
Frunció el ceño. No era un gesto habitual en ella. Al mirarse la ropa, vio la mancha de café del almuerzo, ¿y se había cepillado el pelo hoy?
—Un segundo, que me arreglo.
Hizo esperar a Kit mientras se lavaba la cara, se peinaba y se ponía una camisa limpia. Cuando volvió, él seguía de pie con las manos en los bolsillos, la viva imagen del aburrimiento.
—Y se digna a unirse a nosotros —dijo con sorna—. Al Consejo no le gusta esperar.
—Pues deberían haberme avisado.
—Tuviste tres días para reflexionar.
—Más bien dos.
—Dos en la torre. El tercero lo pasaste viajando.
—Inconsciente.
—Ah, sí, el único día bueno. Lo echo de menos. Estabas callada.
Su queja quedó flotando mientras bajaba las escaleras con paso ligero y rápido. Había muchas, como era de esperar en una torre. Empinadas y más estrechas de lo que estaba acostumbrada a ver en casa. No le costaría nada abalanzarse y empujarlo. Quizá escapar.
Convertirse en asesina...
Aún no estaba preparada para dar ese paso. Quizá quien fuera que tuviera que ver estuviera dispuesto a liberarla.
Abajo, una sala circular tenía ventanas cubiertas de enredaderas y dos pasillos.
Él eligió el de la izquierda, y ella tuvo que caminar deprisa para seguirle el paso.
Aunque evidentemente antiguo, el castillo estaba limpio y bien conservado.
Se veían zonas de mampostería más nueva, de un tono más claro que la original.
Las ventanas eran de cristal moderno, grueso y hermético.
Salieron a un gran corredor, tan ancho que la alfombra azul oscuro estaba flanqueada por árboles en enormes maceteros de piedra. Diferente. Y bastante agradable. Aunque el pájaro que de pronto revoloteó sobre su cabeza la hizo agacharse con un grito.
Kit se rio.
—No tiene gracia —gruñó—. ¿A quién vamos a ver?
¿A la realeza? ¿En un castillo tan imponente? Era posible. Ojalá se hubiera puesto algo más elegante. El armario que le habían dejado tenía ropa de sobra para elegir. Ella había optado por la comodidad, mientras que Kit llevaba traje. Corbata, camisa de vestir, hasta chaqueta.
—Estás a punto de conocer a las personas más importantes del mundo.
—¿El presidente de Estados Unidos? —Porque dudaba que el primer ministro canadiense estuviera a esa altura.
—El Lykosium está por encima de los jefes de gobierno. Más poderoso que cualquier monarca, así que muestra el debido respeto. Estás en su mundo. Aquí se siguen sus reglas.
—Nadie está por encima de la ley.
—Ellos sí. Estás en un lugar donde la democracia no es más que una palabra. El Consejo puede decidir tu destino según le plazca.
Genial. Reunión con hombres lobo multimillonarios y megalómanos. Quizá debería haberse quedado en su habitación.
Unas puertas enormes aguardaban al final del largo recorrido.
Casi esperaba ver caballeros con armaduras tintineantes custodiándolas.
Los portales macizos se abrieron a su llegada y entraron: Kit con paso largo y desenvuelto, Meadow mirando nerviosa a su alrededor, el corazón acelerado, las palmas sudorosas.
No necesitarían matarla porque igual le daba un infarto.
Esperaba una sala del trono regia, pero se encontró con un oasis de plantas en flor alrededor de tres fuentes conectadas por arroyuelos murmurantes que discurrían por canales en el suelo de mármol.
Los pilares se alzaban hasta el alto techo abovedado, envueltos en frondosas enredaderas floridas.
Había más árboles en macetas, arbustos, rosales y flores silvestres en plena floración.
Además de la vegetación, había bancos y esculturas junto a las fuentes. Lobos, semilobos, ninfas y hombres que seguro no estaban a escala anatómica. Aunque, pensándolo bien, Amarok encajaría perfectamente.
Más pájaros revoloteaban en el interior, y habría jurado que oyó el zumbido de abejas. Lo que no vio fue a ninguna persona.
Kit no parecía alterado. Caminó hacia la única escultura que no era de piedra: una mano de madera que surgía del suelo como si hubiera echado raíces.
Creyó que estaban solos hasta que pasaron junto al primer pilar grueso.
Una figura encapuchada de pies a cabeza estaba allí y se colocó detrás de ellos, lo que la hizo mirar nerviosa por encima del hombro más de una vez.
No podía ver nada dentro de la capucha, pero por lo menos caminaba erguida, así que no era un lobo.
Más figuras encapuchadas aparecieron y se unieron a la procesión, siete en total.
Sus prendas oscuras eran idénticas; solo variaban en altura y corpulencia.