Alfa desatado (Manada salvaje nº 1) Diecisiete
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Diecisiete

Meadow lo volvía loco. Cada palabra suya destilaba insinuación.

Sus acciones eran pura seducción. Se mecía ligeramente, ejerciendo presión sobre ambos.

De la buena. Ignoró sus labios para morderle el lóbulo de la oreja, tirando de él y soplándole con aliento cálido hasta que él siseó y le clavó los dedos en las caderas.

—¿Te gusta eso? —le sonrió, provocadora.

¿Comprendía ella el efecto que tenía sobre él? Debilitaba su determinación. Sus rodillas. Sus argumentos.

La deseaba como nunca había deseado nada. Y, por milagro, ella también lo deseaba a él.

Los labios de ella quedaron suspendidos frente a los suyos.

—Quizás un beso de verdad me cure.

Solo la eternidad podría curarlo a él.

La atrajo hacia sí y presionó su boca contra la de ella. La abrazó con fuerza. Con intensidad. Mantuvo las manos en las caderas de ella y la apretó contra su cuerpo mientras sus bocas se fundían en el más ardiente de los besos.

Por un segundo, olvidó que ella estaba herida. Olvidó que Wallace aún andaba suelto por el bosque. Todo giraba en torno a Meadow. Su sabor. Su tacto. Su aroma. La necesidad...

Tenía que ser responsable, aunque lo matara. Se apartó a regañadientes.

—No podemos hacer esto ahora. Ya oíste a Bellamy. Veinticuatro horas sin nada extenuante.

Ella le frotó la nariz con la suya mientras ronroneaba:

—No me importa que hagas tú todo el trabajo.

Estuvo a punto de caerse de la maldita cama. Estaba tentado. Muy tentado.

—¿Y si mejor te leo algo?

—Eso implica luz —refunfuñó ella—. Prefiero escucharte hablar.

—¿De qué?

—Háblame de las alpacas.

—¿En serio?

—Sí. Háblame de esas preciosidades —se acurrucó contra él.

En lugar de dar vueltas esperando noticias de quienes buscaban a Wallace, sostuvo a Cierva en su regazo y habló.

Y no fue unilateral. Empezó contándole con torpeza la primera vez que conoció a una alpaca y cómo le escupió. Ella se rio demasiado. Probó con una historia más seria. Ella siguió riéndose entre dientes y le correspondió con sus propios relatos de desventuras, que lo hicieron reír.

Descubrió que Meadow nunca había estado en una playa tropical de verdad, solo en la de la costa de Columbia Británica. Sabía nadar, pero no le gustaba abrir los ojos bajo el agua. También odiaba la sensación del musgo.

Habló sin parar, y él lo absorbió todo con gruñidos en los momentos oportunos y algunas anécdotas propias. Cuando finalmente se detuvo para tomar aliento y exclamó:

—Te estoy aburriendo, ¿verdad?

Él respondió con toda sinceridad:

—Nunca podrías aburrirme.

La verdad, aunque no había pretendido admitirla. Los ojos de ella se abrieron de par en par, y sus dedos se deslizaron por la mejilla de él.

—Tú también eres bastante interesante.

—Hay cosas de mí que no entiendes.

—Porque eres complicado. Empiezo a entenderlo. Pero si te sirve de algo, sé escuchar.

—Dame tiempo —fue todo lo que pudo decir.

Tiempo para descifrar lo que sentía y qué hacer al respecto.

Porque Meadow era humana. Cien por ciento.

Lo cual significaba incertidumbre sobre cómo reaccionaría a su secreto.

Si se apareaban, solo sería cuestión de tiempo antes de que lo descubriera.

Antes de que eso sucediera, tendría que estar Vinculada por Juramento.

Algo que requería la presencia de un Alfa. Pero ¿a quién pedírselo?

Amarok no pertenecía a ningún lugar y no tenía vínculos con ninguna manada.

Cualquier petición para vincular a una humana atraería la atención no solo sobre él, sino sobre el rancho y los Licántropos que dependían de él.

Confiaban en que los mantuviera a salvo.

Tener a Meadow allí podría ponerlo todo en peligro, pero al mismo tiempo, no podía dejarla marchar.

Ella se durmió en su regazo, y él se quedó con ella, despertándola cada pocas horas como le habían indicado, pese a sus quejas entre murmullos.

Por la mañana, ella despertó y se removió contra él. Al principio con inocencia, luego con intención erótica.

Él contuvo el aliento.

—Buenos días.

—Mmm —fue su saludo ronco mientras volvía a moverse y se acurrucaba contra él.

—¿Cómo te sientes? —preguntó él.

—Cachonda —dijo con una risa traviesa.

—Probablemente deberíamos esperar. Asegurarnos de que tu conmoción cerebral haya mejorado.

—Ni siquiera tengo dolor de cabeza —fue besándole el cuello.

Él cerró los ojos y apretó los puños.

—No creo que pueda parar.

—Bien —le mordió el lóbulo de la oreja, y él gimió—. Tengo ganas de celebrar que sigo viva.

—Deberíamos hacer que te examinen primero.

—Luego. Te quiero dentro de mí —susurró ella.

Él gimió. Buscó su boca para un beso que los dejó a ambos jadeando y anhelantes.

La recostó en su cama, cubriéndola a medias, y empezó a quitarle la ropa cuando alguien llamó a la puerta.

—Vete.

La respuesta de Lochlan lo hizo saltar de la cama.

—Encontramos a Wallace.