CAPÍTULO 20 LA CAÍDA DE LAS MÁSCARAS
La confrontación frente a la casa heredada por la abuelita Eliana alcanzó su punto más alto cuando los padres de Julián, flanqueados por sus abogados de traje caro, comenzaron a gritarle a Paula en el porche, exigiéndole la entrega inmediata de la menor.
Fue en ese instante cuando la puerta se abrió y Gabriel caminó hacia la acera, seguido por el abogado Mateo y el rugido ensordecedor de todo el motoclub de Los Centinelas, que bloqueó la cuadra por completo en un muro impenetrable de acero y cuero negro.El padre de Julián intentó mantener su postura soberbia, agitando los papeles de la demanda de custodia.
—No nos vas a intimidar con tus matones de la calle —rugió el anciano—.
Tenemos el dinero y el poder para demostrar que esta mujer no tiene cómo mantener a nuestra nieta.
Nos la vamos a llevar por las buenas o por las malas.Gabriel dio un paso al frente, con una mirada fija que congeló a los abogados rivales.
—¿Dinero? ¿Poder? —preguntó Gabriel con voz de trueno—.
Ernesto, tu constructora depende de un hilo.
Hace exactamente una hora, los auditores principales de mi corporación familiar enviaron un informe completo y certificado a la Unidad de Inteligencia Financiera y a la Fiscalía de Delitos Económicos.
Sé perfectamente que tu hijo Julián está usando tu empresa para el lavado de dinero de las mafias.
Tengo los registros de transferencias, los fraudes financieros y las firmas falsificadas que ustedes mismos le ayudaron a tapar con su maldito dinero.El rostro del padre de Julián se descompuso, tornándose de un color gris ceniza.
Sus abogados revisaron rápidamente los papeles impresos con logotipos bancarios oficiales que Mateo les arrojó sobre el capó del auto y le susurraron aterrados a su cliente: «Señor, esto es el fin.
Tienen los códigos de las cuentas puente.
Si damos un solo paso legal en este tribunal, su hijo y usted irán a una prisión de alta seguridad mañana mismo.
Las cuentas de la constructora acaban de ser congeladas».
Antes de que el anciano pudiera articular palabra, dos patrullas de la Policía Federal y un vehículo de delitos financieros doblaron la esquina a toda velocidad, frenando justo detrás del muro de motocicletas.
Gabriel levantó su teléfono celular, mostrando la llamada activa con el comisario principal.Los agentes bajaron con órdenes de aprehensión vigentes y documentos de incautación.
El llanto y los gritos de rabia de la madre de Julián se desataron cuando los policías le colocaron las esposas a Ernesto en plena acera pública, devorados por la humillación ante el barrio popular que tanto despreciaban.En medio del caos legal, la pequeña Paz salió corriendo de la casa.
Al ver la tensión, la niña saltó directo a los brazos del gigante de cuero, rodeándole el cuello con sus manitas.
—¡Papá, papá! ¡Esos señores malos ya se van con los señores de azul!
—exclama la pequeña voz.Escuchar que su propia nieta, la heredera biológica de su sangre, llamaba de forma tan natural y amorosa "papá" a un hombre tatuado y rudo de la calle fue el golpe de gracia para los aristócratas, quienes fueron subidos a las patrullas totalmente destruidos, despojados de su fortuna fraudulenta y derrotados para siempre.