CAPÍTULO 18 LA ALERTA DEL SANTUARIO
El plan de los ricos, sin embargo, chocó contra los ojos de la iglesia que nunca había dejado de cuidar a Paula.
Uno de los jóvenes ciclistas de la congregación trabajaba como mensajero en el edificio donde el bufete de abogados de los padres de Julián tramitaba los papeles de la búsqueda.
Al escuchar el apellido de Paula y las intenciones de la demanda, el muchacho corrió de inmediato a la oficina del pastor Efraín.
El pastor, alarmado por la canallada que tramaban los aristócratas, llamó de inmediato al abogado Mateo y posteriormente marcó el número de la casa de Paula.
En ese momento, Paula se encontraba en la sala junto a Gabriel, quien revisaba unas facturas comerciales de sus empresas en la computadora.
Al sonar el teléfono, Paula contestó, pero al escuchar la voz del pastor explicándole que los padres de Julián habían descubierto su paradero y planeaban ir a quitarle a la niña, el impacto psicológico la bloqueó por completo.
Paula se quedó inmóvil, con el rostro pálido y el auricular temblando en su mano, incapaz de articular una sola palabra, reviviendo el terror de su adolescencia.
Gabriel, al notar el cambio drástico en ella, reaccionó con la velocidad de la calle. Se levantó de un salto, le quitó suavemente el celular de la mano a Paula, la apegó a su costado para calmar su temblor y se colocó el teléfono en el oído.
—Aquí Gabriel. Pastor, ¿qué está pasando? —dijo con su voz de trueno, con los ojos inyectados en rabia al ver el estado de su mujer.
Al otro lado de la línea, el pastor Efraín no se intimidó por la rudeza del motoquero; al contrario, sintió alivio de que él estuviera allí.
—Gabriel, escúchame bien —habló el pastor con urgencia—.
Los padres de Julián descubrieron dónde están.
Están tramando una maldad muy grande; quieren usar sus abogados y su dinero para quitarle a Paz a Paula, alegando que ella no tiene recursos.
Vienen hacia allá. Pero no están solos. El abogado Mateo ya está enterado de todo y está por salir en su auto hacia su ciudad ahora mismo para defenderlas. No dejen que se lleven a la niña.
Gabriel apretó el teléfono con tanta fuerza que los plásticos crujieron.
Sus nudillos se pusieron blancos, pero su mente de estratega empresarial y líder de la calle se mantuvo fría.
Miró a Paula, luego miró hacia la habitación donde Paz dormía, y una sonrisa gélida, peligrosa, se dibujó en sus labios.
—Gracias por el aviso, pastor. Dígale a Mateo que lo espero en el taller principal de Los Centinelas en cuanto llegue. Esos infelices creen que el dinero lo compra todo, pero van a aprender hoy mismo que se metieron con el hombre equivocado. De la seguridad de mi hija y de mi mujer me encargo yo.
Gabriel colgó el teléfono y abrazó a Paula con una fuerza protectora que le devolvió el aliento. La maquinaria del imperio comercial de Gabriel y el rugido de los motores de la calle estaban por activarse para aplastar de una vez por todas la soberbia de los villanos.