Alas de cuero y gracia CAPÍTULO 16 EL JURAMENTO DEL CORAZÓN
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CAPÍTULO 16 EL JURAMENTO DEL CORAZÓN

El eco de las palabras de Gabriel siguió flotando en el aire de la sala mucho después de que Paula lograra conciliar un sueño pacífico en su habitación.

Gabriel permaneció sentado en el porche, contemplando el horizonte de la calle donde las luces de las motocicletas de sus hombres patrullaban en silencio.

Paula salió de la casa sosteniendo dos tazas de café humeante.

Se sentó a su lado, compartiendo un silencio que ya no era de desconfianza, sino de una profunda complicidad.

Gabriel tomó la taza, pero antes de darle un sorbo, se giró hacia ella. Su rostro, habitualmente tallado en piedra, mostraba una vulnerabilidad que solo Paula lograba despertar.

—Paula... ¿te molesta que me diga papá? —preguntó Gabriel, mirándola fijamente a los ojos, con el temor genuino de haber cruzado una línea invisible en la tarde de té.

Paula lo miró con ternura. Sintió que el pecho se le llenaba de un calor que había olvidado que existía. Esbozó una sonrisa suave, le tocó el brazo cubierto por el cuero de la chaqueta y respondió con voz firme:

—No... Si a ti no te molesta que una niña que no lleva tu sangre te diga papá, ¿por qué me tendría que molestar a mí? Al contrario, Gabriel. Gracias.

Desde ese preciso instante, algo cambió para siempre dentro de Paula.

Comenzó a mirar a Gabriel de una manera completamente diferente, ya no solo como el gigante rudo que las había salvado en el callejón o el protector del barrio, sino como el hombre que estaba sanando su pasado y reconstruyendo su concepto de lo que era una verdadera familia.

Su mirada hacia el club de Los Centinelas también se transformó; ver a esos hombres rudos protegiendo y queriendo a su hija como si fuera de su propia carne le demostró que la lealtad y el amor real se encontraban en los lugares menos pensados.

Las bases del santuario de la fe que había dejado en su pueblo natal se unían de forma perfecta con el muro de acero que Gabriel había levantado a su alrededor. Estaban listos para lo que viniera.