Alas de cuero y gracia CAPÍTULO 15 LAS CICATRICES DEL ALMA
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CAPÍTULO 15 LAS CICATRICES DEL ALMA

El progreso de la relación con Gabriel trajo consigo un sol tibio para la vida de Paula, pero también proyectó sombras largas en la intimidad de sus pensamientos.

Una noche, tras acostar a la pequeña Paz en su habitación decorada con sábanas de flores, Paula se quedó estática frente al espejo del baño.

Se miró las manos, el contorno de sus hombros y la silueta de un cuerpo que, aunque había albergado el milagro de la vida, seguía cargando con el fantasma de una tarde maldita.

La revelación de Gabriel en el mirador la había conmovido, pero el miedo no se desvanece solo con palabras amables.

Su mente, atrapada en un mecanismo de defensa que ya duraba años, seguía manteniendo en blanco los recuerdos exactos de su cumpleaños diecisiete.

No sabía si solo la había tocado Julián, o si los otros muchachos que se burlaron de ella por teléfono también habían entrado en esa habitación desierta.

Vivir con esa duda era como caminar sobre cristales rotos en la oscuridad.

Al salir a la sala, encontró a Gabriel sentado en el sofá bajo, revisando un mapa de rutas comerciales en su tableta.

Al notar sus pasos, él apagó la pantalla y le dedicó una mirada mansa, extendiendo un brazo para invitarla a sentarse a su lado.

Paula se acercó, pero en lugar de recostarse en su pecho, se sentó manteniendo una distancia prudente, con las manos apretadas sobre las rodillas.

—Gabriel... —su voz sonó tan delgada que el rugido lejano de un motor en la avenida principal casi la sepulta—. Tengo miedo.

Gabriel guardó la tableta por completo. Se giró hacia ella en el sofá, acomodando su inmenso cuerpo para no cercarla, respetando el perímetro de su fragilidad.

—Dime, mi vida. ¿Qué pasa? ¿Viste algo raro en la calle? —preguntó, con el instinto del guardián activándose al instante.

—No, no es la calle. Soy yo —Paula bajó la mirada, sintiendo que un nudo amargo le apretaba la garganta—.

Paz te ama, te llama papá y yo... yo sé que eres el hombre más noble que he conocido.

Pero tengo terror de no ser suficiente para ti.

Mi cuerpo recuerda cosas que mi mente prefiere olvidar.

Tengo miedo de que cuando intentes acercarte, cuando me toques como un hombre toca a la mujer que ama, mi piel se congele y me paralice el trauma.

No quiero ser una carga de amarguras para ti.

¿Y si un día te cansas de esperar a una mujer rota y decides marcharte?

No podría soportar que le rompan el corazón a mi hija otra vez.

Gabriel guardó silencio durante un minuto eterno.

No intentó abrazarla a la fuerza ni minimizar su dolor con respuestas rápidas.

Estiró su mano tosca, con las palmas hacia arriba sobre el sofá, esperando pacientemente a que fuera ella quien decidiera acortar la distancia.

Cuando los dedos temblorosos de Paula se posaron sobre su piel, Gabriel la apretó con una delicadeza asombrosa.

—Mírame, Paula —dijo con esa voz gélida que usaba en el asfalto, pero que con ella se transformaba en un bálsamo—.

Yo colgué los trajes corporativos porque me cansé de la prisa del mundo de cristal.

En la calle aprendí que las cosas más valiosas se construyen despacio.

No tengo ninguna prisa. Esperaré el tiempo que tu mente y tu cuerpo necesiten para sanar, ya sean meses o años.

Yo no busco una mujer perfecta para lucirla en una cena de negocios; busco ser el escudo de la madre de mi hija.

De mi lado nunca va a venir el abandono, te lo juro por la memoria de Lucía.

Tus cicatrices no me asustan, Paula. Me recuerdan que eres una sobreviviente.

Paula respiró hondo, sintiendo por primera vez en años que el aire entraba por completo en sus pulmones.

El llanto contenido rodó por sus mejillas, pero esta vez no era de terror, sino del alivio absoluto de haber desenterrado su mayor secreto ante el único hombre que poseía una armadura lo suficientemente fuerte como para resguardarlo.