CAPÍTULO 12 EL ENCUENTRO EN EL CALLEJÓN
A pesar de la seguridad que el club imponía en el barrio, la delincuencia común siempre busca los márgenes oscuros.
Una tarde de invierno, el cielo se oscureció mucho antes de lo previsto.
Paula regresaba a casa caminando desde el mercado con las compras y sosteniendo la manita de la pequeña Paz, quien ya tenía casi tres años.
Para acortar camino antes de que comenzara a llover, decidió tomar un pasaje estrecho flanqueado por muros altos.
A mitad del trayecto, dos hombres con los rostros cubiertos por capuchas salieron de un portón abandonado, cortándoles el paso.
—Entrega la cartera y la bolsa, rápido, sin gritar —dijo uno, mostrando el brillo de una navaja.
El impacto psicológico congeló a Paula. El trauma de su adolescencia y el terror a la violencia la paralizaron por completo. Dejó caer las bolsas, se llevó las manos a la cabeza y comenzó a llorar con una desesperación profunda, intentando arrodillarse para cubrir el cuerpo de su hija con el suyo.
La pequeña Paz, sin embargo, no compartía los fantasmas del pasado.
Lo único que procesó fue que esos hombres malos hacían llorar a su madre.
Aprovechando que los ladrones jalonaban la cartera de Paula, la niña se soltó, corrió hacia la luz de la avenida principal y comenzó a gritar con todas sus fuerzas.
—¡Ayuda! ¡Mamita lloando! ¡Ayuda!
Sus pequeñas carreras se detuvieron al tropezar de frente contra unas imponentes botas de cuero cubiertas de polvo de asfalto.
Al levantar la mirada, se encontró con Gabriel, quien salía de un taller mecánico con las manos manchadas de grasa.
La niña, lejos de asustarse por su aspecto rudo, le tiró de la chaqueta de cuero negro y le suplicó con los ojos llenos de lágrimas:
—Señor grande, ayuda. Hombres malos hacen lloar a mi mamá en el camino oscuro. ¡Ven, por favor!
Algo se quebró dentro de la armadura de Gabriel. El presidente de un motoclub respetado sintió un vuelco inédito ante la absoluta confianza de esa mirada infantil.
—Tranquila, pequeña. Quédate detrás de mí —dijo con una suavidad que asombró a sus hombres.
Gabriel avanzó hacia el callejón con paso largo, seguido por dos motociclistas. Al entrar, la escena encendió su furia.
—¡Oigan, escorias! —rugió Gabriel, y el eco pareció hacer temblar los ladrillos.
Los ladrones, al ver la inmensa silueta del líder de Los Centinelas, soltaron todo y huyeron despavoridos, trepando por una reja oxidada. Gabriel se acercó a Paula con respeto, manteniendo una distancia prudente. Se acuclilló, recogió las pertenencias y se las entregó.
—Ya pasó, señorita. Está segura. En este barrio nadie les va a volver a tocar un pelo —le dijo con una caballerosidad que ella jamás había conocido en un hombre.
Paz entró corriendo, abrazó a su madre y luego se giró hacia Gabriel.
Con una sonrisa radiante, se acercó al gigante y le dio un tierno abrazo alrededor de su pierna tatuada.
Gabriel se quedó inmóvil, mirando hacia abajo, completamente cautivado por la inocencia de la niña.
Al levantar la vista y cruzarse con los ojos agradecidos de Paula, supo que la vida de esas dos mujeres se había convertido, desde ese instante, en su misión más sagrada.