CAPÍTULO 11 TIERRA NUEVA Y LA MIRADA DEL GIGANTE
El día de la mudanza, una vieja camioneta facilitada por los varones de la iglesia se estacionó frente a la nueva casa en la ciudad vecina.
Paula bajó del vehículo sosteniendo con fuerza a Paz en sus brazos, sintiendo el peso de la incertidumbre.
El inmueble era sólido, con un patio cercado, pero el ambiente vibraba con una energía totalmente ajena a su antiguo pueblo.
A pocas calles de allí, sentado en un banco de madera afuera del taller central de Los Centinelas, Gabriel limpiaba los excesos de grasa de una pieza de motor.
El rugido del vehículo de mudanza llamó su atención.
Al levantar la vista, vio el desembarco.
Vio a un grupo de ancianos pulcros bajando cajas con cuidado, y luego la vio a ella.
A la distancia, la fragilidad de Paula y la forma feroz e instintiva con la que protegía a la niña pequeña golpearon el pecho del coloso de una manera que no había sentido en años.
Gabriel vio en los ojos de Paula el mismo miedo, la misma mirada de criatura acorralada que tenía su hermana menor, Lucía, antes de fallecer por una sobredosis.
Gabriel se puso de pie, arrojando el trapo al suelo. Entró al taller con paso firme y llamó a dos de sus hombres de máxima confianza.
—Quiero que averigüen quiénes son los que acaban de llegar a la casa de la difunta Eliana —ordenó Gabriel, con una voz profunda que cortó las risas del taller—.
Quién es esa muchacha y por qué tiene esa mirada de terror.
Quiero saber qué le pasó. Y escúchenme bien: desde hoy, nadie de los alrededores mira raro a esa casa.
Nadie hace ruido innecesario cerca de esa acera.
Monitoreen quién se acerca. Hay algo en esa niña y en su madre que me dice que el mundo ya las golpeó demasiado.
Los primeros días fueron de un encierro preventivo para Paula, quien observaba con desconfianza las chaquetas de cuero negro con el emblema de las alas plateadas.
Pensaba, guiada por los prejuicios sociales, que se mudaba al territorio de una peligrosa pandilla de matones.
Sin embargo, la venda de sus ojos cayó por completo una tarde de viernes.
Paula regresaba caminando de la tienda local con Paz de la mano.
Al pasar cerca del parque infantil del barrio, notó a dos sujetos extraños que se acercaban a unos adolescentes de la secundaria, ofreciéndoles pequeños envoltorios plásticos.
Eran narcotraficantes intentando vender droga a los menores de edad.
Antes de que Paula pudiera reaccionar, el rugido de tres motocicletas cortó el aire.
Gabriel frenó en seco su imponente Harley-Davidson, bloqueando el paso de los delincuentes.
Se bajó de la moto con una furia contenida que intimidaba a cualquiera.
—Les dejamos las reglas claras la semana pasada —dijo Gabriel con una voz de trueno que paralizó la cuadra—. En este barrio no se vende veneno. Y mucho menos a los niños.
Uno de los traficantes intentó llevarse la mano a la cintura, pero los otros dos motoqueros se cruzaron de brazos, impidiéndolo. Gabriel tomó al sujeto de la solapa con una sola mano, levantándolo del pavimento.
—Si vuelvo a ver sus caras cerca de una escuela o de este parque, no los va a recoger la policía, los van a recoger del hospital —sentenció, arrojándolo contra el suelo—. Fuera de mis tierras. Ahora.
Los delincuentes huyeron despavoridos. Los adolescentes regresaron a sus juegos dedicándole un saludo respetuoso a Gabriel, demostrando que Los Centinelas eran los verdaderos guardianes del barrio.
Paula, oculta tras un muro, presenció todo.
El miedo desapareció, reemplazado por una profunda e inesperada sensación de seguridad.
Al igual que su iglesia, estos hombres rudos defendían a los inocentes, pero bajo las implacables leyes del asfalto.