Epílogo 2
Madison
Es la mañana del primero de noviembre. Mi cuerpo tendido sobre la cama de la cabaña se queja de un dolor agradable.
Aunque no lo serán las agujetas que tendré en los próximos días después de tanto correr anoche por el bosque.
Knox ha salido a hacer ejercicio esta mañana.
Para quemar energía, según él. La realidad es que no entiendo cómo consigue mantenerse en pie todavía.
La neblina del sueño comienza a arrullarme otra vez cuando escucho la vibración de un teléfono.
Me congelo; se supone que no hay cobertura, que no hay modo alguno de comunicarse con el exterior, o eso me dijo Knox la vez que pasamos meses aislados aquí.
Decido levantarme de la cama e ir en busca del dichoso aparato que continúa vibrando, cuando consigo localizarlo —bajo la cama, en un maletín que nunca había visto antes—. Dudo qué hacer; es un cacharro enorme y súper pesado.
¿Será de esos de satélite? ¿Y si es algo importante del trabajo de Knox ?
Dudo aún más. No sé si debería o no contestar.
Cuando la llamada está llegando a su final, decido responder.
Sin haber abierto la boca, una voz al otro lado de la línea comienza a parlotear a toda prisa. Parece que no consigue hablar lo suficientemente rápido, pisa una palabra con la siguiente y me cuesta mucho entender qué es lo que me está diciendo… Hasta que caigo.
Esa voz se me hace demasiado conocida.
—¿Sarah…?