Al límite del desastre (Hermanos Streoss 1) 1. CAMILLE
100%

1. CAMILLE

Presente

Apenas abro y lo encuentro recostado en el sofá de cuero marrón, con sus largas piernas cruzadas, un brazo con tatuajes autóctonos en el bíceps, descansa tras la cabeza.

Su cabellera, más rubia en las puntas gracias a su exposición al sol, cae desordenada por su rostro bronceado, la otra mano se encuentra relajada sobre su abdomen.

Así es él, despreocupado, vive conforme a sus reglas siendo, de alguna manera, quien es y siempre luce una sonrisa cargada de infantil picardía.

Me aflojo el nudo de la corbata y dejo las compras en la barra de madera de la cocina que está de lado derecho.

Él ya hizo su parte, noto enseguida. La fuente tiene frutas, hay pan en un cesto, algunos dulces que suele estar masticando por lo mismo siempre noto a ese ligero sabor a frambuesa que es su favorito.

Llegó de Londres ayer, estaremos aquí dos noches, él se marchará de Massachusetts en cuatro días a algún lugar del mundo, yo el martes a un viaje de negocios. Mientras tanto, lo tengo en este sitio aislado que solo nosotros conocemos.

Gozar con su presencia, en medio del estrés cotidiano gracias al trabajo, me relaja, además de excitarme, por supuesto. Con Stellan los días pasan rápidos, llenos de estupideces y sexo, excelente sexo.

Me quito el saco y lo dejo en el perchero.

No pienso despertarlo, aunque alucine por perderme en esos impresionantes y gigantes iris, tan claros que desconciertan, en su sonrisa ladina, sosegadora.

Enterrarme en su cuerpo una y otra vez, sin embargo, soy consciente de que debe estar molido con el fin de la gira y demás eventos a los que asiste de los cuales no pregunto en realidad.

Desde hace un mes estoy al tanto de su llegada, pero no solemos acordar la hora. Así que, aunque intenté salir lo más rápido de la junta con Cameron, uno de mis socios más importantes, fue casi imposible llegar antes y para mí trabajo, es trabajo.

Se remueve mientras desabotono los puños de mi camisa blanca para arremangarla y ponerme a acomodar los víveres, entonces voltea y abre sus ojos espectaculares. Sonríe enseguida de esa forma única, pueril.

Es un cabrón, pero es el cabrón más dulce y loco que he conocido, aunque lo oculta a la perfección y también lo sabe usar en su profesión: es un cantante importante, ha ganado un par de Grammys, otros premios, discos de oro y reconocimientos por millones de reproducciones de sus canciones en YouTube y Spotify .

Está en la publicidad de marcas prestigiosas y exclusivas, además de muchas más cosas en las que no indago.

Sí, Lan Vane es un hombre exitoso y famoso, con el mundo a sus pies, pagado de sí, fiero y con una energía inquietante, pero también un chico que puede ser tierno de una forma extraña, divertido y bastante sencillo. Es fácil estar a su alrededor… casi siempre.

Nadie sabe lo que ocurre en esta cabaña, ni mi familia, ni su mundo, salvo su manager, que parece conocerlo bastante bien y es quien se encarga de la logística conmigo.

Stellan es, ante el planeta, heterosexual, uno de los más deseados. Yo un hombre procedente de una de las familias más conservadoras y de alta sociedad en Nueva Inglaterra, dueño de importantes negocios en Boston y NY, con una imagen que cuidar.

—Streoss —susurra tallándose el rostro, desperezándose. Entro a la cocina y comienzo a sacar las compras.

—No quería despertarte, seguro tras jet-lag , Vane —replico con ligereza.

Se levanta sacudiendo la cabeza, luego se estira y puedo admirar esos abdominales tensos, la sensual V de su cadera que sé bien en donde termina.

Mis manos cosquillean.

Ojeo uno de sus tatuajes que se asoma; un bumerán con terminados en grecas que se ubica de lado derecho en ese torso lampiño. Es todo un boyband que me pone duro con apenas un vistazo.

Y sí, es la antítesis de mí.

Se acerca con su andar relajado, se pasa las manos por el cabello dorado. Yo meto algo en la nevera y entonces me quita un paquete de jugos, lo deja en una superficie y acorrala hasta que la madera de la barra se clava en mi trasero.

No sonríe, solo observa mi boca de forma lascivia, yo la suya, el deseo se expande, como suele. No avisa, solo aparece y nos aprisiona. Coloca sus manos a los lados de mi cadera, aferrándose a la madera color pino.

—Cuatro meses sin vernos y ¿así saludas, Streoss?

—murmura sobre mi barba, alzando un poco el rostro, pero sin buscar mis ojos.

Sé que está decidiendo qué hará primero.

No bajo la cabeza, sigo perdido en sus labios delineados—.

El jet lag me importa una mierda —declara y su aliento se derrama en mí.

Sonrío con cinismo.

—¿Qué harás al respecto? —lo incito. Pega su pecho al mío y alza su mirada clara y asombrosa hasta hacer contacto con la mía.

—Comerte… —asegura con desgarbo— lo suficiente como para que me folles como me gusta —determina con seguridad.

Frunzo los labios en desacuerdo.

Entre nosotros siempre ocurre esta batalla de quien asumirá el control, aunque uno de los dos suele ganar y hoy seré yo.

Lo tomo por la cadera y lo llevo hasta el muro que está en perpendicular.

Sonríe con malicia cuando su espalda impacta con la pared, sujeto sus muñecas con una mano y las coloco sobre su cabeza, meto una pierna entre las suyas.

Abre la boca ante mi roce, ya me tiene cien por ciento atento a sus reacciones.

—Yo tengo otros planes, Vane —gruño buscando el botón del pantalón. Su respiración se corta, se hace más pausada y cuando introduzco una mano bajo el elástico del bóxer para envolver esa excitación que anhelo, jadea de forma ronca, intenta soltarse—. No. Recibe, dulzura —ordeno observándolo.

Cierra los ojos y justo en este momento al fin puedo pegar esos malditos labios a los míos con este deseo animal que aparece cuando se trata de él. Responde con exigencia al tiempo que humedezco con su líquido preseminal esta perfecta excitación.

Jadea.

Mierda. Lo echaba de menos, admito solo para mí.

Enseguida me pierdo en sus labios, en la humedad que dejan sobre los míos, la firmeza de su miembro que reacciona a mi tacto. Lucha por soltarse, lo evito. Juego con sus testículos, repaso su glande, mientras absorbo esos sonidos que escapan de su boca, esos jodidos sonidos que me enardecen.

—Aunque te follaré como te gusta, eso te lo prometo, Vane —prometo perdiendo mi boca en su cuello, viajando hasta su oreja.

—Cambias las reglas —se queja. En respuesta lo aprieto, suelta un jadeo.

—No, solo sigo las mías —determino mordisqueando su cuello.

Pronto lo suelto y me deshago de su camiseta. Enseguida sus abdominales aparecen ante mí, sus tatuajes, esos pectorales. Pretende tocarme pero vuelvo a sujetarlo. Ruge. Sonrío sobre su pezón y luego lo mordisqueo, se retuerce.

—Joder —susurra absorto. Stellan siempre responde con rapidez, es voluntarioso, impaciente, acostumbrado a que todo se dé cuando decide, pero conmigo sabe que las cosas llevan su tiempo, o eso pretendo porque a veces no lo permite y simplemente toma lo que desea y eso también me excita—.

Suéltame —pide casi sin aire—. Quítate la ropa —me urge.

Su tono ya es más esa suplica que solo emplea a la hora del sexo. Doy un lametón a su abdomen.

—Pronto —musito.

—Te la arrancaré —advierte jadeante. Sonrío y lo mordisqueo junto al ombligo, se dobla, nuestros ojos conectan.

Sonríe también, febril.

Ya lo ha hecho, sus palabras no son vacías, pero no me molesta, lo sabe. Lo cierto es que a ningún otro tío se lo permitiría jamás, ni eso, ni muchas cosas que a él simplemente le concedo.

Durante estos cinco años, no mentiré, sí me he metido con otros hombres.

No han sido muchos esa es la verdad; desde que comencé esto con Stellan, el sexo no es algo que esté buscando y que con él estoy más que satisfecho.

Pero me resisto a la idea de una relación, de fidelidad, de algo serio; siendo quienes somos es ridículo pensarlo, además no pienso involucrarme con nadie ni ahora, ni más delante de esa manera, así que cada tanto me lo recuerdo de esa forma.

Nos encontramos ciertos meses del año aquí.

Para él es la manera de escapar de su mundo lleno de reflectores, seguidores, eventos que, aunque sé que le apasiona cantar, componer, porque lo he visto aquí hacerlo, la otra cara de esa moneada ha estado a punto de romperlo en varias ocasiones y lo noto cuando de pronto esa mirada luminosa que posee se oscurece o se pierde, aunque no pregunto, somos hojas en blanco .

Para mí, es donde no oculto nada sobre mí, donde dejo que mi instinto tome el control, donde me muestro sin pretensiones porque con Stell sería ridículo, odia las poses, si acaso se burla de ellas, por lo que me encuentro más relajado en este sitio que en cualquier otro.

Un gruñido ronco escapa de su garganta, me distrae al tiempo que nos da la vuelta y termino con la espalda contra el muro ahora, abre lo que queda de mi camisa con fuerza y los botones salen disparados, regándose por ahí.

—Te dije que la rompería —gruñe mordisqueando mi cuello.

Gimo porque su lengua ya conoce bien mis puntos débiles, porque Stellan me derrite y su tacto impaciente me enardece.

Alzo los abrazos con el afán de tocarlo, lo evita sujetando mis muñecas a los lados de mi cadera—.

No, Streoss, es mi turno —advierte y pasa su lengua por mi torso, se entretiene con mis pezones, torturándolos, y hasta que no arranca de mí ruidos llenos de excitación, no los suelta.

Lo dejo hacer un rato, me gusta cuando es demandante, también cuando simplemente me cede el control, o yo a él. Es un juego constante que ya hemos aprendido a manejar.

No tarda mucho en llegar al límite de mi hombría, sonríe malicioso.

Lo observo agitado, fascinado también; sus pupilas se dilatan, en su caso eso es casi absurdo, posee unos ojos impactantes, cristalinos, los mismos que no le permiten esconder muchas veces sus emociones, esa ternura que a últimas fechas me pregunto si muestra a otras personas, situación que prefiero evadir porque no me agrada en lo absoluto tratándose de él y elijo pensar que su carácter también malhumorado es el que pondera.

—¿Me echó de menos? —pregunta apretando mi miembro con osadía, irguiéndose, expulsándome de mis extraños pensamientos. Intento mordisquearlo, se aleja.

—¿Por qué no lo averiguas? —lo provoco. Humedece sus labios, pierdo la atención en ese gesto.

Stellan es puro instinto, no se limita, toma y da simplemente porque eso quiere. Es un hombre genuino aunque siempre he sentido que se queda con algo para sí, pero puede ser solo una idea, no soy muy bueno para ese tipo de cosas a pesar de que el instinto no suele fallarme.

—Lo haré —determina soltando mis manos y abriendo el pantalón con rapidez. Entonces se agacha bajando de una mis prendas, lame mi miembro y suelto un sonido ronco al sentir su boca sobre mí. En serio que sí lo he echado de menos.