CAPÍTULO 71
Una semana había pasado desde que supo que Samantha se había marchado para Londres. Se atiborraba de trabajo, de ocupaciones, mientras resolvía la situación con su hermana que resultó ser mucho más sencilla de lo esperado.
Kasha comenzaría en un par de semanas el trabajo comunitario que la mantendría ocupada de varias maneras durante un año.
Además, su padre había decidido mudarse a la casa de la familia que estaba en las afueras para poder estar cerca, pues aunque la joven mostraba cierto recelo para con él, Káran esta vez se mantuvo firme a su lado, tanto que la joven pronto comenzaría a recibir ayuda psicológica, tal como su padre determinó y que para asombro de Kylian, su hermana aceptó sin objetar.
La sabía nerviosa, triste, muy ansiosa todo el tiempo, reactiva y a la defensiva. De repente tenía arrebatos de furia para luego esconderse en predicciones numéricas de manera obsesiva.
Era tanto que ya la habían tenido que medicar en un par de ocasiones, por lo mismo un psiquiatra había tomado el caso, recomendado por el mismo Londo. El especialista sugirió que no viviese sola por el momento.
La realidad era que su padre estaba mostrándose, como nunca antes, fuerte y dueño de la situación, apoyaba a su hija sin dudarlo, pero con Kylian era diferente pues este huía de su presencia, lo evitaba de manera deliberada y si se topaban, tan solo intercambiaban monosílabas.
Por su asistente era que sabía cómo iba todo.
Kylian sentía coraje, tanta ira que ya no encontraba la manera de ignorarla. No pasaba una noche completa, tan solo pensando en esa mujer que estaba ahora tan lejos, a la que tanto daño le había hecho, aferrado a aquel suéter que nunca le devolvió y que cada día olía menos a ella.
Esa tarde, finalmente había llegado el momento de hablar con el que aún era su suegro. No podía postergar más esa situación y tenía muy claro que limpio no se iría de ese lugar.
Llegó a la hora acordada, Londo lo recibió tan cortés y cálido como siempre. Se le ofreció algo de beber, gesto que declinó para enseguida tomar asiento, aspirando con fuerza.
—¿Cómo va todo? —preguntó el hombre, sentándose en uno de los sofás individuales, después de darle un trago a su café vespertino.
Lucía sereno, lozano, eso lo tranquilizó pues la confesión que estaba por hacer no lo haría sonreír estaba seguro, pero tampoco quería afectarlo.
De alguna manera Londo, durante todo ese tiempo, le había demostrado lo honorable y gran hombre que era, sus principios, lo involucrado que estaba con el bienestar de esa familia que construyó al lado de su esposa, una de la que jamás imaginó llegar a ser parte, aunque hubiera sido por tan corto tiempo.
Llenó de aire sus pulmones, recargando los codos en las rodillas y asintió, serio.
Lo cierto es que mentía, las cosas iban de la mierda.
Se sentía caer y caer, seco por dentro, enojado consigo, decepcionado y añorando cada maldito día más aquellos ojos índigo que solían ver en él mucho más que cualquiera, de los que nunca logró esconderse.
—No ha sido sencillo, pero siempre agradeceré tu apoyo en esto.
—Tranquilo, tu hermana aprenderá y lo que haga no es tu responsabilidad.
Sus palmas sudaron, necesitaba saber de Samantha, pero no se atrevía a preguntar nada.
—Bueno, eso es una manera de verlo. Trabajaba para mí, le di acceso a… En fin, no vine a hablar de eso —concluyó.
Londo aguardó, examinándolo.
Durante esos días había notado el deterioro del joven, el aturdimiento y dolor. Estaba arrepentido eso era evidente. Por otro lado, al estar un poco más cerca que antes, comenzó a hilar ciertas cosas que ayudaron a comprenderlo.
La relación con su padre era nula. Craig era la cabeza de esa familia y averiguando un poco con conocidos gracias a Maddy, supieron cómo es que ese chico a tan corta edad había sacado a flote las empresas, asumiendo responsabilidades que de ninguna manera le correspondían pues Káran cayó en depresión, una profunda que costó parte de lo que tenían, después de la muerte de su mujer.
No era quién para juzgarlo, sin Madelene no sabría cómo seguir, pero sí era padre y tenía bien claro que, aunque no tenía idea qué haría en una situación semejante, esos seis chicos que engendraron lo habrían necesitado.
De alguna manera siempre, hasta en los momentos más oscuros, eran los motivos por los que no se rendía.
Aun así, no había pasado por aquello, no tenía derecho a decir qué estaba bien y qué mal. Cada persona afronta las cosas a su manera. Él mismo lo hacía y estaba seguro de que muchas veces no era la mejor.
—Bien, dime entonces para qué soy bueno.
Kylian tomó aire negando, estaba nervioso. Londo era alguien que imponía muchísimo, ahora mismo ya una autoridad para él.
—Necesito que sepas algo importante.
—Bien, escucho.
Kylian alzó la cabeza buscando sus ojos, tenso.
—Yo, yo pensé durante un tiempo que tú eras quien estaba tras el fraude, Londo —comenzó. Este no interrumpió, eso ya lo imaginaba, así que bebió más de su café, calmado, dejando la taza con cuidado sobre el platito—. Y, bueno, tampoco es secreto que tu empresa me interesa.
—Cierto —corroboró serio.
Eso lo tuvo claro desde el inicio, aceptó notando lo tenso que se encontraba el esposo de su hija, esa misma que se había marchado y que no preguntaba nada sobre él. Confiaba que el tiempo los ayudara.
—Conocí a Samantha en la fiesta de aniversario. Eso ya lo sabes. No puedo negar que… que desde que la vi me atrajo.
—No eres el primero, lo sabes —bromeó un poco buscando aligerar lo que sabía venía y que cambiaría las cosas.
En respuesta Craig sonrió frotándose el rostro, aunque entristecido, posando su atención en la vista que regalaba aquel despacho y resopló.
—La usé, Londo —soltó dejando un pesado silencio en el lugar sin atreverse a encararlo, prosiguió—. No me justificaré con absurdos, el motivo era egoísta y lleno de avaricia. Vi una oportunidad para conseguir lo que buscaba, lo que necesitaba, así que la… la chantajeé.
Escuchó una aspiración fuerte a metros de él.
—Cuida muy bien las palabras que usas, Craig, los negocios son una cosa, mi familia es algo muy distinta —advirtió Londo, con tono lúgubre y amenazante, justo el que esperaba.
Agachó la cabeza para enseguida recargar la barbilla en sus dedos entrelazados, clavando sus ojos en aquellos grises, gélidos.
Cualquier otro al ver su expresión hubiese huido estaba seguro, porque era evidente cómo acabaría eso, pero aunque Samantha le hubiese dicho cobarde, estaba decidido a demostrarse que no lo era, o no tanto por lo menos, y eso era el inicio.
—No hay nada que cuidar, Londo, porque la verdad es tan mezquina como se escucha.
La busqué después de tu infarto y le mostré las pruebas en tu contra.
Le ofrecí casarse conmigo, a cambio de no meterte preso.
Necesitaba una esposa por… por motivos que no tienen sentido ahora mismo y ella me haría más sencillo el camino para absorber Streoss Services , aceptó.
Londo dejó la taza sobre la mesilla de a un lado, irguiéndose, apretando la quijada.
—Manipulaste a mi hija para que contrajera matrimonio contigo a cambio de que no me inculparas de lo que tu hermana hizo para así poder hacerte de nuestra empresa, ¿es así?
—repitió intentando ordenar las ideas y deseando con todo su ser rodear su cuello para ahogarlo de una puñetera vez. Lo que le decía era asqueroso y bajo.
—Sí. Solo que no sabía que Kasha era responsable, yo sí creía que estabas robándome. Aunque ahora eso no importa.
—Samantha aceptó tu jodida propuesta por mí, ¿es lo que tratas de decir? —insistió acercando el torso a él.
Asintió sin remedio.
Londo se puso de pie, abriendo y cerrando las manos, sintiendo la ira y rabia reverberar en su garganta, la sangre circular peligrosamente por todo su cuerpo.
Sin embargo, se obligó a calmarse, alejándose perdió la mirada en el exterior, recordando que no podía tener impactos fuertes, menos en ese momento que tanto lo necesitaba su hija. Maldito hijo de puta.
Hizo cuatro respiraciones tomándose su tiempo, luego se cruzó de brazos sin voltear.
—Jamás te importó Samantha —murmuró cabreado. Quería arrancarle la cabeza del cuerpo.
—Samantha me importa más que nadie —contradijo a unos metros tras él con total seguridad. Volteó asintiendo, luego caminó a paso tranquilo hasta dejar poca distancia entre ellos, ambos mirándose frente a frente pues su yerno ya estaba de pie, aguardando su reacción, vencido.
—Si tuvieras a Joe frente a ti, ¿qué harías, Kylian? —preguntó con voz pausada.
—Lo destrozo —aseguró asumiendo lo que acababa de decir. Londo sonrió de forma sarcástica y sin que lo viera venir su palma se impactó sobre su mejilla derecha con fuerza tal que le volteó la cara.
Aspiró hondo y lo miró de nuevo. No metería las manos.
—¿Qué pretendes al decirme esto? —cuestionó serio.
—Ser honesto y enfrentar mis actos, tenga las consecuencias que tenga.
Londo no habló durante un largo minuto, la mejilla de Kylian comenzaba a inflamarse, pero el hombre no se amedrentaba a pesar de eso, tampoco rehuía de su mirada o de él.
—Tocaste lo más sagrado, ¿comprendes eso?
—Sí.
—Quiero matarte ahora mismo, ¿eso también lo sabes?
—Por eso estoy aquí.
Londo asintió enfriándose, eso era justo lo que había temido desde el inicio.
De alguna manera a pesar de enfurecerlo, era como lo lógico, él mismo tampoco había actuado de la mejor manera y la colocó en la mira.
Maldición. Lo cierto es que algo sí tenía claro a pesar de lo que acababa de saber, en medio de esa mierda, su hija sí lo amaba y él, lamentablemente, también.
Bonita jugada del carajo.
—Largo, Kylian —rugió por lo bajo.
Al día siguiente, mientras se encontraba inmerso en unos planos, la asistente de Kylian le avisó que Madelene Streoss estaba afuera, quería verlo. Desconcertado la esperó frente a su escritorio.
No conseguía dormir, ni comer bien, su mente iba a mil por hora y el trabajo estaba resultando quizá su único escape, aunque no tan efectivo.
Lo cierto es que después de haber salido del despacho de Londo, había pasado la mañana cometiendo error tras error.
No temía a una venganza, pero sí a no ser capaz de volver a tomar las riendas de su vida, esa que tampoco le llamaba para nada en ese momento.
Madelene entró y verla fue un doloroso recordatorio de en dónde estaba lo que en realidad le daba sentido a su mundo: a kilómetros de distancia, haciendo su vida.
—Buenas tardes, Madelene —saludó con cortesía, desconcertado.
La guapa mujer devolvió el gesto con un movimiento elegante de cabeza. Sam tenía su belleza, pero el carácter de su padre sin duda.
—Debo hablar contigo —declaró la madre de su esposa. Kylian le ofreció asiento en un sofá cómodo, luego algo de tomar, cosa que declinó la mujer y se terminó sentando frente a ella.
No parecía enojada, en realidad solo pensativa.
—Dime, Madelene.
—Londo me contó ayer lo que hiciste —comenzó erguida, altiva y controlada—. No te diré lo que pienso de ello pues imagino que lo sabes.
—No te detendré, ni a ti, ni a nadie de tu familia.
—Lo tendrías merecido, pero no vine a eso y mis hijos no están al tanto de esto —le advirtió, mensaje que entendió enseguida y que sospechaba, de lo contrario estaba seguro de que ya tendría un par de piernas rotas, rayado el auto y a saber qué más.
Sin embargo, se equivocaba, Camille y Valentin sí que lo sabían pero por alguna razón parecían haberse apartado de todo ese tema—.
Vengo a que me expliques bien lo que ocurrió, tus motivos y la razón por la que decidiste confesarle todo a mi marido justo ahora.
—No buscaré justificarme.
—No es lo que te estoy pidiendo. Así que si tienes tiempo, yo también, Kylian. Te escucho.