Al límite del desastre (Hermanos Streoss 1) CAPÍTULO 64
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CAPÍTULO 64

Sam abrió los ojos después de un sueño poco reparador. Por impulso se llevó una mano a su vientre pues la sensación de vacío ahí estaba. Suspiró perdiendo la atención en el techo. Sus ojos se anegaron, se giró e hizo ovillo rodeando su estómago.

Hacía unos meses nunca hubiese imaginado estar en una situación similar, siquiera cercana. Amaba a Kylian, pero le tenía tanto rencor también y no por el chantaje, que en sí era lo delicado, sino por ser tan malditamente obstinado y ciego, por evadir los sentimientos que ella sabía que tenía.

Se limpió el rostro, trémula. Ya no estaba su bebé, ya no estaba él, las mentiras estaban siendo descubiertas, las cosas caerían en su lugar, pero temía lo que eso implicaba. Lo necesitaba lejos y lo necesitaba cerca también, se sentía hecha un manojo de contradicciones, de sentimientos.

La realidad es que añoraba tenerlo a su lado, que la arropara con su gran cuerpo, que perdiera la nariz en su melena y le dijera que todo iría bien.

Pero eso no pasaría, es más, no debía pasar por ahora, porque si Kylian hacía las cosas bien en esta ocasión, tenía bien claro lo que ocurriría y su parte racional sabía que era lo mejor.

Por la mañana le llegó un ramo de peonías rosadas.

Su madre estaba con ella desayunando en su habitación.

No había querido salir de ahí, tan solo se había dado un baño y de nuevo recorrió como un autómata el camino a su cama.

No recordaba haberse sentido sin nada de energía circulando por su cuerpo jamás.

—Son muy bellas —susurró Madelene observando el exquisito arreglo que la mucama había dejado sobre la mesa de noche de Sam.

Estaba amarrado tan solo con un papel de seda color crudo y un lazo de yute: rústico, sencillo e íntimo, no había pretensión en aquel obsequio, sino dulzura.

La joven asintió inexpresiva, aunque con un dolor profundo en el pecho.

Su madre rodeó una de sus manos con firmeza—. ¿Has hablado con él? —preguntó cauta.

Sam se encogió de hombros en respuesta, lucía pálida, desaliñada, triste.

—No tengo mucha hambre —susurró observando la bandeja que estaba llena de las cosas que solían gustarle, cambiando de tema.

—Debes comer, mi amor, por lo menos la fruta —pidió sin perder detalle de su expresión. Apenas si había visto el arreglo.

—Quiero dormir, ma —murmuró pretendiendo acomodarse, pero Madelene lo evitó tomándola por el codo.

—Come, Samy, luego duermes o quizá podemos dar una vuelta al jardín, tomar un poco de sol.

—Hace calor —replicó como una pequeña. La mujer ladeó el rostro, estudiándola. Samantha fue todo un torbellino, un huracán, pero jamás una niña mimada, al contrario, era independiente hasta un grado desconcertante y en ese momento parecía lo contrario.

—¿No quieres leer la tarjeta? —preguntó fingiendo dejar el asunto tomando un trozo de mango con el tenedor con gesto casual, desinteresado, para luego tendérselo sin buscar su mirada.

Su hija lo agarró distraída, perdiendo su atención en el ramo, se lo metió a la boca y masticó despacio. Madelene sonrió complacida.

—Luego lo haré —respondió al fin, tomando otro trozo con desgano.

—¿Quieres hablar de lo que ocurrió? —indagó serena, más tranquila por verla ingerir. La joven negó.

—Necesito tiempo, él también —se escuchó decir sin entender por qué.

Madelene asintió sin cuestionar más, aunque hervía de dudas.

Cuando Sam estuvo sola, se acurrucó con toda la intención de dormir. La noche anterior él le había mandado otro mensaje para saber cómo se encontraba, al que solo respondió con un «bien».

Esa mañana había despertado con un: «Hola, Samantha, espero que hayas tenido buena noche. Cualquier cosa que necesites, solo dime.»

Gruñó a causa de ese mensaje al grado de casi aventar el teléfono. Se contuvo y tan solo lo dejó volteado sobre la mesa de noche.

Refunfuñando se incorporó en la cama, clavando su atención en aquel arreglo. Le dio un golpe al acolchado y se acercó con toda la intención de tirarlo a la basura, pero la tarjeta contuvo su impulso. Sus pulmones se apretaron. La tomó despacio y la abrió.

«Las oportunidades tienen fecha de caducidad. K.»

Pasó saliva, se dejó caer en el piso y leyó una y otra vez aquellas líneas. ¿Eso era verdad? Una voz interna rugió «¡sí!», pero había algo más, una sensación más profunda que le decía: «aguarda».

Kylian se dio una ducha helada, los ojos le ardían, tenía los músculos agarrotados y ese hueco en el pecho crecía.

Dentro de algunas horas recibiría toda la información que ese tal Guth había reunido; mientras tanto, le había avisado a su padre que lo necesitaba al día siguiente en Boston, a Kasha solo le mandó un mensaje para citarla la mañana siguiente.

Desmontaría todo de una, sin contemplaciones, sin reparos, pero no haría nada impulsivo, por eso debía esperar.

Esa mañana estaba resultando terrible, por lo que decidió no ir a la empresa.

Al amanecer, agotado hasta el extremo y lleno de ansiedad, se perdió unas horas en el invernadero.

Creó, con esmero el arreglo que le mandó sabiendo que eso no solucionaría nada, pero deseaba darle por lo menos algo real de su parte, un trozo de él que fuese genuino.

Lo cierto es que no sabía cómo actuar respecto a ella. Temía lastimarla más, pero era consciente de que debían hablar, decirle lo que ya sabía, disculparse sin aspirar a un perdón genuino que no merecía y… dejarla ir.

Postergar ese momento le brindaba una falsa ilusión que su mente deseaba alimentar, aunque la realidad era otra: le debía la libertad a Samantha Streoss por mucho que eso lo estuviera corroyendo.

Nunca más actuaría de forma egoísta si se trataba de ella, porque dentro de toda esa maquiavélica maquinación, esa pelirroja había sido la más herida, la que había pagado de forma injusta, la que había sido manipulada y aunque nunca la doblegó pues desde el inicio comprendió que sería una tarea imposible, sí apagó su chispa, eso jamás se lo perdonaría.

Era ridículo, algo que nunca imaginó, pero finalmente ella fue quien lo doblegó, quien lo desenterró y lo hizo anhelar cosas que creyó habían muerto en su interior y fue así como su plan se volvió en su contra, porque desde el inicio estuvo condenado.

¿Lo paradójico? La amaba más por ello, por su fiereza, su tenacidad, su valentía, porque dentro de sus actitudes a veces impulsivas, imprudentes e infantiles se convirtió en la mujer que lo trajo a la vida de nuevo. Consiguió, sin que él pudiera resistirse, que vivir tuviese sentido.

Estaba revisando los balances entre llamadas y correos que no cesaban.

Ya le había mandado un par de mensajes más a Sam que no respondió, ni siquiera leyó.

Era casi un chiste que a pesar de la guerra nuclear que ocurría en su interior, el mundo no se detenía, de alguna manera lo agradecía porque la ansiedad lo estaba enloqueciendo.

Guth ya se había comunicado, esa noche tendría la información y entonces recibiría una fuerte suma a cambio. Temía lo que descubriría, temía por Kasha, se sentía rabioso también, cargado de impotencia y de dudas.

Recargó la espalda en la silla, llevándose las manos a la cara, frotándosela. Era momento de ir a verla. Debían hablar, no podía postergarlo más a pesar del dolor que los aquejaba por su pérdida, cuando escuchó la puerta de la entrada.

Gina no estaba, regresaría al día siguiente.

Rumiar en la soledad era parte de su castigo autoimpuesto.

Dejó salir el aire y se levantó desganado.

Quizá Lautaro requería algo. No alcanzó a salir del despacho cuando aquella melena rojiza apareció frente a él, logrando que su estómago cayera hasta el piso y sus palmas sudaran.

Ninguno se movió durante un minuto entero, con las miradas enganchadas, con la saliva espesa, con millones de palabras atascadas, con una tristeza honda y con sueños que nunca podrían ser realidad.

Sam llevaba el cabello suelto con descuido, vestía ropa deportiva y su cara, desprovista de maquillaje lucía demacrada.

Aun así, era preciosa, admitió, contemplando sus labios delineados, su piel tersa, esas constelaciones de pecas que conocía ya de memoria.

Enseguida las ganas de cargarla, llevarla a la cama y protegerla, lo golpearon, logrando que tan solo cerrara los puños con fuerza.

No tenía ya derecho, nunca lo tuvo en realidad y el monstruo del que debía protegerla era él, sería ridículo hacerlo.

—De… deberías estar en cama —habló él al fin, rompiendo el silencio.

La joven tomó aire y asintió rodeándose con los brazos, sin bajar la mirada. Su madre la había llevado, esperaba abajo, no había podido estar en paz después de leer esa nota, de enterarse de todo.

Aplazar ese momento la derribaría por completo en medio del dolor que estaba experimentando, necesitaba verlo y saber si realmente las oportunidades habían caducado, por eso estaba ahí.

Su salud no se vería afectada por ello, pero su mente la acabaría por enfermar y ya no podía cargar con más consecuencias derivadas de la ambigüedad.

—Y debemos hablar —agregó ocultando la revolución en su interior.

Kylian tenía una mirada febril, vidriosa, su cabello iba despeinado por lo que sus rizos castaños se desbordaban salvajes sobre su cabeza, llevaba una camiseta cualquiera y vaqueros, sin zapatos y sintió odiarlo por verse tan malditamente sexy aun en ese momento porque a pesar de sus ojeras, de lo pálido, era tremendamente hermoso.

—Lo sé.