CAPÍTULO 63
Bastó una mirada de esos ojos grises con los que creció, para saber qué le diría: Camille estaba al tanto de lo que en realidad ocurría. Pasó saliva, atenta a él. Lo dejaría hablar, no tenía ánimos para ponerse a la defensiva, además, no contaba con argumentos.
—Samy, debería darte el sermón de hermano mayor, porque la verdad lo mereces, pero no estamos para eso, ¿cierto? —preguntó el hombre, con voz serena.
Samantha lo miraba, aguardando.
Camille dejó salir el aire. Le gustaba ser directo, negociar, nunca adornaba ni una sola de sus palabras ni las dulcificaba, pero en ese momento sabía que debía ser lo más cuidadoso posible.
Lo que acababa de pasar su hermana era algo complejo, porque por mucho que ese hombre la usara para beneficiarse, ese bebé era de ambos.
También llevaba claro que en otras circunstancias lo correcto hubiese sido que su hermana y su estúpido marido, hablaran.
Pero nada era como debía y dudaba, por cómo la miraba, que ese matrimonio tuviese algo de valor; al contrario, era solo destrucción, una que no continuaría.
Ese no era un enredo de pareja en el que no debía entrometerse, ese era un maldito chantaje que acabaría.
Acomodó un mechón rojizo tras su oreja. Estaba pálida y tan triste. No imaginaba lo que tuvo que pasar. Maldito bastardo.
—Nuestro padre no cometió fraude, Sam —aclaró primero que nada. Ella apretó la quijada, asintiendo.
—Fue la hermana de Kylian —soltó sin hacer aspavientos.
Camille arqueó una ceja.
—¿Lo sabías? —la interrogó con su característica templanza.
—Hace unos días los descubrí. No entiendo por qué hizo algo así —lamentó en susurros, cabizbaja, recordando la reacción de Kylian al decirle. Las cosas entre ambos estaban ya tan rotas.
Su hermano arropó sus manos entre las suyas, dándoles un apretón.
—Kasha lo planeó junto con otro tipo, uno que trabaja con los árabes a quienes les construyó el hotel Craig. Ellos tampoco saben nada, pero cuando se enteren, créeme, las cosas escalarán.
Samantha abrió los ojos de par en par.
—¿Cómo sabes todo esto?
Camille sonrió de forma torcida.
—Desde el día que comenzaste a salir con él me impliqué en esto. Papá lo prohibió, decía que los veía realmente enganchados y que no podía dudar de las intenciones de Craig, que bastaba mirarlos, no le hice caso.
—Típico de ti —rezongó ella.
Camille era de voluntad férrea y cuando algo se le metía en la cabeza nada impedía que llegara hasta donde se lo propusiera.
—Puse gente, infiltrados, tengo conocidos, ¿sabes?
Y se le debe mucho dinero a Craig, dinero que a todas luces salió de Streoss Services , de manera que el desfalco parecía ser por parte nuestra.
Papá hizo sus propias averiguaciones, claro que no encontró nada.
Se supieron cubrir muy bien las espaldas, son expertos, y Kasha Craig es un cerebrito ambulante sin duda.
—¿Papá sabe?
—No sobre el chantaje que ese canalla te hizo —aclaró logrando con ello que pasara saliva, avergonzada—. Vi el acuerdo, Samantha.
La joven palideció, en respuesta su hermano alzó su barbilla con una mano y sonrió admirado, aunque triste.
—No sé si sentirme orgulloso o asustado.
—Si les decía algo, papá podría haber terminado en prisión. Tú mismo dices que está muy bien hecho.
—Lo sé, bastante —aceptó afligido, acariciando su mejilla con ternura—. Los Craig no se quedarán ni con una pizca de la empresa de mi padre, como era su plan.
Samantha arrugó la frente.
—¿Crees que Kylian estaba implicado en esto?
—Claro, lo planeó con su hermana.
La joven se alejó negando, de alguna manera sabía que eso no era así.
—¿Estás seguro? ¿Eso te dijeron?
—No, pero es lo obvio.
Sam frunció el ceño.
—No, no quiero escuchar más sobre lo «obvio» sino sobre la verdad. Y Kylian no sabía que su hermana planeó ese robo.
Camille se irguió desconcertado.
—Eso no lo sabes. El tipo te usó.
Eso dolió, aun así, Samantha negó decidida desde la cama.
—Él estaba intentando cubrir el fraude que supuestamente hizo mi padre, eso lo sabía Kasha, sabía que Kylian buscaría solucionarlo.
Camille arqueó una ceja, aturdido. Aquello era más complejo de lo que pensó y se sentó de nuevo, paciente.
—Dime todo lo que sabes.
Sam se lo contó sin perder detalle la conversación de su cuñada. Él soltó un suspiro, rascándose la barba que no dejaba pasar el centímetro de largo.
—¿Dices que el… que Craig estaba «cubriendo» el fraude de mi padre? —entrecomilló escéptico.
—Sí, iba a perder mucho por eso, lo sé, pero me lo prometió. Solo cumplía su parte.
—Vaya —resopló Camille, pensativo. La situación era más que fríos números y pruebas, comprendió tenso.
—¿Qué harás, Cam? —preguntó ella, agobiada. El hombre la evaluó, de algo se perdía.
—Su hermana debe enfrentar esto, Samantha, él también. Lo que hizo no es lo correcto. Fue vil, sucio.
Las palabras de su hermano estaban llenas de razón, pero no quería, por alguna razón, que se inmiscuyera más, aunque no podía evitarlo por completo, estaban hablando del padre de ambos.
—¿Se lo dirás a papá? —quiso saber apretando las manos.
—No por ahora, me preocupa su corazón. Pero tu ilustre maridito ya lo sabe. Yo mismo se lo dije. Le exigí terminar esta farsa y resolver lo de su hermana de una buena vez. La quiero en prisión y a él, muy lejos de ti. Luego veré la parte comercial. Lo primero son tú y papá.
Samantha sintió que el estómago se le iba hasta los pies. Pestañeó varias veces, incrédula.
—¿Cuándo? —preguntó con torpeza, sintiendo unas leves náuseas.
Camille bajó la mirada y se rascó el cuello.
—Hace unas horas…
Su hermana esquivó sus ojos, mismos que se anegaron en el acto.
¿Qué estaba pasando ahí?
—Cam —lo nombró colocando una mano sobre su fuerte pierna flexionada—. Deja que nosotros resolvamos esto, ¿sí?
—¿Qué? Sam, te chantajeó —gruñó furioso, pero conteniéndose por ella, indignado—. Escucha, si hay algo más, dime, lo solucionaremos. No estás en sus jodidas manos, ni de nadie jamás. Eres malditamente libre —rugió decidido.
La joven entendía su reacción y lo amaba más por ello, esa era la lógica, es más, era la que ella misma debía tener, pero no podía.
De alguna manera sabía que Kylian había recibido en cuestión de horas las dos peores noticias y que, si no sospechó de Kasha, era porque confiaba en su hermana, tal como Sam confiaba en Camille.
—Sí hubo chantaje, pero también otras cosas, cosas que son nuestras y necesito que te apartes un poco, que le des tiempo. Que nos des tiempo. No le pasará nada a papá, ya todo está claro. Déjalo actuar, hará lo correcto.
El hombre la observó como si le hubiesen salido tres cabezas. No podía juzgarlo, quizá era así. Pero estaba segura de que Kylian haría lo que debía esta vez, incluso si se trataba de su propia hermana, situación que volvía a golpearlo. Su marido no se levantaría tan fácilmente esta ocasión.
En Grecia le contó sobre su niñez, también descubrió entre charlas lo duro que fue su adolescencia y juventud, su marido no era un hombre sin sentimientos, era un hombre que necesitó esconderlos, esconderse para poder avanzar en un mundo que no le brindaba la menor posibilidad y que conquistó siendo muy joven.
Tenía mucho dolor dirigido a él, eso no cambiaba, pero no quería que nadie más lo odiara, sentía una necesidad absurda de protegerlo, aunque sabía que no lo necesitaba.
No durmió durante la noche, le habló a Maxime pasada las siete de la tarde y desde ese momento se encerró en su despacho. Ella llegó con la información que le pidió. La mujer estaba azorada por lo que estaba pasando. Kasha Craig era una mujer sofisticada, dulce y… brutalmente inteligente.
—Joder, lo planearon desde el inicio —murmuró la mujer, atónita, revisando más y más documentos.
Kylian lucía agotado, en realidad demacrado.
Jamás lo había visto así, aunque parecía decidido y también indignado, incrédulo en cierta proporción.
Ella misma aún no lo podía creer. Gina no estaba, así que él mismo le preparó el café y le dijo que era libre de asaltar la nevera, razón por lo que tenía a su lado un enorme pedazo de tarta.
Al parecer su esposa no estaba en casa, pero ya ni quiso preguntar.
—¿Aún mantienes ese contacto que se pasa las medidas de seguridad de cualquier software por las pelotas?
—¿Guth? —cuestionó agobiada.
El hombre se encogió de hombros. Estoico, calculador, la observó con los dedos entrelazados.
—Tú dime, ¿es él?
Maxime lo estudió antes de responder:
—Es un hacker , Kylian, uno peligroso.
—Dile que quiero verlo.
—Pero no es gente con la que te quieras meter.
—Lo conoces tú, ¿acaso eres una mafiosa o algo así y no me lo has dicho? —la desafió.
—Estudiamos en el mismo high school , ya lo sabes. Por eso te digo que es delicado.
—Y es impecable, según dijiste.
—Lo es —confirmó.
—Ponme en contacto. Kasha y Joe Kadik pisaron fondo y quiero tener la información completa de esta locura en mis manos.
Maxime se pasó la lengua por los labios, agobiada, tensa.
Guth jamás le diría que no a nada que ella le propusiera, cobraría una buena pasta, pero aceptaría, solo no lo quería cerca de esta vida que ahora tenía, que tanto trabajo le había costado conseguir y que aunque la sentía un poco plana, la prefería a la de aquel entonces.
—Bien, lo haré, pero será la última vez que me pides eso, ¿estamos? —ordenó señalándolo con un dedo.
Kylian aceptó satisfecho, aunque con ese dolor intenso en el pecho, el mismo que se estaba obligando a dejar de lado porque necesitaba estar enfocado, que nada lo distrajera de lo importante. Se lo debía a su pelirroja y no se detendría.
Algo olía tremendamente mal además del propio maldito fraude y no se tentaría el corazón para nada, por mucho que eso implicara hundir a su hermana. Sin embargo, cada paso debía darlo con delicada precisión, había demasiado en juego y los árabes no podían saberlo aún.
Observó a Maxime teclear con su típica serenidad.
Era pausada, lista y decidida, además de hermosa, pero abrumadora.
No conocía mucho de su pasado, ese del que buscaba no hablar cuando era adolescente, pero sabía bien que encerraba cosas que buscaba olvidar y no sería él quien las desenterraría, pero si era sincero, sí esperaba que algún día encontrase a una persona que no se amedrentara y que supiera hacerla feliz, lo merecía…
Enseguida esos ojos índigo, esa melena rojiza, atravesaron sus pensamientos y respiró hondo, doliéndole en el acto los pulmones. Sabía lo que debía hacer, eso le generó un sudor helado.
—Prepara también el divorcio —solicitó cuando la mujer dejaba el celular sobre sus piernas.