CAPÍTULO 50
Kylian suspiró; añoraba esa sensación de sosiego que le brindaba Samantha cuando simplemente se dejaba llevar.
Apoyó la frente en la de ella, con los ojos cerrados. Era extraño, pero en ese punto ya no sabía cómo actuar y era consciente de que si abría la boca las cosas podían tornarse explosivas, quizá hasta dolorosas para alguno de los dos.
No, prefería sentir su aliento cálido sobre sus labios, su cintura bajo su palma, la respiración pausada. Acercó de nuevo su boca y la probó, tomándose su tiempo, despacio.
—Hay que parar —pidió de pronto la pelirroja, en susurros, entre roce y roce.
Kylian contuvo la respiración, pero obedeció. No tenía idea de qué suelo pisaba y, desde adolescente, que eso no le ocurría.
Agradable no era, menos para alguien fanático del control en cualquier sentido.
Su erección ya era dolorosa, no necesitaba a una mujer, necesitaba a su mujer, pero, de alguna manera, sabía que a partir de ese punto las cosas debían ser guiadas a los pasos de ella o ese matrimonio se iría a pique en segundos.
Samantha era indómita, rebelde e inquieta, si la presionaba más de la cuenta, ocurrían cosas como las últimas horas y ya estaba agotado, además de harto; esa maldita molestia en el pecho no le daba tregua.
Para ese punto comenzaba a asumir que no serían los de semanas atrás, de alguna manera para Sam, él le había fallado y quizá era verdad, solo que no se permitiría darle más entrada a esos pensamientos que, seguramente, lo arrastrarían hasta un punto en el que comprendería que se falló a sí mismo en realidad.
Se separó asintiendo, ella lucía seria, esquiva. El momento se había ido.
—Quisiera conocer los alrededores…
—¿No prefieres descansar? Podríamos comer algo más tarde, o ahora si lo deseas —sugirió estudiándola. Estaba completamente perdido, no conseguía saber qué ocurriría a continuación.
Samantha se acercó a la ventana, las cortinas se movían por el aire marítimo, el clima era cálido. Ella aspiró con fuerza y salió al balcón.
—No, quiero ir ahí —anunció señalando la playa—. Me pondré algo más cómodo e iré ahí… Sola —determinó volteándose. Sabía bien que él estaba a sus espaldas.
Pasó saliva, llevaba una polo blanca, el cabello libre y vaqueros oscuros, calzado casual.
Tenía los brazos cruzados, al igual que los tobillos, estaba recargado en el marco.
Su corazón se agitó, aunque eso ya no era novedad.
Se acomodó un mechón suelto y aguardó. Kylian solo la observaba—. ¿Te molesta?
—No, si es lo que quieres está bien. Solo no te alejes mucho, cuando desees conocer más allá, dime y te acompaño.
Su tono pausado, tan masculino, erizó su piel, se obligó a ocultar lo que su esposo provocaba en ella. Asintió.
—Sé cuidarme, solo quiero tiempo fuera —confesó sin vergüenza.
Kylian sonrió de forma suave, luego se acercó, ella se apartó, pero él perdió su atención en el paisaje.
—Ahí, es menos profundo el mar —comenzó, Sam se giró enseguida, acomodándose a su lado, desconcertada.
Kylian parecía no tener intenciones de discutir y eso lo agradecía, ella tampoco, al contrario, parecía cansado.
Siguió con la mirada lo que indicaba su mano con esos dedos alargados, de uñas inmaculadas.
—¿No es muy fuerte la marea? —curioseó.
—No tanto, aquí hace bahía y eso detiene el flujo del mar abierto. Del otro lado de ese cerro, sí es más fuerte. Las olas grandes.
—No pensaba cruzarlo por ahora.
—Por ahora… —repitió volteando, Sam interceptó su mirada grisácea—. Pero sé que lo harás, prefiero informarte de los riesgos —susurró atento a sus pecas, su nariz, sus labios.
—¿Ese camino? —preguntó ella de pronto, cambiando de tema, señalando una vereda que se veía entre los árboles.
—Te lleva al pueblo, aunque hay carretera por el otro lado. Son unos treinta minutos caminando.
—Bien, quizá después vaya.
—Necesitarás traductor —le hizo ver, ligero. Sam sonrió sacudiendo la cabeza, sin verlo.
—¿Te estás ofreciendo?
Kylian se encogió de hombros.
—¿Quieres que me ofrezca?
La joven suspiró, perdida en lo que sus ojos conseguían captar, absorbiendo todo.
—Ahora mismo solo necesito estar sola —determinó entrando a la habitación, esquiva.
Kylian aspiró con fuerza, recargando los codos en la barda blanca.
Era paciente, siempre lo fue, solo que no tenía una estrategia en ese momento y quizá el tiempo fuera que su esposa pedía, le ayudaría a idearla, porque estar sobre arena movediza era una mierda que no pensaba vivir de nuevo.
Samantha se puso un bikini color turquesa y un short vaquero encima, tomó una gorra de los Giants , un equipo de fútbol americano de NY y se la colocó sobre la cabeza. Su padre le iba a los Jets, así que en casa, era dividido el apoyo y un lío con los partidos.
Cuando salió del vestidor, después de haber abierto ella misma el equipaje, Kylian ya no estaba. Suspiró tensa, pero decidida a no pensarlo tanto.
Bajó deprisa, no se topó con nadie, así que salió por la piscina y siguió el camino de madera, alegre.
El sitio era paradisiaco, quería ir a conocerlo de primera mano. Anduvo por la playa un buen rato, luego se zambulló en el mar, era frío pero agradable, cuando salió se sentó sobre la arena, perdiéndose en el retumbar de las horas.
Su estómago rugía, tenía sueño sin duda, pero su mente iba a mil sin conseguir detenerla.
—Si no usas esto, no salgas, pelirroja. Por la noche serás un tomate —escuchó tras ella.
Kylian iba vestido con unas bermudas, descalzo y una camiseta blanca de Queens , y una gorra al revés.
Así lucía ridículamente accesible y joven, pero no debía confundirse, tras esa facha había un pulpo con muchos tentáculos.
Llevaba un bote en la mano, protector solar, notó.
Se puso de pie y lo tomó, enseguida la mirada de Kylian la sonrojó.
—Gracias, ahora me lo pongo. Lo olvidé.
El hombre pasó saliva, asintiendo, desviando la mirada de ese cuerpo. Metió las manos en el bolsillo de la bermuda y sujetó su erección, que gracias a la camiseta no se podía ver.
Mierda.
—Es mejor que no lo hagas, aquí no es Boston —dijo dándose la vuelta, sudoroso y no por el clima.
—Kylian —lo nombró. Se detuvo conteniendo el aliento. Qué no le pidiera ayuda por el amor de Dios.
—No puedo ponerme en la espalda —escuchó y cerró los ojos.
¡Carajo! Diablo de mujer.
Se giró tranquilo y extendió la mano. Ella se lo tendió, nerviosa. No había seducción en esa petición y eso lo puso peor. Las mejillas de Sam estaban encendidas, entre el sol y la vergüenza, lo cierto es que se veía preciosa así, sexi y mujer, malditamente mujer.
Vertió un poco en su mano y comenzó a esparcirlo por la espalda pecosa y cremosa mientras ella hacía a un lado el cabello, mirando al frente.
—Creo que ya te quemaste un poco, pelirroja.
Ella lo miró de reojo.
—Espero que no tanto, porque no soy buena para el sol. No sé por qué carajos se me olvidó salir sin ponerme eso. Gracias.
La había visto chapotear a lo lejos en el mar cuando se encontraba en la cocina, con Dalia, bebiendo un zumo de cítricos que ella sabía preparar como nadie, entonces la melena rojiza captó su atención, dejó el vaso sobre la encimera sin perder detalle de sus movimientos juguetones.
No la distinguía con claridad gracias a la distancia, pero parecía divertirse, sin duda.
—Es muy bonita y sencilla —dijo la mujer, a su lado, secando unos trastes.
—E indómita —completó él, bebiendo de nuevo. Dalia sonrió negando.
—¿Pretendes quitarle eso? —cuestionó intrigada. No podía creer lo rápido de su matrimonio, menos de él, que siempre había sido un hombre con temor a contactar con las emociones, calculador, frío.
—No, si lo intento, dejará de ser ella.
—Como dejaste de ser tú, ¿no? —habló con suavidad, concentrada en su labor. Kylian volteó arqueando una ceja—. ¿Se habrá puesto protector solar? —cambió de tema de repente.
Kylian cambió de expresión, desconcertado.
—No tengo idea, no es una niña —refunfuñó pretendiendo salir de ahí. Que Samantha lo pasara bien con su tiempo fuera, él no lograba pensar en qué hacer y hasta no saberlo, era mejor alejarse.
—Se achicharrará con ese tono de piel, linda noche de bodas tendrán.
El hombre se detuvo en la puerta.
—Estás muy listilla hoy.
—Estoy observando, nada más. Y por el amor de Dios, ve a verificar eso que no podré concentrarme, es blanca como la leche.
—¿Por qué no vas tú? —masculló con el zumo en la mano, molesto.
—Porque no soy quien desea estar allá, en vez de aquí escondiéndose en la cocina.
—No me escondo —replicó como cuando más joven.
La mujer se acercó, le quitó el vaso y colocó los brazos en jarras.
—Ve ahora mismo a confirmar lo que te digo. Es tu mujer, tu lugar es allá, anda —regañó seria. Kylian entornó los ojos.
—No me das órdenes.
—Ni de comer, si no vas. Fuera de mi cocina. Luego te mando una jarra de tu jugo. Adiós —gruñó sacándolo a empujones y luego cerró la puerta.
Kylian se rascó la cabeza. Ella y Petros eran una autoridad moral para él, quizá la única pues fueron quienes, mientras él luchaba por sacar todo adelante, lo cuidaron con paternalismo.
Bufó y fue arriba. Se quedó observándola un rato más por el balcón, luego tomó el protector. Solo se lo daría y ya. Regresaría a la casa, se encerraría en el despacho y no saldría hasta la noche. Debía planear lo siguiente.
Pero no, como ya sabía bien, cuando planeaba con ella todo se iba al drenaje. Así que le untó con cuidado la crema.
—Vi un embarcadero del otro lado.
—Sí, tengo un par de yates ahí.
—Y motos acuáticas… —murmuró mostrando su entusiasmo.
Kylian sonrió sin remedio.
—¿Quieres subirte? —preguntó conociendo la respuesta.
—Sí, vamos —propuso ella, girándose de repente, consiguiendo con eso que su mano terminara sobre su seno. Ambos se quedaron estáticos, aunque enseguida reaccionó Kylian y la quitó, tenso, como si nunca lo hubiese acunado, saboreado, mordisqueado, atento a la respuesta de la joven.
¡No era malditamente posible sentirse un crío cuando de ella se trataba! Entonces Samantha sonrió de forma genuina, esperó el siguiente movimiento. Una bofetada era lo más probable.
—Lo siento.
—Después ¿podemos ir al pueblo? —propuso quitándole importancia a lo anterior, aunque su pezón erecto mostraba lo que ese roce le provocó.
Kylian quiso sacudir la cabeza, cargarla como un costal sobre sus hombros y dejarla caer en el mar de una, para que dejara de jugar con su maldita cordura. Pero no, jamás haría algo así, lo que desataría después sería digno de una batalla que ni Tolkien conseguiría narrar de manera correcta.
—Iré a dar la orden de que las saquen —respondió dócil.
Sí, en eso quizá terminara convirtiéndose, comprendió agobiado.
—Bien, te acompaño, tengo sed —dijo su esposa, sonriendo, pasando a su lado, rumbo a la casa, envuelta en su ingenuidad y frescura habitual. Se pasó una mano por el rostro.
Caminaron en silencio, él unos pasos atrás de ella, y casi al llegar casi chocan pues se volteó, chispeante, achicando los ojos por el sol.
—Gracias por preocuparte, no vuelvo a olvidarlo —murmuró agradecida, observándolo.
—Puedo ayudarte cuando quieras, pelirroja —se ofreció con sinceridad.
El rubor fue perfecto, sus ojos índigo, bajo la sombra de su gorra, se mostraron expectantes y se encontró deseando pasar un dedo por sus mejillas.
—Gracias, Kylian —repitió dándose la vuelta para subir por el camino de madera.
Sus dedos cosquillearon y decidió, en ese momento, que a la mierda los planes, solo quería que lo mirara de nuevo de esa manera.