CAPÍTULO 49
Durante el vuelo no se dirigieron la palabra. La tripulación les dio la bienvenida. Samantha tenía sueño, un nudo en la garganta y ganas de gritar. Era consciente de que las rabietas durante la noche de bodas la habían hecho ver más como una niña que una mujer.
No era sencillo asimilar todo eso y no se arrepentía. De alguna manera debía sacar la furia e impotencia, pero no era sostenible, ni la forma en la que quería vivir, y viviría, a su lado. No había más.
Kylian Craig era su marido, las razones eran loables y pesaban, pero en algún punto del camino se enamoró de ese maldito hombre y esa boda cobró otro significado. Era ingenua, lo llevaba claro, sin embargo, ya no albergaba esperanzas.
Durante el corto noviazgo se dejó llevar y es que fue imposible no hacerlo, partiendo de que le gustó desde la primera vez que lo vio, lo que fue descubriendo de él la dejaba sin aliento.
Su personalidad la atrajo sin remedio: inquieto, divertido, sagaz, juguetón y poco convencional, le seguía el paso, estaba siempre listo para descubrir y vivir el momento. Era un potente imán para ella.
¿Por qué simplemente no se dejaba fluir? ¿Qué lo detenía? Pensó perdida en el exterior, lejos de él, con la cabeza recargada en el asiento.
Kylian trabajaba, desde que salieron del apartamento que ahora debía llamar casa, se enfrascó en llamadas. Luego, en la aeronave, se colocó frente a una mesa y se perdió en ello.
La sobrecargo se acercaba a ella cada tanto para preguntarle si necesitaba algo, declinaba y volvía a perderse en sus pensamientos, que eran densos y pesados.
Necesitaba claridad, las últimas semanas habían sido imposible siquiera detenerse a ello y la esperanza de que Kylian se abriera, demostrando que también experimentaba lo mismo, desapareció.
Quizá solo eran sus ideas, comenzó a pensar, quizá la necesidad estúpida de que le correspondiera para no sentirse una tonta en medio de ese intercambio comercial en el que decidió entrar acorralada.
Pero como una vez le dijo: lo decidió, como sea lo hizo. Esa era su realidad y vivirla en el drama, a jalones, peleas, berrinches, sería absurdo, sin embargo, en ese momento no sabía qué hacer, cómo enfrentar lo que se le venía encima.
Tomó su iPad , desanimada y comenzó a trabajar.
Seguía con sus cuentas, BranLand le había pasado un par más.
Al regresar retomaría las clases vespertinas de fútbol, el box por la mañana.
Solo debía aguantar ese mes y luego retomaría su vida, no como pensó que sería: lejos de ahí, conociendo gente nueva y disfrutando de cada logro, sino en Boston, con su familia, amigos y rodeada de lo que también le gustaba hacer.
No quería ser una mimada, tenía más de lo que merecía, más que tantas personas y lo agradecería. Después de todo, que Kylian no sintiera lo mismo, no significaba que no pudiera sostener una relación cordial, quizá hasta sexual, donde ambos estuviesen satisfechos.
Cerró los ojos; qué frívolo se escuchaba eso. Comprendió. Pero debía ser práctica y menos visceral, porque aunque su sueño era tener un matrimonio lleno de amor como el de sus padres, no sería su caso y era importante aceptarlo.
Se enfocaría en lo que la hacía feliz, tenía varias cosas que eso conseguían, solo era cuestión de que esa nube oscura que se cernía sobre su cabeza, empezara a ser invisible para ella, porque no se iría nunca. Eso era lo que Kylian había conseguido: una tormenta en su pecho.
Once horas de vuelo a Atenas estuvieron sepultadas en el silencio. Aún faltaba viaje, ahí tomarían un helicóptero a Agistri, una isla cercana a Egina, parte del conjunto de islas Sarónicas.
Sam se mantuvo silenciosa, abstraída por los paisajes que regalaba el anochecer de aquel país.
Ya eran poco más de las seis de la mañana cuando aterrizaron en un jardín enorme.
Había una casa de fachada blanca, con dos plantas, balcones, piscina, árboles, el sol asomaba por el horizonte sobre el golfo Sarónico, el cielo estaba despejado, el aire era fresco, limpio y llevaba consigo cierta brisa marina
Aspiró con fuerza aferrada a su bolso de viaje. No, no podía quejarse, sería patética. Debía aprender a enfrentar con orgullo e inteligencia, ese era el reto. Sonrió un poco después de horas sin hacerlo.
Aquello parecía salido de un sueño, el mar rugía a varios metros de la casa, había un camino de madera para llegar ahí. Ansiaba zambullirse en aguas cálidas, perderse en ese sitio alejado pues no veía casas cercanas, nada en realidad. Era un paraíso, sin duda.
—¿Viviste aquí? —quiso saber rompiendo el mutismo tan prolongado. Kylian estaba frente a ella, no había notado que tenía los ojos fijos en su cara. Pasó saliva.
—No, en Atenas, pero aquí pasábamos los fines de semana y vacaciones.
Sam asintió olvidándose de él, nuevamente, como todo el jodido viaje.
Kylian repasó sus rasgos desprovistos de maquillaje y cualquier artilugio, pues sus pecas se mostraban preciosas sobre su rostro, tan solo llevaba eso que se ponía en las cejas para que se notaran, un poco de rímel, pues eran tan claros sus vellos que usaba aquello, pero la había visto en varias ocasiones sin nada encima y le gustaba igual o más que cuando se ponía eso.
Su belleza no era estereotipada, era tan suya y peculiar como su personalidad.
Sí, le gustaba, eso era un hecho y muchísimo, pero no conseguía bajar las defensas, no quería permitírselo.
Samantha barrería con todo y lo llevaba claro, ella era un riesgo que quizá ya era absurdo evadir, pues era inminente, pero no se sentía preparado para enfrentarlo.
No recordaba la última vez que tuvo miedo, quizá cuando vio a su padre devastado por la enfermedad de su madre.
O cuando notó que se olvidaba del mundo para llorar por ella, dejándolos a la deriva.
O cuando notó que debía hacer algo por la familia pues la debilidad de Káran los hundiría, junto con su futuro.
Pero después decidido, jamás temió, y tampoco volvió a hacer contacto con las emociones, no se lo permitió.
Era consciente de lo que dejarse atrapar por ellas generaba, lo que mermaba, jodía.
Él simplemente eligió en aquel entonces y no había muchas opciones: o permitía que todo se fuera al demonio, morir de hambre, lamentarse y rogar ayuda, o tomaba el toro por los cuernos con firmeza, frialdad e ir tras cada objetivo autoimpuesto para sacar adelante a sí mismo y a su familia.
Lo consiguió, vaya que sí, a un grado que nunca imaginó, pero ahora comenzaba a sentir que el costo había sido muy alto.
Lo cierto es que… No sabía cómo dar reversa a todo eso sin sentir que perdería lo ganado en el camino, que quedaría expuesto y vulnerable y que, si perdía, no sabría cómo levantarse, tal como a su padre le ocurrió.
Bajaron del helicóptero, una comitiva del personal los esperaba. Kylian saludó a un hombre y una mujer de mediana edad, cuando se acercaron, sonriendo.
—Petros y Dalia, les presento a Samantha Craig, mi esposa —dijo acercándola por la cintura. La joven sonrió educada, tendiéndoles la mano.
—Bienvenida a Villa Calista —habló la mujer, de aspecto serio y formal, pero con mirada agradable, enfundada en un sencillo vestido de algodón, con el cabello oscuro trenzado.
—Gracias.
—Estamos para servirle —completó Petros, un hombre alto, de expresión menos acartonada.
—Ellos son los encargados de la villa, lo que necesites puedes pedírselos —explicó Kylian, acariciando con su pulgar la parte baja de su angosta espalda. Sam pasó saliva asintiendo, poniendo un poco de distancia.
—Estaremos encantados de atenderla, señora —aseguró Petros, ambos no dejaban de observarla con marcada curiosidad.
—Espero no darles molestias, gracias.
Samantha se sentía extraña, aturdida, volteó a sus espaldas cuando avanzaban y vio cómo Lautaro abrazaba a Petros con familiaridad, mientras Dalia iba al lado de Kylian, comentándole algo en griego.
—Cuando esté Samantha, prefiero solo inglés —interrumpió su ahora marido, tomándola por sorpresa. Ella volteó desconcertada, pero él seguía hablando con la mujer. Esta sonrió culpable.
—Dios, lo siento, señora. No quería incomodarla —se disculpó.
—No, no, pierde cuidado, quizá después podrías enseñarme un poco de tu idioma —sugirió con su frescura habitual.
Kylian no tuvo más remedio que contemplarla.
Su mujer se hacía a un lado un mechón cobrizo que había escapado de su moño suelto.
Era hermosa, pensó preso de su esencia. Tomó su bolso del tirante, se lo quitó del hombro y se lo colgó, luego enredó sus dedos entre los suyos con firmeza, una que no daba lugar a quejas.
Las pulsaciones de Sam se dispararon, pero se obligó a calmarse, debía aprender a manejar eso y a no interpretar nada de sus actitudes.
—Este lugar es hermoso —susurró absorta en el espléndido jardín.
—Es la parte trasera, espero que el resto te guste también —habló él en su oído. Ella pasó saliva asintiendo, sin mirarlo.
El interior era deliciosamente fresco. Muebles claros, pisos de barro, ventanas abiertas de par en par, las cortinas de gasa blanca ondeaban gracias al aire que circulaba. No había majestuosidad, solo sencillez, aunque se notaba el buen gusto.
Madera oscura, adornos justos, coloridos. Sí, ese lugar podría ser uno de sus favoritos, decidió.
Le mostraron la planta baja, primero. Él nunca la soltó, ajustado a su ritmo mientras permitía a Dalia explayarse y a Sam preguntar.
Dos terrazas, dos salas, una grande llena de plantas, con ventanas al exterior que estaban cubiertas por enredaderas, un piano, piso de cantera.
Era frescura en su máxima expresión. La otra era abierta, daba al mar y la piscina rectangular, que tenía a su alrededor tumbonas y toldos.
El deseo de correr a meterse la estaba atrayendo, pero se obligó a concentrarse.
La cocina era espaciosa, pan, cuencos de fruta que parecía lista para ser ingerida, tomó unas uvas cuando pasaban.
Kylian sonrió, su forma de ser le gustaba tanto, pero no habló.
Se sentía simplemente a gusto en ese momento, había paz entre ambos y su pelirroja no parecía bullir por dentro, la percibía serena y eso, en respuesta, lo tranquilizaba también.
Un comedor que daba al mar, justo a un lado de la cocina, redondo, para ocho personas. Otro para diez, pero más fresco y sobrio, aunque eso era un decir pues la decoración y espacios se percibían sencillos, naturales.
La planta alta no difería. Contaba con cinco habitaciones espaciosas y frescas, decoradas de manera modesta, aunque hermosa. Acolchados blancos, vigas de madera en el techo de madera oscura, al igual que los muebles, velas enormes, flores, espejos.
—Pasa —pidió Kylian, con suavidad, abriendo una de las puertas.
—Los dejo, si necesitan cualquier cosa me lo hacen saber, yiós * hijo .
—Sí, Dalia, gracias.
Sam le sonrió tensa pues estaría de nuevo a solas con él.
Entró a aquella habitación, tenía un balcón enorme, el mar azul era como un cuadro ahí.
Hermoso. La cama estaba frente a esa preciosa vista, de lado derecho una salita de sillones claros, con una mesa al centro, un televisor, velas en una esquina, un armario con puerta a un lado de una de las mesillas de noche, notó haciendo su propio recorrido, que terminaba en un baño hermoso y sencillo, pero grande.
Salió y Kylian ya había dejado su bolso sobre el sofá.
Se miraron durante un minuto entero, en silencio. Entonces, tan solo presa del impulso, él comenzó a andar, despacio, hasta ella. Sabía que en cualquier momento podría comenzar la guerra que quedó suspendida en Boston, pero rogaba que, por lo menos unos minutos más, esa paz entre ellos continuara.
Se detuvo cuando la tuvo enfrente, ella con la cabeza alzada para verlo.
Con movimientos cautelosos, levantó una mano. Sujetó con suavidad su barbilla, perdiéndose en sus ojos índigo.
—¿Vas… vas a besarme? —preguntó ella, bajito. Kylian contempló entonces su boca, sintiendo un burbujeo extraño y agradable en su estómago.
—¿Puedo? —quiso saber, con voz ronca, contenido, listo para el rechazo.
La mujer cerró los ojos cuando él comenzó a delinear con el pulgar su labio inferior y el resto de su mano rodeaba su cuello. Entonces soltó un suspiro y asintió.
Kylian sintió cómo su pecho saltaba de forma abrupta. Sabía lo que era ganar, pero en ese momento comprendió que jamás de esa forma. Sus dedos cosquillearon, su boca se sensibilizaba.
Descendió despacio y posó sus labios sobre los suyos, tersos. Ambos soltaron el aliento. Rodeó su cintura con la mano libre, despacio, acercándola. Sam colocó sus puños laxos entre ambos, perdiéndose en el dulce roce, ese que parecía su marido no tener intenciones de profundizar.