Al límite del desastre (Hermanos Streoss 1) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Comieron en medio de risas, juegos, sin hablar de nada importante, solo disfrutando el momento. Terminó Sam recostada sobre uno de los muslos de Kylian, ambos con la atención puesta en el mar.

—¿Dónde vive tu padre? —preguntó de pronto, sin verlo. El hombre la enfocó, sereno.

—Grecia —respondió. Ella alzó las cejas, incorporándose, mirándolo con fijeza y ladeó la cabeza.

—En… en ese acuerdo… Decía que ahí sería la luna de miel —recordó sintiendo cómo eso que había logrado mandar lejos ese par de días, retornaba, porque la realidad es que todo eso que estaba ocurriendo era una pantomima, parte de un plan y no debía olvidarlo.

Él la estaba acorralando, chantajeando, no era en definitiva ese hombre que le habría gustado que fuera, ese que se mostraba.

Kylian flexionó las rodillas, descansó los codos sobre ellas, en pose desgarbada, mirándola.

—Sí, ahí será, pero no en el mismo sitio en el que vive mi padre.

—Oh, no suegros en el radar. No sabes el alivio que siento —replicó abanicando las pestañas, llevándose una mano al pecho, con sarcasmo.

—¿Irás por esos rumbos? —la cuestionó serio. La pelirroja se encogió de hombros, quitándole importancia, para perder de nuevo la atención en el oleaje.

—Son los rumbos que tú elegiste, cada cosa tiene ese motivo. Así que supongo que, aunque no quiera, todo va hacia allá —replicó poniéndose de pie.

Él la observó, impávido, ocultando ese algo incómodo que surgió, buscando esconderlo. Entonces ella cerró los ojos y sonrió aspirando con fuerza la salinidad marítima.

—El último se lleva la cesta —lo desafió y salió corriendo hacia el agua.

Kylian no lograba adaptarse a esos cambios abruptos, pero aceptó el reto y corrió enseguida. Cuando Sam iba a llegar la tomó por la cintura y la alzó tocando él primero el agua con sus piernas, mientras ella gritaba envuelta en carcajadas que burbujearon en su cabeza.

—La llevas tú —avisó el hombre un tanto desconcertado, otro tanto divertido, mientras la hacía girar a su costado, consiguiendo con eso que gritara aún más fuerte, pero no por estar asustada, sino entregada a la situación.

—Ya, bájame, ganaste aunque no me asombra, eres tramposo —dijo sofocada, pero alegre. Kylian la dejó sobre el oleaje. Ambos mojándose los pantalones, el calzado.

—Nunca hago trampa, aprovecho lo que tengo a la mano para salirme con la mía —le aclaró serio. Ella entornó los ojos, asintiendo, porque en definitiva estaba de acuerdo con aquellas palabras. Entonces se agachó y sin que él lo viera venir lo salpicó.

—Yo también —respondió Sam, riendo, pues ya se limpiaba el rostro empapado, lo hizo de nuevo sin poder contenerse. Kylian se sacudió el agua y la observó con malicia.

—Corre porque no quedará nada seco de ti si te alcanzo —le advirtió, en respuesta volvió a mojarlo y enseguida echó a correr. Había crecido entre hombres, no temía a las represalias.

Darle alcance no fue sencillo, era escurridiza, ágil y con muy buena condición física. Le hacía fintas, se burlaba y luego se alejaba gritando mientras abría los brazos, entre danzando y corriendo, provocándolo, burlándose.

Kylian rio como hacía años no lo hacía. Entonces Sam, sin que lo viera venir se acercó a él corriendo y sin importarle nada se abalanzó contra su cuerpo. Trastabillaron, enseguida perdieron el equilibrio, cayendo los dos en la arena, en medio de carcajadas cuando el agua les dio alcance.

Ambos abrieron la boca, mojados, más él en realidad. Divertido la rodeó.

—¡No! ¿Qué haces? —gritó ella riendo, jugando, cuando de nuevo otra ola, pero esta vez la hizo girar y terminó igual de mojada que su contrincante—. Mierda, está helada —expresó aferrada a su cuerpo.

De repente fue consciente de su mirada férrea, casi salvaje, repasando sus rasgos.

Respiró agitada, enredó las manos en su cuello, perdiendo la atención en su boca varonil y sin meditarlo lo besó ahí, en la arena, mientras el agua iba y venía.

Kylian respondió sin limitarse, deleitado, succionando su labio inferior, luego el superior, adorando los sonidos de placer que escapaban de su delicada garganta.

Estuvieron ahí sumergidos en los roces, en las caricias, jadeos, segundos, minutos, tal vez una hora.

Sus labios se sentían sensibles, irritados, cuando aquella boca aterrizó en su cuello y solo supo que quería más.

Sujetó su rostro arrebatadoramente masculino entre sus manos, buscando su mirada.

La encontró, tenía las pupilas dilatadas, su cabello claro escurría.

—Vamos a la casa —pidió respirando con rapidez. Kylian sonrió de forma torcida, enredó una mano en su cintura y se incorporó con ella de un movimiento. Sam soltó el aire, sonriendo.

—Debes darte una ducha —replicó acomodando su cabello rojizo, para repasar enseguida su rostro pecoso con cuidado.

—No quiero una ducha —declaró Samantha con los ojos azules fijos en los suyos, grises. Kylian sonrió apenas.

—¿Me puedes decir qué tienes en mente, entonces? —preguntó acercando esa boca a la suya.

—Algo… algo que también implique estar sin ropa —propuso con las mejillas encendidas, pero osada. Él arqueó las cejas y lamió sus labios, ella soltó un jadeo, aferrando sus bíceps, enterrando sus yemas, acalorada, con aquella maldita palpitación en el vientre.

—Podemos una ducha, sin ropa —completó absorto en sus reacciones.

—Podemos —susurró Sam, con ojos dormilones, nublados por el deseo.

—Vamos por los caballos, pelirroja —dijo absolutamente endurecido y es que, aunque sabía en qué podría terminar aquello, le gustó notar que esa mujer no parecía habituada a eso, pero que tampoco pensaba ocultar lo que quería.

Samantha Streoss se estaba convirtiendo en un acertijo a pesar de poder interpretarla a cada paso, pero es que nunca sabía qué ocurriría al momento siguiente y se encontraba alerta a su lado, más despierto que nunca.

Llegaron a la casa y Tomás tomó las riendas, entonces él enredó los dedos en los suyos.

—Estás helada —murmuró besando su mano. Ambos eran un desastre de ropa mojada, cabello adherido, arena.

—Solo debo entrar en calor —replicó sonriendo, sin verlo. Kylian sonrió.

—Eso ahora lo resolvemos.

Llegaron a una majestuosa habitación, como todo ahí. De ventanas enormes, que daba al mar, una cama que podría alojar a una familia, muebles de acabados delicados, casi exquisitos. Sam la observó atenta, su madre estaría orgullosa de aquella decoración.

Kylian la abrazó por la espalda. Ella los rodeó con sus manos, mirándolo de reojo pues descansaba la barbilla en su hombro.

—¿Creciste aquí? —curioseó.

—Aquí nací, luego viví en Grecia un tiempo, regresé en la universidad, pero ya no en esta casa.

—¿Esta era tu habitación? —quiso saber.

—No, ya no queda nada de aquel entonces, se remodeló toda hace diez años.

—¿Puedo preguntarte algo? —susurró. Kylian rio de forma suave, varonil, que erizó su piel.

—¿No es tarde para preguntármelo? —se burló. Sam le sacó la lengua—. Dime.

—¿Tu madre?

Él respiró con fuerza, luego besó su cabellera húmeda, alejándose.

—Murió —respondió encaminándose a una puerta que estaba a un costado.

Samantha lo siguió con la mirada. Lentamente iba sabiendo más de ese hombre, pero aún no lograba comprenderlo y sospechaba que para que eso ocurriera tendría que pasar mucho más tiempo pues sus cuerpos se comunicaban sin problemas, pero no su voz.

Entró y quedó maravillada. Era un baño impresionante, y justo a un costado de una ventana, una tina enorme. Él estaba sentado en la orilla, con la mano bajo el chorro.

—¿Entrarás conmigo? —quiso saber acercándose.

Kylian sonrió extendiendo su otra mano. Estaba resultando bastante fácil acostumbrarse a ella, eso era algo que no tenía contemplado pero que en ese momento no se detuvo a pensar, y parecía que el asunto de «pensar más tarde en ello» comenzaba a salirse de control, aun así, lo hizo.

Sam enredó sus dedos delgados en los suyos, grandes.

—¿Quieres que entre contigo, pelirroja? —indagó atento a sus reacciones. Ella se acercó y pasó una mano por su cabello, fingiendo sopesarlo. Él sonrió.

—¿Quieres entrar conmigo a la tina, Kylian? —replicó alzando una ceja.

—Solo si es lo que deseas.

—¿Me dirás que jamás harías algo que no quiera? —lo provocó.

—En ese sentido, sí. Jamás —aseguró decidido. Ella ladeó la cabeza y después de un minuto entero, asintió de forma pícara, no sin sonrojarse—. Entonces quizá llevas mucha ropa, ¿no crees? —preguntó con voz ronca.

—¿Qué harás al respecto? —inquirió jugando, porque aunque jamás había entrado en ello, con él lo sentía casi necesario, natural.

Kylian rio echando la cabeza hacia atrás. Lo contempló pasando saliva.

Le gustaba, maldita sea, no solo eso, sino que la hacía arder por dentro y quería ir en contra de ello, porque venga, debía odiarlo, pero cada minuto se hacía más difícil y cada minuto su cuerpo la dominaba más al grado de ansiar sentirlo por toda su piel, dentro de su ser.

El hombre enterró una de sus manos bajo su camiseta, tocando su suave piel. Ella mordió su labio en respuesta, confiada.

—Solo tengo un camino —susurró deleitado y alzó la prenda despacio, Sam levantó los brazos para que saliera sin dificultad.

Entonces quedó en sostén. No llegó la vergüenza, el temor o cualquier vestigio de que debía retroceder.

En cambio, sí las ganas de sentirlo más cerca, sujetó ahora ella los pliegues de su camiseta, la elevó y él hizo lo mismo con sus brazos.

Pronto un pecho amplio, marcado y con vello tan solo en la parte baja quedó frente a sus ojos.

Dudosa acercó una mano, sintiéndose observada, mientras el agua llenaba la tina y pasó un dedo desde su garganta, en medio de sus pectorales, hasta repasar su marcado abdomen y terminar en donde estaba el botón de su vaquero.

Kylian sintió la respiración pesada, colocó las manos en sus hombros, acariciándola con suavidad.

Sam buscó sus ojos, era evidente lo que deseaba. Él sonrió asintiendo, entonces lo desabrochó. Su erección era clara y eso la hizo sentir valiente, poderosa. Bajó el cierre despacio, notando cómo el abdomen de Kylian se contraía por su tacto, ambos agachados de manera que sus cabelleras se tocaban.

El bóxer negro quedó frente a sus ojos, así como la muestra potente de su deseo.

—¿Puedes…? —preguntó pero no terminó cuando él se puso de pie y ella bajó su pantalón despacio, entonces hizo que se sentara de nuevo con su palma sobre su pecho y le sacó la prenda por los pies. Él rio desinhibido, fascinado en realidad. Cuando solo quedó en ropa interior la atrajo por la cintura.

—No estamos en igualdad de circunstancias, pelirroja —ronroneó acariciando su barbilla.

Sam negó con las mejillas caldeadas, pero notoriamente relajada y de todo, eso lo encendía más.

No había pretensión, solo estaba obedeciendo a sus ganas, a su instinto, actuando de acuerdo a ello.

La joven buscó sus labios y, enseguida, él sintió su delicada mano tocarlo por encima de la prenda.

—Es tu turno —dijo sobre su boca, rodeando su anchura. Kylian dejó salir un jadeo ronco.

—Puedes hacer lo que desees —replicó con voz cortada, pues se movía de forma si bien no experimentada, sí provocativa.

Samantha sonrió abiertamente rodeó su cuello y lo besó con voracidad mientras introducía la mano dentro del elástico. Entonces Kylian olvidó cualquier vestigio de razón.