Al límite del desastre (Hermanos Streoss 1) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Tomaron un tramo de carretera, mientras Sam perdía la atención en el exterior.

Ya le había preguntado a dónde se dirigían, pero no le quiso decir, así que decidió perderse en el paraje y la música que puso, pues, tras obligarlo a jugar volado, su lado de la moneda había ganado, así que algo de electrónica sonaba en ese momento.

Con la ventana abierta recargó el rostro en su brazo doblado y cerró los ojos, mientras el aire despeinaba su cabello, sonriendo.

Kylian no pudo evitar observarla, contemplarla en realidad. A ratos extendía una mano para que el aire húmedo y frío de esa época en Boston chocara contra su palma extendida. Sacudió la cabeza más de una vez, sintiendo una paz inexplicable.

Aparecieron algunas casas, era un pequeño condado, pero con propiedades salpicadas en las que árboles las custodiaban.

—¿Tienes una casa aquí? —quiso saber, irguiéndose, con su melena rojiza alborotada. Él negó, apretando su pierna, ella sonrió y lo hizo a un lado—. ¿Entonces?

—Ya verás.

Conocía muchos sitios gracias a su familia, a su curiosidad, pero nunca había ido a ese lado norte de Massachusetts.

Entró por un camino angosto, pavimentado, y aparcó el auto frente a una casa asombrosa.

Bajaron, él le tendió la mano, la tomó con esa familiaridad que se había creado desde el día anterior.

—Es de mi padre —susurró acercándose. Ella le dio un empujón entornando los ojos.

—Pregunté si era tuya.

—Es que no lo es. Vive, no aquí, pero es suya, no mía —replicó bromista, sonriendo.

Sam rodó los ojos.

—Jódete —gruñó divertida porque cada cosa que le iba mostrando le iba gustando más.

Un hombre serio los saludó, iba en traje. Kylian los presentó, era el encargado del lugar.

—Están listos, adelante y cualquier cosa no duden en hacérmelo saber.

—Gracias, Larry. Lautaro viene con los demás, que se acomoden —solo dijo con cortesía, después jaló su mano y la guio rodeando la casa, que era más grande que la suya.

—Mierda, ¿cuánto dinero tienes? ¡Eh! —expresó apantallada, cosa que no solía ocurrirle.

—¿En serio te importa? —preguntó él arqueando una ceja. Samantha negó riendo.

—La verdad no, pero me lo paseas por la cara todo el tiempo.

—No te lo paseo, es lo que soy.

—Nop, es lo que tienes, lo que eres debería ser independiente de eso —expuso con sencillez, dejándolo aturdido.

Llegaron a la parte trasera y vio los establos. Abrió la boca, asombrada, excitada.

—¿Sabes montar? —curioseó él, aunque sabía la respuesta. Difícilmente alguien de su educación y posibilidades no sabía, por otro lado, con lo inquieta que era, casi le parecía estúpido preguntarle.

Sam se encogió de hombros, como si le diera lo mismo pero su excitación no la podía esconder. Kylian sonrió complacido.

—De eso jamás se quejaron mis padres —le hizo ver, para luego correr—. Anda, ¡no te quedes ahí! —lo instó sin esperarlo. Él sacudió la cabeza y trotó para alcanzarla, sonriendo.

Entró y ella ya se asomaba a cada cuadrilla, como una niña ilusionada.

—Están hermosos, joder. Este —señaló uno negro, brioso. Abriendo de más sus ojos azules, sonrojada, despeinada. Asintió y el mozo de cuadra apareció.

—Buen día, señor Craig.

—Hola, Tomás —respondió alegre—. ¿Puedes ensillar a Izeu e Iriack? —pidió sereno. La joven lo miró, interrogante y, de alguna manera, supo qué quería saber—. Ese es Iriack, te advierto que no es muy dócil, aunque imagino que por eso te llamó la atención —expresó comenzando a conocerla sin remedio.

Ella sonrió asintiendo, alegre.

—Si me hubieras dicho me habría puesto botas —comentó acercando la mano al caballo, este se aproximó, ella lo acarició cuchicheándole cosas.

—No las necesitas, estaremos por acá, ¿o no puedes montar sin el equipo?

Samantha recargó el rostro en la madera, estudiándolo.

—Si por un momento piensas que no me doy cuenta de que me estás probando, Kylian Craig, estás equivocado —soltó y luego se acercó con los brazos en jarras, logrando con ello que se agachara—.

Los desafíos son mi razón de ser —determinó rodeando su cuello para besarlo.

El hombre respondió de inmediato, rodeando su nuca y cintura, adentrando su lengua en esa deliciosa cavidad.

Lo tomaba por sorpresa cada tanto y lo peor, comenzaba a acostumbrarse, a gustarle.

—Otra cosa en común, pelirroja —susurró casi sobre su boca, para arremeter de nuevo con ganas.

Escucharon al mozo acercarse, ella se soltó aunque no avergonzada, en cambio fue hasta el chico, alegre, con la energía bullendo.

—Yo lo saco —propuso sonriéndole como si lo conociera de años.

El empleado miró a su jefe, desconcertado, este asintió con un ademán de ojos.

Entonces le abrió y Samantha entró entusiasmada.

Acarició el cuello del animal cuchicheándole palabras dulces a las que respondió el muy ingrato de Iriack con docilidad.

Kylian estaba ahí, cerca, porque no confiaba del todo en él, era ladino y bravo. Sin embargo, pronto soltó el aire, casi rodando los ojos, por supuesto esa pelirroja se lo metería en el bolsillo en un pestañeo, ¿a quién engañaba?

Ensillaron entre los dos a los caballos, con la ayuda de Tomás. Lo sacaron de ahí tomándolos de las riendas.

—¿Izeu es tuya? —preguntó Sam, interesada.

—Es la que suelo montar, además de Iriack. Depende de mi humor —respondió con sinceridad.

—Oh… ¿Y hoy de qué humor estás? —indagó caminando.

—De buen humor.

—Ah, entonces ella es la dama dócil que tanto te gusta —expresó con ironía. Kylian sonrió sacudiendo la cabeza. Era imposible.

—Podría decirse.

—Lástima, elegiste mal, entonces —replicó subiéndose de un brinco, con una agilidad que lo sorprendió—.

Eah, Iriack, tú y yo somos del otro bando —ordenó poniéndolo en marcha de una.

Kylian no alcanzó a decir nada, enseguida, con prisa, se subió a Izeu y la puso en marcha, enérgico.

Que fuera dócil no la hacía lenta y se lo demostraría.

Le dio alcance un minuto después en el que se dedicó a contemplar la facilidad que tenía para fundirse en el animal. No, Samantha era absolutamente todo menos dócil, o típica, ¿lo peor? Lo sabía.

—¿Ahí está la playa? —preguntó ella, tan sonriente que solo sintió deseos de bajarla de ahí, besarla, desnudarla y clavarse en su ser de una jodida vez.

En vez de eso, asintió. La joven lo instó con un movimiento de cabeza, él aceptó y avanzaron a galope.

Pronto llegaron—. ¿Te veo en las rocas? —lo provocó arqueando una ceja.

—Eah —rugió Kylian adelantándose, alegre y libre, riendo.

—¡Tramposo! —la escuchó decir, pero ya venía detrás.

—Nunca pusiste reglas —se encontró gritando como hacía mucho no hacía, o quizá nunca. Ella le dio alcance y pronto los dos iban salpicando agua a todo galope en aquella playa que nunca le pareció más divertida que en aquel momento.

Llegaron minutos después, riendo a carcajadas, exultantes, posicionando los animales hacia el horizonte.

Samantha se agachó y besó el cuello del caballo.

Después lo miró con los iris chispeantes.

Kylian la observaba embelesado, pronto la sangre corrió por su cuerpo, debido a aquella manera de recorrer sus facciones: posesividad y lujuria.

Entonces acercó su caballo, él la tomó por el cuello y se besaron sobre los lomos, con ansiedad, voracidad.

El hombre rodeó su cintura, y de un movimiento, tomando las riendas de Iriack, la subió sobre sí, a horcajadas.

Pronto buscó su cuello, pues ella le permitía el acceso con total abandono, gimiendo mientras la lamía, bajaba el tirante de su sujetador y besaba su clavícula.

Sus labios volvieron a unirse, hambrientos.

Samantha perdió la mano en su cabello profundizando el beso.

Estaba seguro de jamás haber tenido un momento más erótico y cargado de deseo como ese. La pegó más a él, a su pecho, comiéndose su boca con una necesidad ridícula, casi letal.

Izeu relinchó. Sam se separó, acalorada, buscó sus ojos, respirando agitada. Kylian repasó su labio inferior.

—Elegí a la perfección —susurró decidido. La piel de Samantha se erizó porque supo enseguida a qué se refería.

—Debería montar mi caballo —murmuró sonriendo con candidez, pero también sin perder de vista esos deliciosos y masculinos labios.

—Puedes… o podría quedarte aquí un rato y montar a mi lado —propuso con voz ronca, buscando la aprobación en sus ojos.

—Será incómodo —comentó sonriendo con picardía.

—Probemos —sugirió y comenzó a mover a Izeu, despacio. Ella rodeó su espalda y recargó la cabeza en su hombro, perdiendo la mirada en el mar.

—Podría acostumbrarme —admitió después de un rato en el que Kylian acariciaba su espalda baja, entonces de repente él buscó su frente y posó sus labios ahí.

—También yo —concedió notando cómo algo fuerte se apretaba alrededor de su pecho.

Llegaron a un claro, cerca de la playa. Volteó y enseguida se percató de una cesta, que tenía enrollado un mantel color terracota. Alzó la mirada, arqueando una ceja.

—¿Planeaste todo? —curioseó, sonriendo. Él se encogió de hombros con ligereza.

—Es lo que uno debe hacer con la chica que le gusta —aceptó bajando con destreza del caballo, sin percatarse de lo que generó decir aquello en la pelirroja.

Y es que sus palabras, por muy poco pretenciosas que fuesen, la habían logrado sacar de balance, pues aunque buscaba no pasar del plano aventurero, casi experimental, cuando hablaba así la hacía dudar y, por otro lado, la hacía sentir eso en el estómago que se supone no debía sentir.

La iba a ayudar a descender, pero Sam lo hizo sola, de un brinco. La observó sin saber por qué habría dicho aquello, pero había salido de su boca sin siquiera pensarlo, simplemente como una cruda verdad que debía ser expulsada.

No se arrepentía, le gustaba, sin duda, pero no debía dejarse llevar de esa forma. De alguna manera debía conseguir mantener el control de la situación, pero tal parecía que cada vez que lo intentaba ella lo obtenía.

Sam se agachó y tomó el mantel. Se acercó para ayudarle a extenderlo.

—¿Sabes lo que hay dentro? —curioseó ella dejando de lado lo que había dicho minutos atrás, sin embargo, no esperó a que le dijera cuando ya abría la cesta—.

Mierda, uvas. Espera —le indicó alzando un dedo—.

Son mis favoritas y no te pienso compartir —advirtió con frescura, metiéndose una a la boca, cerrando los ojos con deleite.

Kylian se acercó presa de esa maldita atracción, de la brutal sensualidad que desprendía con ese jodido gesto desprovisto de intención, pero que lo endureció de inmediato.

Le quitó una al racimo, le dio otra y sin que Sam lo viera venir la tomó por la cintura para morder la fruta del otro lado y así besarla con una lujuria inaudita.