Al límite del desastre (Hermanos Streoss 1) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

La joven se duchó en tiempo récord, se puso un poco de color en la cara; siendo de vello y cabello tan cobrizos, podría parecer que no tenía ni pestañas ni cejas si no las hacía notar. Luego se detuvo frente a su armario, con el corazón a todo galope.

Si elegía algo simple, sus padres sospecharían, además de que Kylian podría encontrar la manera de hacerla sentir incómoda llevándola a algún sitio en el que desentonara; pero si iba muy ataviada, parecería que deseaba impresionarlo.

Se decantó por una falda elástica de tubo con rayas verticales, que cubría sus rodillas, junto con un top blanco que dejaba ver un poco de su vientre, deportivas del mismo color y una chaqueta de piel negra.

Se pasó el secador un poco por el cabello, pero no quería demorar más y bajó lo más despacio que pudo, conteniendo las ganas de salir corriendo.

Al llegar a la sala, los encontró ahí a los tres, además de a Julien, el menor de sus hermanos, que seguro había pasado a visitarlos.

—Ey, huracán —exclamó su hermano, avergonzándola.

Kylian volteó en ese momento. Durante un instante no supo cómo actuar.

La pelirroja lucía preciosa, además de muy joven, notó.

Esa falda se adhería a su cuerpo de una forma sugerente, favoreciendo sus delicadas curvas, ese trasero; además, el top que dejaba ver un poco de la piel pálida de su vientre.

Su cabello húmedo aún, apenas si maquillada.

Era un deleite para cualquiera, sin duda.

—Juju, qué simpático —se quejó la pelirroja dándole un empujón carente de delicadeza.

—Samy, por favor —la reprendió Madelene, levantándose al tiempo que el invitado lo hacía y su esposo.

—Lamento esto, de verdad —susurró la joven a Kylian, verdaderamente apenada porque, aunque era una venganza, no la sentía correcta.

Kylian se acercó a ella, despacio. Samantha pestañeó aturdida. Enseguida notó la palma de esa caliente mano sobre la piel desnuda de su cintura que, aunque era apenas una franja, no evitó que sintiera su tacto. Su piel se erizó. Mierda.

—No te disculpes, esperarte es algo a lo que podría acostumbrarme —le dijo clavando los ojos grises, tan parecidos a los de su padre, sobre los suyos. Pasó saliva; sabía que lo hacía para que su familia lo escuchara, pero sintió que se lo decía solo a ella. Sonrió trémula—. ¿Nos vamos?

Ella asintió, cohibida.

—Fue un placer charlar contigo, Kylian —intervino Madelene, colgándose del brazo de su marido, que los estudiaba sin dar crédito.

—Igualmente, espero que se repita y que sigas mejorando, Londo —expresó Kylian con cortesía.

El hombre asintió. Así que estaba al tanto de su condición.

Quizá era la razón por la que se mostró tan tolerante por la mañana, o quizá era debido a su hija.

No tenía idea; lo cierto es que lo tranquilizaba de alguna manera tener tiempo, porque daría con el jodido ladrón, se juró aferrando la mano de su mujer, que sonreía buscando esconder su agobio.

Los dos sabían que aquello no sería pasajero.

Salieron un segundo después de aquella casa. Sam esperó lo peor, pero no ocurrió; en cambio, Hades le abrió la puerta del auto y, sonriendo, la invitó a subir. Eso la tensó sin remedio. ¿Qué se traía entre manos? Por experiencia podía esperar solo lo peor de ese humano.

—Kylian… —comenzó ella, pero él negó al poner en marcha el motor.

—Iremos a cenar. Si no te molesta, muero de hambre; después hay una exposición en el centro de la ciudad a la que asistiremos —explicó.

—No quise llegar tarde, pero es que…

—Quisiste. No mientas —la interrumpió calmado, mientras tomaban camino.

—Sí, bueno, tenía una reunión y…

—No me interesa.

—¡No puedes manejar mis horarios y mi vida de esta forma! —explotó; y es que, entre que lucía impresionante, aunado a ese jodido aroma que se introdujo en sus pulmones cuando entró al auto, además de la propia situación, la cabreó.

—Respira, pelirroja —le aconsejó con cinismo.

Samantha se rascó la frente, impotente.

—En ese maldito acuerdo no decía que debía dejar de hacer mis cosas. Y son tan importantes como las tuyas.

—Bien.

—¿Bien? Ya te había dicho que no podía llegar a esa hora y te dio lo mismo.

—Sirvió, no te preocupes —respondió serpenteando las calles mientras los seguían sus escoltas.

—¡Agh! Eres desesperante, no te soporto. A todo le ves utilidad.

Kylian arqueó una ceja y la miró durante un segundo; enseguida volvió su atención al camino.

—Ahora es malo ser positivo. Vaya. Estás llevando esto a un extremo. Te aconsejo relajarte. Mi agenda es muy apretada, no siempre cuento con horarios disponibles; este mes será una excepción que costará un gran esfuerzo por mi parte. Así que es necesario que pongas de la tuya. Eso es todo.

—Tu agenda es algo que realmente me importa un culo, Kylian. Yo también tengo ocupaciones y, no por no ser una máquina de generar dinero, son menos valiosas.

—A partir de mañana no habrá distancia entre nosotros, no a ojos de los demás. Así que te informo que a las seis y media será la hora en la que nos encontremos. Y tus padres deben saber que estás conmigo.

—Me es imposible a diario.

—Lo siento, pero eso no está en discusión; esta parte es de suma importancia que sea creíble para que se dé lo siguiente. Hay mucho en juego.

—Tengo cosas que hacer. Trabajo.

—Llévalo contigo; habrá momentos en los que simplemente fingiremos estar juntos.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que no siempre estaremos haciendo algo, pero que muchas veces sí. Es importante que nos vean juntos, saliendo. Este fin de semana no hagas planes, seremos unos siameses —apuntó guiñándole un ojo, burlón.

Samantha resopló, negando apenas.

—Eres increíble, ¿no conoces el límite? No funcionará, mis padres no lo creerán.

—No les quedará otro remedio, y deja eso ya. Por favor —ordenó—. Disfruta, no será tan malo, te lo aseguro, pelirroja.

Samantha ya no habló; se sentía irritada, él lo conseguía con una facilidad ridícula. Que disfrutara, imbécil. Eso era imposible a su lado.

Llegaron a un elegante restaurante de comida japonesa. En cuanto lo vio el anfitrión, y dueño, comprendió después, Kylian se comunicó con él en japonés, cosa que la atontó aún más, logrando con ello que no le quitara el ojo de encima.

El hombre de rasgos asiáticos, que no era tan alto como él, los guio a su mesa, no sin antes que los escoltas inspeccionaran el sitio, acción que Kylian agradeció con un ademán educado.

Debía tener muchos enemigos o una fortuna impresionante como para necesitar de ellos, reflexionó porque ni siquiera la familia Walker contaban con seguridad.

El restaurante era un tanto oscuro; pronto los olores propios se mezclaron con los caros perfumes, las voces, la música típica de aquel país.

Los condujeron por algunos pasillos, entonces corrieron una puerta de papel color crema, decorada con dibujos japoneses.

Frente a ellos apareció una mesa baja, con cojines alrededor, velas, música tenue, y la vista frontal era un espléndido jardín japonés que le robó el aire.

—Adelante, señor Craig, señorita —los invitó el hombre, con una pronunciación muy típica de quien es extranjero.

Kylian dio las gracias con un ademán de cabeza y, antes de que pudiera decir algo más, Samantha ingresó y anduvo sin detenerse hasta aquel barandal de madera oscura.

El jardín tenía una iluminación estratégica y se escuchaba, a pesar de la música, el agua de algún arroyo o fuente correr. Aspiró con fuerza.

—No es tan difícil disfrutar, ¿cierto? —preguntó tras de sí.

Ella volteó enseguida. Kylian estaba de pie, justo a sus espaldas; se había quitado la chaqueta y tenía los brazos cruzados.

Mierda. Solo pudo ser consciente de esos bíceps impresionantes, además de que de ambos asomaban tatuajes que no alcanzó a definir: parecían grecas.

Casi se queda sin aliento; no lo imaginaba teniendo uno, en su caso más, comprendió, no parecía ese tipo de hombre.

—Te gusta lo que ves, pelirroja —oyó que le decía, y eso la hizo reaccionar. Sintió las mejillas arderle y lo miró a los ojos, aturdida—. A mí también, no te sientas culpable. Al contrario —susurró recorriéndola con la mirada, tomándose su tiempo.

Samantha pasó saliva, tensa. Una bruma caliente la atravesó, una que se instaló en su vientre cargándolo de anhelo, una inexplicable necesidad.

—Es… bonito —murmuró alejándose un poco, dirigiéndose a la mesa.

—Precioso, en realidad —lo escuchó decir, y supo que no se refería al lugar; eso la dejó peor.

Segundos después se sentaron y el mesero apareció.

—No sabía de este sitio —aceptó mientras le servían una bebida en un vasito—. ¿Es sake? —preguntó.

Kylian asintió.

—Si no te gusta, podemos pedir otras cosas —propuso.

Ella sonrió y lo tomó con cuidado.

—En lo general no es mi comida favorita, así que no suelo comerla, pero la he probado.

—¿Me permitirías ordenar para los dos y ver si cambias de idea, o estás en algún régimen que requiera alimentos específicos? —preguntó con tono elocuente, casi cálido; eso la desconcertó.

Samantha sonrió por lo bajo, negando.

—¿Acaso crees que debería entrar en uno? —preguntó a cambio.

El hombre la observó con detenimiento, de una manera que debería ser catalogada como obscena; luego posó la atención en sus ojos azules y negó.

—En mi experiencia, lo que piense de ello no importa. En general, las mujeres suelen estar a disgusto con su cuerpo y buscan cambiarlo.

Samantha rodó los ojos, riendo.

—Qué terrible debe ser pensar que todas somos iguales. Pues lamento decepcionarte: yo no entro dentro de ese grupo y como lo que sea que me guste. Así que puedes ordenar lo que quieras, lo probaré, aunque dudo que cambie de opinión.

Kylian asintió aceptando el desafío, frotándose la barbilla con aquella barba de no más de un centímetro perfectamente delineada.

Samantha no pudo evitar admirarlo, evocando lo que se sentía tener esa textura sobre su piel, sus labios sobre los suyos.

Acalorada, desvió la atención llevándose a la boca más sake.

Mierda, ¿qué ocurría con ella?, se regañó.

Una vez que ordenaron, se miraron durante unos segundos.

Kylian la notaba nerviosa, arisca. Después de que se marchara de su departamento el día anterior y le dejara los documentos firmados, no había experimentado el triunfo que imaginó, pero se forzó a ignorar la sensación. No hacía nada malo, se repetía.

Así que mientras practicaba esgrima, uno de sus dos deportes favoritos, por la mañana, decidió que aquello no debía ser una tortura para ninguno de los dos.

Se atraían, eso había quedado muy claro; provenían del mismo círculo, podían ser afines en más cosas de lo que imaginaban, pasar ratos agradables y conocerse, ¿por qué no?

Ser buenos amantes, esposos, era algo que podía ocurrir y que estaba seguro de que en ambas cosas no tendrían problemas, una vez que ella dejara el drama y la pelea.

—Hagamos una tregua, Samantha, esto no tiene que ser un campo de batalla —habló él al fin, tomándola desprevenida.

Era preciosa; al verla aquella tarde en su casa, ataviada con aquel conjunto deportivo, llena de barro en los tenis, con esa coleta, las mejillas sonrosadas, solo pudo pensar en lo deseable que se veía, en lo joven e ingenua.

Su miembro reaccionó, como ya parecía ser una costumbre cada vez que la veía, pero esa sensación vertiginosa de sentir que estaba al filo de algo desconocido fue nueva.

No quería dañarla, solo estaba haciendo lo que tantos hacían.

El mismo Wagner tenía un matrimonio estupendo con Carry a pesar de que aquello comenzó como una alianza entre familias.

Con ellos sabía que podría resultar igual, añadiendo a la ecuación todas las ganancias que se darían por la unión tanto para la familia de Samantha como para él.