CAPÍTULO 17
Abrió con desparpajo. Madelene ignoraba el hecho de que entrenaba niños, pues fingía tener jornadas largas en la universidad, correr, pasar el tiempo tonteando con sus amigos, en fin, lo que fuese.
Pero ya la había visto llegar así a casa y solo conseguía que rodara los ojos y le suplicara que cuidara mejor su aspecto, indicación que ignoraba deliberadamente, total solo estaría unos meses ahí.
En cuanto cerró, escuchó esa voz inconfundible; su piel se erizó.
—¡Cariño, llegaste! —exclamó su madre, apareciendo del lado izquierdo con una sonrisa reluciente que obviamente desapareció al verla en aquella facha. Venía de la sala, comprendió.
—Hola, ma —murmuró aferrando sus dos mochilas: la de ropa y la otra en la que llevaba su laptop, la tablet y demás.
La mujer se acercó de prisa, alterada al verla sucia, despeinada. ¿Dónde se había metido ahora?
—Kylian te ha estado esperando varios minutos; no puede verte en ese estado. Por Dios, Samy, ¿qué ocurre contigo? ¿No sabías que vendría? —susurró de manera enérgica a su lado, tomándola por el codo para acercarla a las escaleras.
Sam sonrió quitándole importancia.
—Mamá, yo…
—No pasa nada, Madelene —oyeron las dos a Kylian a sus espaldas.
La piel de Samantha ardió mientras su madre cerraba los ojos, claramente avergonzada, para enseguida forzar una sonrisa educada al soltarla y voltear.
Al verlo de pie a unos metros, la boca se le secó.
Mierda. Él no llevaba uno de sus típicos trajes que, aunque parecían hechos a medida, y no lo dudaba, se le antojaban acartonados y sobrios por muy bien que los portara.
Vestía una camiseta negra, una cazadora oscura también junto con vaqueros en las mismas tonalidades y botas a juego.
Un cuadro absolutamente masculino y varonil para el que no estaba preparada. Tuvo que aceptar, muy a su pesar, que se veía… asombroso. Más joven, accesible, pero con un toque peligroso. OK . Se obligó a respirar.
—Samy iba a ducharse —murmuró Madelene con elegante cortesía, impecable en realidad.
Kylian sonrió con elocuencia en respuesta, pero luego miró a Sam y el gesto cambió por uno cargado de intriga. Para él tampoco pasó desapercibido su atuendo descuidado.
—Hola, Kylian —se atrevió a decir Samantha, presa de sus ojos color gris pizarra, que despertaron su cuerpo casi al instante de una forma ridícula. De pronto pensó que no había sido buena idea llegar así.
—Buenas tardes, Samantha —respondió él con aquella voz ronca.
Londo apareció enseguida en el umbral de la sala. Observó la escena entornando los ojos, atento como un águila a las reacciones de su hija. La mirada posesiva de Kylian no pasó desapercibida, pues no se molestaba en ocultarla. Introdujo las manos en los bolsillos de su pantalón y aguardó.
—Lamento la demora, había mucho tráfico y… —se excusó Sam de manera atropellada, cosa que logró hacer arquear una ceja a su padre. ¿Su hija nerviosa? Eso era nuevo, aceptó.
—Tranquila, estaba conversando con tus padres. ¿Deseas que te espere un poco más? —preguntó educado.
Samantha sintió las mejillas caldeadas y solo atinó a asentir; ni siquiera se atrevía a acercarse. Temía lo que vendría una vez que estuviesen solos, temía a su cuerpo y a la idiota combustión que estaba por hacer de tan solo verlo, temía que aquella farsa se descubriese.
Tomó aire y le sonrió, gesto que él respondió y la dejó peor.
—No tardo, solo serán unos minutos más, ¿está bien? —inquirió nerviosa.
Kylian asintió; se le veía relajado, incluso jovial.
—Por supuesto, aquí te espero.
Sam corrió escaleras arriba. Madelene buscó la mirada de su esposo, desconcertada; este asintió un tanto aturdido e invitó a Craig a pasar de nuevo a la estancia.
Ahí las cosas iban más en serio de lo que imaginó, y tanto su hija como ese muchacho se atraían de manera intensa.
Era imposible ignorar las chispas que desprendían.
Londo se acomodó en su sillón mientras Madelene rompía el hielo conversando con Kylian sobre la afinación del Steinway y la música clásica.
Mientras los escuchaba, el agobio volvió a embargarle el pecho.
En toda su vida jamás le había ocurrido algo semejante, pero observando la compostura imperturbable del joven empresario, recordó palabra por palabra la conversación telefónica que habían sostenido esa misma mañana.
Kylian era quien lo había buscado temprano en la mañana. Londo no supo qué esperar, pero tenía claro que el siguiente paso era comunicarle los retrasos. Para su desconcierto, Craig se portó paciente con la demora de lo acordado.
—Lamento mucho esto, Kylian, el hotel en Dubái recibirá lo estipulado, estamos en ello —dijo Londo desde su estudio, omitiendo lo que en verdad pasaba.
—El problema, Londo, es que ya estamos fuera de tiempo de acuerdo con lo proyectado.
—Lo sé, pagaremos la indemnización convenida debido a ello.
—Eso es una suma importante. ¿Seguro que todo está bien?
—Sí, el personal está siendo capacitado para el reclutamiento; tenemos previsto que en un lapso no mayor a un mes estemos comenzando en esa área —respondió, ocultando que por dentro rogaba para que aquel dinero apareciera o para dar con el responsable y terminar con esa pesadilla que le mermaba la salud.
Tenía a los mejores contables de la compañía rastreando la enorme suma, pero topaban con pared una y otra vez.
Streoss Service podía solventar ese ambicioso proyecto, pero no era el único en el que trabajaban; ese bache financiero retrasaría las operaciones en general, afectando la imagen de la firma y generando penalizaciones subsecuentes.
Muchas familias dependían de dar pronto con la verdad.
—El cliente ya proyectó, no puede demorarse más —determinó Kylian.
El negocio que le había propuesto era redondo: Kylian diseñó y construyó el hotel para la prestigiosa cadena Magnolia Gran; Streoss Service aportaba la gestión integral, personal capacitado, proveedores de restauración, mantenimiento, administración y mercadotecnia, para entregarlo funcionando.
Kylian ganaba el doble por la venta, y Londo aseguraba contratos de gestión por lo menos a diez años con un primer pago sumamente sustancioso.
El problema fue que el proyecto llegó en un momento de alta exigencia operativa, por lo que Streoss no contaba con la liquidez inmediata para solventar el equipamiento inicial.
Fue por ello por lo que CGArchitect , el despacho y constructora de la que Kylian era CEO, aportó el capital de trabajo directo.
Pero el dinero se esfumó de forma irrisoria y las obras en Dubái se habían tenido que parar, costando miles de dólares diarios.
Londo barajó la posibilidad de inyectar recursos propios, pero el contrato exigía rendir cuentas del uso exacto de esa partida ante la junta directiva de CGArchitect .
Uno de sus asesores le sugirió maquillar los balances para ganar tiempo, pero Londo lo desechó de inmediato: era un hombre recto, no un delincuente.
Además, Kasha, la hermana de Craig, tenía acceso a esa cuenta auditada y ya debía sospechar que les habían robado.
Lo que desconcertaba a Londo era que Kylian no hubiera iniciado aún acciones legales, a pesar de ser el segundo mes sin reportes financieros. Si la mesa directiva de CGArchitect intervenía, Londo podía terminar enfrentando una acusación por fraude.
—Estamos haciendo todo lo posible, Kylian. Como sabes, operar en Oriente Medio conlleva complicaciones normativas que debí contemplar; suelo trabajar en Occidente.
—Magnolia Gran me da un plazo de cinco meses —repuso Kylian con voz gélida—. Aceptan las condiciones, pero no liquidarán la compra hasta que el complejo esté operando al cien por ciento y ellos asuman el control. Lo quieren inaugurar a finales de año, así que tenemos el tiempo encima.
—Estará todo a tiempo, Kylian.
—Me alegra. En cuanto a otro asunto… quiero tocar el tema de Samantha. Escucha, sé que es sorpresivo, pero no deseo mezclar los negocios con esto. Espero que no tengas problema ni inconveniente con el hecho de que estemos saliendo.
Londo cerró los ojos y se recargó del todo en el asiento de cuero de su despacho.
—Mi hija tiene veintidós años y un mundo entero por delante, Kylian —repuso Londo con una gravedad calculada—.
No voy a prohibirle nada porque es una adulta, pero tampoco soy ciego: un hombre de tu perfil no se distrae por accidente, y menos en medio de un conflicto de capitales.
Solo asegúrate de tener muy claro dónde termina la empresa y dónde empieza mi familia.
—Sé perfectamente dónde estoy parado, Londo —respondió Craig sin alterarse—. Samantha no tiene nada que ver con los números de Dubái.
—Espero que sea así. Samantha es una jovencita muy especial y… peculiar. Si crees que puedes utilizarla como una ficha en el tablero, estás cometiendo un error grave.
—Está en buenas manos, Londo. No te preocupes.
Londo respiró hondo, apartando el teléfono un poco de la boca. ¿Cómo le explicaba que justo eso era lo que lo aterraba? Que su hija quedara en las manos de un hombre capaz de destruirlo.
De vuelta al presente en la sala de Marblehead, la voz de Madelene riendo ante un comentario de Kylian sobre la acústica de los teatros europeos sacó a Londo de sus recuerdos.
El patriarca observó al joven empresario asentado con soltura en su sofá.
Craig se mostraba cortés y educado, impecable en las formas.
Pero Londo no apartaba los ojos de él. Sabía que estaba atado de pies y manos por el bache financiero de Dubái, pero la advertencia velada que le hizo por teléfono seguía flotando en el aire: Samantha era su punto débil, pero también la línea que nadie cruzaría sin pagar las consecuencias.