Al límite del desastre (Hermanos Streoss 1) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Cada uno de sus hijos era un mundo aparte; ese era el mayor logro que Madelene y él compartían.

Para ese momento, solo Samantha ocupaba de nuevo su habitación en la propiedad de Marblehead .

Londo le agradecía en silencio: su huracán inyectaba vida por donde pasaba, y él extrañaba la casa llena de discusiones, risas y carreras por los pasillos.

Pero esos tiempos dorados habían quedado atrás.

Camille, el mayor, lideraba dos firmas referentes en finanzas y consultoría; era brillante, y sin su apoyo en Streoss Service no tenía idea de cómo habría sorteado un periodo tan convulso.

Valentin, el segundo, vivía volcado a la oncología; un genio prematuro al que poco se le veía.

Adrien, el ingeniero en robótica de veintiocho años, era el cerebro tecnológico de la familia, tan inquieto como Sam y radicado temporalmente en Asia.

Tristan, el cuarto, inspeccionaba estructuras de alto riesgo en plataformas y minas, siempre en movimiento.

Y Julien, el menor de los varones, combinaba su maestría en Letras con clases como asistente de cátedra en Harvard, siendo un torbellino en casa y una figura reservada hacia afuera.

En conjunto, una familia que le daba las fuerzas para cuidar su salud debilitada. Siempre estaba al tanto de cada uno; eran su prioridad absoluta, al igual que Madelene.

Inquieto, estudió los rasgos delicados de su hija buscando más información.

Ella lucía esquiva, evidentemente nerviosa.

Londo entornó los ojos y la alarma se encendió en su pecho.

Craig tenía la misma edad que Valentin y era un lobo de mar en los negocios, igual que Camille, pero sobre todo era un hombre con un recorrido oscuro y demasiado experimentado para ella en todos los sentidos.

—Explícame eso. ¿Cómo que se han visto? Tú tienes novio, Samantha —apuntó despacio, velando su inquietud tras una voz grave.

La joven negó, rehusando sostenerle la mirada. Mala señal.

—Hoy terminamos —soltó de golpe.

Londo abrió los ojos claros de par en par, asombrado.

—¿Debido a Craig? —dedujo, desconfiado.

Su hija negó de inmediato, alzando el rostro pecoso, pero él no le creyó una sola palabra.

—No. Es solo que no éramos compatibles.

—Bueno, te diste cuenta a tiempo.

—Creo que… no tan a tiempo. Se puso muy mal en el restaurante, lloró —le contó ladeando la boca, para enseguida quitarle el chocolate y darle una mordida enorme, buscando aplacar el malestar que le provocaba el recuerdo de esa escena ridícula.

Londo arrugó la frente.

—¿Lloró? Bueno, quizá estaba enamorado, ¿no? Y dame eso —gruñó, recuperando la barra para morderla también.

Samantha masticó pensativa, pero negó al instante.

—No. Se enamoró de la idea de tenerme a su lado, no de mí. Y sé que no tiene nada de malo que un hombre llore, pero su actitud fue… teatral —expresó desconcertada y le narró el espectáculo del que hasta hacía unas horas había sido su novio.

Londo hizo un esfuerzo por no soltar una carcajada al imaginar aquella escena. El chico siempre le había parecido un muchacho dramático y blando. Al terminar la historia, notó a Sam contrariada; tomó su mano y la acunó entre las suyas.

—¿Estás bien, mi amor? —preguntó con calidez, dejando de lado su rechazo por Troy. Ella le regaló una sonrisa para tranquilizarlo. Londo respiró hondo antes de volver al punto crítico, el que en realidad lo inquietaba—: Ahora dime qué tiene que ver Kylian Craig en todo esto.

Sam apretó los labios hasta convertirlos en una línea fina.

—Es que… si quiero seguir viéndolo, no podía continuar con Troy. Era lo correcto —mintió a medias, aguardando la reacción de su padre.

La expresión de Londo se tornó rígida mientras paseaba la mirada por el amplio jardín que se extendía hacia la costa; era el rincón favorito de él y el suyo.

—¿Están saliendo? —repitió con tono reflexivo.

A Sam le sudaron las palmas, pero asintió, haciendo la nota mental de enviarle un mensaje al imbécil de Craig en cuanto se quedara sola.

—¿Te gusta? —quiso saber él, escrutándola.

La joven lo pensó un segundo y asintió. Decir esa parte de la verdad la hizo sentir ligeramente menos culpable con su padre, aunque no con ella misma porque no mentía, el tipo era impactante, pero aceptarlo era algo que la cabreaba. Londo dio otro bocado al chocolate, absorto en sus pensamientos.

—Pa… ¿estás enojado? ¿Es malo que nos veamos? —indagó ella, midiendo el terreno. Si me dice que es una pésima idea, ¿cómo va a justificar ese idiota una propuesta de matrimonio? Jódete, Craig.

Londo clavó la vista en sus ojos azules y borró cualquier rastro de diversión.

—Kylian Craig es mucho mayor que tú, Samantha. Y no hablo solo de los años.

—Tiene la misma edad que Camille o Valentin. Tú y mamá se llevan casi ocho años —justificó de inmediato, reprendiéndose en silencio por defender la postura de Kylian. Adiós al «Jódete, Craig».

—No es la diferencia de edad lo que me preocupa —sentenció Londo con severidad—. Conozco a Kylian en el terreno empresarial. Es un hombre intachable, decidido, pero helado e implacable. No es el tipo de hombre que corteja o que busca un romance ligero, Samy.

—Pa… soy tu hija, obviamente nadie te va a parecer suficiente para mí —se quejó ella, haciendo un puchero.

Su padre negó despacio, sin ceder ni caer en sus encantos.

—No, no se trata de celos paternos —admitió tenso—. Kylian y yo tenemos una relación de negocios que atraviesa un momento sumamente delicado. No quiero que te acerques a él, Samantha.

—¿Delicado? ¿Qué ocurre? —preguntó simulando ignorancia.

Londo se puso de pie. Su figura alta proyectó una sombra sobre la banca. Se metió las manos en los bolsillos, observando la penumbra del jardín.

—Es complicado. Él inyectó capital en Streoss Service y la transición financiera está, por decirlo de una forma, frenada. Hay irregularidades que estoy gestionando personalmente con Camille. Es un asunto complejo.

—¿Es muy grave?

Su padre se agachó y le tomó la barbilla con dulzura, pero también con firmeza.

—Es un problema entre empresas y lo voy a resolver yo. Tú no tienes nada que solucionar ni mediar, ¿entendiste? Te conozco, Samantha: eres impulsiva y protectora, pero te prohíbo que metas las manos aquí.

—Pa…

Londo negó decidido, mirándola con autoridad.

—No, y no estoy de acuerdo en que estés cerca de un hombre tan calculador como Craig, mucho menos en este momento. Si las cosas entre la empresa y él se complican, no quiero que quedes atrapada en medio. ¿Estamos de acuerdo?

Samantha estuvo a punto de venirse abajo, el nudo en la garganta creció, pero se contuvo, en cambio se puso de pie y lo abrazó con todas sus fuerzas.

—Estamos de acuerdo, pa —mintió sobre su pecho.

Londo acarició su cabellera pelirroja con ternura.

—Tranquila. Déjame los problemas a mí —susurró, buscando relajar el ambiente—. Aunque debo admitir que librarnos del muchacho del restaurante fue un avance… ¡mira que armar un drama semejante! —se burló, haciéndola reír con él.

En el fondo, la angustia devoraba a Samantha, pero permanecer en el abrazo de su padre le confirmó que vender su libertad era el único precio aceptable para mantenerlo a salvo.

En su habitación, se despojó de la ropa y se quedó en lencería antes de tomar el teléfono. La ansiedad le recorría la piel como una descarga eléctrica. Se dejó caer sobre la cama y escribió con los dedos temblorosos:

Samantha S.: Mi papá sabe que nos estamos viendo. Tuve que decírselo hoy. Pensé que debías saberlo .

Dejó caer el aparato sobre el cobertor y suspiró mirando al techo. Imaginó el infierno que sería esa unión forzada: no tenían nada en común y, aunque lo tuviesen, la rabia que sentía por él eclipsaba cualquier otra cosa.

El tono de notificación vibró a los pocos segundos. Inhaló profundo.

Hades: Mañana paso por ti a las seis. Iremos a cenar.

Samantha se incorporó de golpe en el colchón. ¿Cómo se atrevía?

Samantha S.: Tengo una vida, Kylian. No puedo. Solo quería avisarte.

Aventó el teléfono sobre la mesa de noche y caminó al baño. Necesitaba una ducha fría urgente. Ese día parecía no terminar nunca.

Al salir, envuelta en la toalla, escuchó otra alerta. Sabía que debía ignorarlo, pero la curiosidad le ganó.

Hades: Una vida que puede cambiar drásticamente si no mides tus pasos. A las seis. Sin espectáculos.

Apretó los puños, sintiendo que la mandíbula le dolía por la tensión. Hijo de puta. No lo soportaba ni en texto; la perspectiva de compartir un techo con él resultaba abrumadora.

Dejó el mensaje marcado como visto y regresó al baño a secarse el cabello. Cuando volvió a la cama vestida con una camiseta holgada, tomó el teléfono para ponerlo a cargar. Había un último texto en la pantalla:

Hades: No me vuelvas a dejar en visto.

Samantha soltó una risa amarga, rodó los ojos y volvió a dejar la conversación abierta en la pantalla sin responder.

—Tú no me das órdenes, Kylian. Vas a tener que aprenderlo —susurró para sí misma antes de apagar la pantalla.

Esa pequeña cuota de rebeldía fue lo único que le permitió conciliar el sueño.