CAPÍTULO 9
Maxime no conocía a Samantha Streoss en realidad; quizá la había cruzado en algún evento formal, pero no estaba segura. Lo que sí sabía era que Londo solo tenía una hija y que era la menor. ¿Qué demonios estaba pasando ahí?, se preguntó.
Kylian soltó una risa breve, cínica, antes de posar la mirada en ella con una fijeza reflexiva.
—Las cosas van a cambiar. Ya es tiempo —susurró, para enseguida ingresar a su departamento cruzando las enormes puertas corredizas de cristal.
Maxime respiró hondo y rodó los ojos. A mí qué más me da , se dijo. Tomó su copa, apuró el último trago de martini sintiendo el ardor en la garganta y entró también.
Él ya no estaba en la estancia. Así era Kylian: un hombre de pocas palabras si no tenían que ver con lo único que realmente le interesaba, sus negocios. Y para ese momento, la reunión de trabajo había concluido.
Avanzó hacia el elevador privado; conocía el piso a la perfección, así como a cada uno de los escoltas de Craig.
—Dile a Kasha que siga revisando los números con discreción. Pronto podrá hacerlo sin restricciones —escuchó la voz de Kylian resonar desde el corredor superior.
Maxime no lo veía desde su posición, pero torció la boca con una sonrisa perspicaz.
—Sí, mañana a primera hora se lo comento —confirmó justo cuando las puertas metálicas del ascensor se cerraban.
Así que la hija de Streoss era solo una pieza más en las trampas que Craig sabía colocar con maestría para asegurar que el único ganador fuera él, comprendió Maxime mientras bajaba.
Durante un segundo sintió una punzada de piedad por la chica y deseó que, de alguna manera, la vida le pusiera un freno a la frialdad de ese hombre.
Luego sacudió la cabeza. Lo que haga con su vida me da igual , se reprochó. Al final del día, todos en ese mundo jugaban con las mismas reglas.
Samantha se sentía miserable. No imaginó ni por un segundo que Troy terminaría al borde del llanto en el restaurante de comida tailandesa que él mismo había propuesto, un lugar que ella odiaba, pero al que había aceptado ir para suavizar el terreno.
Sin embargo, todo salió mal. Rematadamente mal.
Aferró el volante con fuerza mientras conducía de regreso a Marblehead , sintiendo una mezcla amarga de rabia y desconcierto.
El que había sido su novio hasta hacía una hora se la pasó esquivando la conversación toda la noche, buscando temas vacíos cuando ella no tenía el menor humor para tonterías, no después de haber firmado su sentencia de muerte con el Señor del Infierno.
Al final, tuvo que cortar por lo sano, sin la delicadeza que había planeado. Pero ¿a quién engañaba? Jamás había sido diplomática con nadie y en ese momento, por más que intentó contenerse, su carácter terminó por aflorar.
Troy la observó como si se hubiera acabado el mundo. Negó de manera dramática, apretó los puños y la miró con una indignación teatral. Sam no supo que hacer, no sabía lidiar con las personas que mostraban sus sentimientos de esa manera, pero él estaba decidido a escenificar una tragedia griega.
—Dije que ¡no! —alzó la voz Troy, logrando que varios comensales de las mesas vecinas se giraran a mirarlos.
—No te estoy pidiendo permiso; te estoy diciendo que terminamos —reviró ella, ladeando la cabeza y alzando una ceja con frialdad.
No, no estaba para soportar pataletas. De pronto, los ojos del chico se llenaron de lágrimas y Samantha no supo dónde meterse de la vergüenza, eso sí que no se lo esperaba.
Él se encorvó en la silla y comenzó a soltar una ráfaga de reproches inseguros: que siempre supo que lo dejaría, que cómo fue que se había fijado en él, que era tan poca cosa a su lado...
Una lista lamentable de complejas frustraciones que la dejaron helada.
¿Cómo carajos me metí con un hombre así? , se preguntó, atónita. ¿En qué estaba pensando? Y peor aún, ¿cómo no me di cuenta antes?
Se puso de pie e intentó calmarlo por pura cortesía, pero él se sacudió con un gesto brusco que la hizo retroceder.
—¡No me toques! ¡Jugaste conmigo este par de meses y ahora pretendes sentirte mal! —le recriminó en voz alta.
Samantha tuvo suficiente y quizá en otro momento hubiese sido más comprensiva, pero con el problema que tenía encima, le era imposible. Entornó los ojos y se le acercó con una furia contenida.
—¡Piensa lo que quieras! Y por el amor de Dios, inscríbete a clases de actuación; serías el estelar, te lo prometo. Adiós —sentenció arrojando varios billetes sobre la mesa para pagar la cuenta y salió a paso firme del lugar.
Llegó a la residencia de sus padres temblando de rabia. Estacionó el auto, bajó a toda prisa y caminó hasta el jardín lateral para refugiarse en la banca oculta bajo las buganvilias. Se sentía completamente sobrepasada.
¿Qué había sido todo ese espectáculo grotesco con Troy? ¿Qué demonios estaba pasando con su vida? Se sentía atrapada e impotente. Subió las piernas a la banca y las abrazó contra su pecho.
—Cómo te odio, Kylian —murmuró entre dientes, cerrando los ojos.
—Kylian Craig… ¿De dónde lo conoces, Samantha? —escuchó a sus espaldas la voz inconfundible de su padre.
Se irguió de golpe, sintiendo una descarga de sudor frío por la espalda.
Mierda. Mierda al cubo.
Se giró para encararlo, pestañeando a toda prisa mientras sentía que el rostro le ardía. ¿Qué le decía ahora?
—Papá… —murmuró con la voz descompuesta.
Agachó la cabeza intentando articular una excusa convincente; sabía perfectamente que cualquier error en ese momento podía ser catastrófico.
De pronto descubrió la barra de chocolate que Londo llevaba oculta entre los dedos.
¡Ajá!—. ¿Mamá sabe que estás aquí escondido comiéndote eso? —atacó a cambio.
Londo abrió los ojos de par en par al verse descubierto, mirando el envoltorio rojo con evidente nerviosismo.
—Ni una sola palabra a tu madre, jovencita. Apenas le di un par de mordiscos —se justificó apresuradamente—. Ese cardiólogo y ella exageran; me quieren convertir en uno de esos tipos que solo comen hierbas, y la verdad es que yo no nací para esa tortura.
Cerró la envoltura a toda prisa, pero Samantha fue más rápida y se la quitó de la mano.
—¡Eh! Soy tu padre, dame eso —exigió él como un niño al que le acababan de decomisar un juguete.
—Si voy a guardar tu sucio secreto, tienes que compartir —dijo ella, entornando los ojos antes de darle una mordida al chocolate.
—¡Oye! Te lo vas a terminar y no fue nada fácil conseguirlo… —se quejó Londo exactamente igual que sus hermanos cuando ella usaba su posición de hija menor para salirse con la suya. Sam saboreó el bocado con un gesto exagerado.
—La verdad, creo que no deberías comértelo.
—La verdad, creo que sí. Dame eso, jovencita, que soy tu padre.
—Ay, eso ya me lo dijiste… —le recordó, regalándole una sonrisa cálida.
—Pero veo que no te importa; no tengo ninguna autoridad contigo, tu madre tiene toda la razón —gruñó él de forma caprichosa.
Samantha le tendió lo que quedaba del chocolate guiñándole un ojo, y Londo lo tomó con evidente alivio. Para ella, ver esa faceta vulnerable de su padre era la confirmación de que valía la pena cualquier sacrificio.
—Promete que te lo comerás de a poco, un pedacito cada día, y yo me encargo de traerte más. Pero solo si lo prometes, pa. No quiero… no quiero verte como hace unas semanas —expresó con el nudo de la angustia apretándole la garganta.
Londo le sonrió con ternura, negó despacio y se acercó a ella para rodearle los hombros con el brazo, dándole un beso cariñoso en la sien.
—Me estoy cuidando, cielo, no te preocupes… Pero ahora dime: ¿conoces a Kylian Craig? A él te referías, ¿no? —preguntó con curiosidad genuina.
Samantha apretó los dientes, luchando por no ponerse rígida contra su pecho. Necesitaba fabricar una mentira creíble en cuestión de segundos. Su mente trabajó a marchas forzadas.
—Sí… lo conocí aquí, en la fiesta de aniversario —soltó de inmediato, con la cabeza apoyada en el hombro de su padre, su refugio seguro. Ahí era más fácil sostener la ficción, porque entendía que cualquier engaño valía la pena con tal de mantenerlo sano y lejos de una celda.
—¿En serio? No me di cuenta de que hubieran hablado —comentó Londo, extrañado—. ¿Y por qué dijiste que lo odias? Es una palabra muy pesada para alguien a quien apenas conoces.
Samantha cerró los ojos con fuerza. Solía esquivar a su madre con evasivas, pero a su padre jamás le mentía. Sin embargo, comprendió que a partir de esa noche, la mentira sería su única divisa gracias al bastardo de Kylian.
—Bueno… es que lo he visto un par de veces más y…
Londo se puso rígido al instante. Desconcertado, deshizo el abrazo para mirarla fijamente a la cara.
Samantha siempre había sido un torbellino: una joven libre y poco convencional, de inteligencia aguda y terquedad temible cuando algo se le metía entre ceja y ceja.
Era el dolor de cabeza de su madre porque no lograba moldearla a las normas de la alta sociedad, pero también era su mayor orgullo y su preocupación más profunda.
Londo solo ansiaba verla feliz y protegida, y hasta esa noche creía haberlo conseguido.