Al final de toda verdad Día 10 | 1600 h
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Día 10 | 1600 h

La tripulación del helicóptero apenas tuvo tiempo de descansar. Nada más dejar a Jutta y Mike en la pirámide, trasladaron a Max a la ciudad. Jutta había querido asistir a la reunión con el alcalde y la primera ministra, pero resultaba demasiado agotador.

Max decidió que Jutta daría sola la rueda de prensa en la pirámide aquel día. No veía ningún problema, ya que ella solía responder todas las preguntas de todos modos. En los últimos días, él no había sido más que un adorno, y apenas le habían dirigido preguntas.

Durante el breve vuelo, no dejó de darle vueltas a todo.

La conversación con la primera ministra no iba a ser fácil.

Tenía fama de «ambiciosa pero torpe». Su forma de tomar decisiones —a menudo precipitadas y populistas— era un quebradero de cabeza para Max.

Se preguntaba cómo conseguiría aportar la calma y la previsión necesarias a la reunión que se avecinaba.

Al fin y al cabo, no solo estaba en juego su reputación, sino también la coordinación de una de las situaciones más delicadas que Alemania había vivido jamás.

Un coche del parque móvil municipal lo recogió en el lugar de aterrizaje.

El trayecto hasta el Ayuntamiento transcurrió en silencio, interrumpido solo por algún crepitar esporádico de la radio del conductor.

Max aprovechó para ordenar sus pensamientos.

«¿Cómo puedo abordar esto de la mejor manera?

», se preguntó. «Ella vendrá con alguna propuesta cien por cien efectiva para los medios y cero por cien práctica.

Y el alcalde probablemente estará de acuerdo porque le da miedo discutir con ella».

Max recordó la rueda de prensa del día anterior, donde la primera ministra había hablado de «momentos históricos» y de cómo «nosotros como país debemos aceptar este desafío y salir victoriosos».

«¿Aceptar el desafío? No tiene ni idea de cuánto trabajo significa eso para los que estamos sobre el terreno.

¿Y "victoriosos"? ¿Qué se cree que es esto?

¿Un partido de fútbol?». Respiró hondo. «Mantén la calma, Max.

Concéntrate en los hechos. No muestres ninguna emoción».

Al llegar al Ayuntamiento, bajó del coche y se detuvo en la entrada. Mientras contemplaba la imponente arquitectura del edificio, no pudo evitar sonreír. Era un lugar hermoso, construido para simbolizar estabilidad y orden. «Qué apropiado», pensó. «Quizás eso me ayude a mantener la cabeza fría».

Cuando vio a la primera ministra, que llegó casi al mismo tiempo, se irguió.

Como siempre, su aparición estuvo acompañada de un toque de teatralidad.

Salió de su coche, un asistente se apresuró a cerrarle la puerta, y un fotógrafo ya disparaba con avidez.

Max se obligó a sonreír mientras caminaba hacia ella.

«Nada de errores ahora, Max», se dijo. «Mantente profesional. Sabes lo que está en juego. Pero no dejes que te desestabilice».

Ella le tendió la mano y Max se la estrechó en el saludo de rigor.

—Señora primera ministra —dijo en tono cortés pero neutro—. Me alegro de que haya podido venir.

Ella sonrió ampliamente, pero Max pudo ver un atisbo de irritación en sus ojos. «Probablemente esté molesta porque no parezco lo suficientemente entusiasmado. Bueno, mejor eso que ser excesivamente servil». Le soltó la mano y señaló la entrada.

—Si quiere seguirme, por favor... El alcalde ya nos está esperando.

«Y espero que esta vez mantenga la boca cerrada cuando importe», añadió para sus adentros.

Ella asintió y entró en el edificio con paso enérgico. Max la siguió. Respiró hondo y se preparó mentalmente para la conversación que se avecinaba. «Concéntrate en la solución, Max. No en el espectáculo. La gente de aquí cuenta contigo».

Por el rabillo del ojo, notó a una mujer que se le acercaba rápidamente desde la derecha.

Un pensamiento fugaz le cruzó la mente: «Eso es arriesgado, con el equipo de seguridad de la primera ministra.

La derribarían sin dudarlo si hiciera falta».

Una fracción de segundo después, vio de reojo a uno de los guardaespaldas que corría desde la izquierda, señal clara de que algo iba mal.

Quiso abrir la boca para decir algo —quizás para advertirla, quizás para dirigirse a ella—, pero antes de que las palabras salieran de sus labios, sucedió.

No percibió conscientemente la explosión de la bomba.

No vio la detonación porque en ese momento miraba hacia la izquierda.

Fue como si el mundo hubiera enmudecido por un instante.

Ningún estruendo, ninguna onda expansiva, solo una pérdida repentina del suelo bajo sus pies.

Salir volando por los aires se le antojó extrañamente lento, casi como en un sueño, hasta que la pared lo frenó con fuerza brutal.

El impacto lo dejó desorientado. Golpeó el suelo con violencia y quedó inmóvil.

Con los ojos abiertos, se quedó mirando fijamente la estancia, ahora llena de humo y polvo.

A través de la espesa niebla se vislumbraban movimientos, fantasmales e indistintos.

Frente a él yacía una persona; no podía distinguir quién era, pero ya no se movía.

Instintivamente, quiso ayudar, alargar la mano, incorporarse, pero no podía moverse.

Era como si le hubieran encadenado el cuerpo.

Intentó girar la cabeza, pero incluso eso le resultaba imposible. «¿Qué me pasa?».

Entonces cayó en la cuenta. Quizás era él quien necesitaba ayuda.

Extrañamente, no sentía dolor. Ninguna sensación de ardor en los nervios, ningún tirón ni punzada. El mundo a su alrededor aún parecía vivo, aunque distorsionado y extraño.

De repente, la imagen de su esposa y sus hijos apareció en su mente, nítida y clara como una pintura.

Estaban sentados juntos en el sofá de casa, los niños reían, y su esposa lo miraba con esa expresión amorosa que siempre tenía cuando él llegaba después de un largo día.

Era un momento de pura alegría que había vivido muchas veces, pero en ese instante se sintió como una despedida.

«Todavía tenía tanto que deciros. Tanto tiempo que pasar con vosotros».

La escena no se desvaneció, sino que permaneció como una estrella brillante en la oscuridad de su mente.

Su mirada se aferró a ella, incluso mientras la realidad a su alrededor se iba desvaneciendo poco a poco.

El humo, el movimiento, la luz... todo dio paso a una negrura silenciosa y profunda que lo envolvió.

Si hubiera podido girar la cabeza antes de deslizarse hacia la oscuridad, habría visto que la explosión le había arrancado todas las extremidades.

Que tenía la pared abdominal y el pecho expuestos.

Si hubiera podido mirar el reloj, habría notado que solo habían transcurrido unos siete segundos entre la explosión y su muerte.

Siete segundos en los que su mente se aferró a la vida y al amor.

Siete segundos que se sintieron como una eternidad.

Podría haberse preguntado qué se podía ver, sentir y pensar en esos siete segundos. Pero ahora que la oscuridad lo envolvía, nada de eso importaba ya.

Max estaba muerto, y el mundo nunca sabría cuánto se había aferrado a él en esos pocos instantes.