Al filo de las espinas (Reclamada por el elfo nº 1) Regreso a casa
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Regreso a casa

Veintiuno

Los terrenos del templo estaban sumidos en el caos cuando Sade y Haytham regresaron.

Llegaron a la zona de baile. La máscara de Sade se había roto al saltar desde el saliente del templo, en aquel momento terrible, grabado a fuego en su memoria, en que había elegido morir antes que matar a su alma gemela. Ahora estaba allí, con el rostro descubierto, ante la corte de Arborlight.

La mayoría de los bailarines se habían marchado y solo quedaba un puñado de figuras que parecían sacerdotes, con túnicas ceremoniales, para completar el ritual. Bailaban con gesto sombrío, y Sade recordó que aquello era una plegaria por los muertos.

Había estado a punto de enviar a su alma gemela, Aranion, a reunirse con ellos.

Lejos de los bailarines, en el centro de un círculo de guardias, estaba el rey. A sus pies, el príncipe Aranion lloraba.

Sade quería correr directamente a sus brazos, pero temía sobresaltar a los guardias. Lo último que necesitaba era que alguno de ellos la matara a ella o a Haytham por accidente.

—¿No piensas ir con él? —preguntó Haytham.

Había un deje de amargura en sus palabras, y Sade se preguntó cuánto habría sabido él del plan de la princesa Laire. ¿Sabía lo de la hoja de corazón encantada que la princesa le había dado para acabar con la vida de Aranion? ¿Seguía Haytham siendo una criatura de Laire?

Sade no lo creía. Cuando el hechizo se rompió, Haytham perdió la capacidad de transformarse en halcón. Ahora era tan mortal como ella.

Esconderse allí, en la corte de Arborlight, no era algo que Haytham hubiera deseado, pero Sade no podía dejarlo sin protección frente a la ira de la princesa.

Se habían cuidado el uno al otro en su casa de la montaña y, al final, él le había salvado la vida a costa de sus alas.

Como mascota de Laire, una parte de Sade se había enamorado del cambiaformas.

Ahora, con la mente recuperada, no sabía qué sentía.

Lo único que sabía era que el vínculo de alma clamaba por Aranion.

—¡Aranion!

Tres de los guardias se volvieron de golpe, con un tenue resplandor alrededor, como si fueran a lanzar un hechizo.

Sade levantó las manos, con la esperanza de que entendieran que venía en paz. Con la suerte que tenía, la matarían antes incluso de poder explicarse. Uno de los guardias dio un paso hacia ella con la mano derecha extendida.

—¡Aranion! —gritó de nuevo. Esta vez, el príncipe alzó la vista.

La expresión de alegría y horror mezclados en su rostro era algo que ella jamás olvidaría.

—¡Alto! —gritó Aranion.

El guardia se quedó inmóvil.

—¡No les haréis daño! Nadie les hará daño —añadió.

Seguía mirándola como si no diera crédito a sus ojos.

Sade avanzó despacio hacia el príncipe, sin bajar las manos.

Haytham la seguía unos pasos atrás. Sus pisadas eran pesadas, más de lo que ella las había oído jamás. Se preguntó si perder las alas le había arrebatado también la gracia. O quizá fuera la pena lo que le pesaba en los pasos.

Aranion se puso en pie. Tenía el cabello color de luna revuelto, los ojos enrojecidos de tanto llorar y estaba demasiado delgado.

Pero era hermoso. Como los demás elfos, vestía túnicas de colores de piedras preciosas; la suya, de un intenso amatista.

Se había quitado la máscara blanca y la sostenía ahuecada entre los dedos, junto al costado.

Dentro de ella, el vínculo de alma se tendió hacia él. Sade sonrió con lo que le pareció su primera felicidad auténtica desde que Laire se la había llevado.

La alegría de volver a ver a Aranion casi bastó para borrar la impotencia, el miedo y el dolor de los meses que había pasado como criatura de Laire.

Sade llegó hasta el círculo de guardias.

—Dejadla pasar —dijo Aranion y, milagrosamente, los guardias se apartaron.

Sade corrió hacia los brazos abiertos de Aranion, y él la estrechó con fuerza.

Ella se fundió con él, con ganas de meterse dentro de su cuerpo, de sentirse cubierta por él. Aranion hundió el rostro en su cabello, le besó la coronilla y luego aflojó el abrazo lo justo para besarle la frente y los labios.

—Lo siento muchísimo —dijo.

¿Qué motivo tenía él para disculparse? Aquello estaba bien, tan bien: era el contacto que le había faltado durante todos aquellos meses.

Aunque los guardias y su padre, el rey, los observaban, Sade se perdió en el calor de la boca de Aranion.

El miembro de él se endurecía bajo la túnica y le presionaba el estómago.

Ella también lo deseaba. Su cuerpo estaba despertando, y cuando él le acarició el brazo, el calor de su piel fue como una promesa.

«Al diablo con todos ellos», decidió Sade. Había esperado demasiado por aquello. Por él.

—Ejem —dijo una voz.

Con las mejillas encendidas, Aranion se apartó, aunque se aferró a la mano derecha de Sade y no la soltó.

—Disculpa, padre —dijo.

Sade se dio cuenta de que aquella era la segunda vez que se encontraba con el Rey Anciano y todavía no se había presentado. De hecho, en lo de causar buena impresión a su futuro suegro, lo estaba haciendo fatal.

Hizo una profunda reverencia.

—Me llamo Sade Hughes, Vuestra Gracia —dijo.

Así era como todos se dirigían a la princesa Laire y a su padre.

Alzó la vista hacia el rey por entre las pestañas.

El padre de Aranion era de extremidades largas, con ondas de cabello rubio miel bajo una corona real de oro trenzado.

Una piedra turquesa descansaba sobre su frente.

Tenía la piel tersa, pero algo en él transmitía una impresión de edad y de profunda tristeza.

Aranion le había dicho que su madre llevaba décadas dormida. ¿Quizá estaba en algún tipo de coma? De ser así, el rey también debía de estar sufriendo. Sade sintió una empatía inmediata hacia él. Esperaba que no la odiara, ni a ella ni a su hijo, por ser felices.

El rey Silivren la estudió. Tenía los ojos azul claro. Mirarlos era como contemplar arena blanca a través del agua del Golfo: un recuerdo de infancia muy lejano, de las únicas vacaciones en el sur que había pasado con su madre y su hermano.

Los ojos del Rey Anciano contrastaban con el azul tormentoso de los de Aranion.

Era la primera vez que pensaba en las distintas tonalidades de azul que podían existir en unos ojos.

Y, ahora que lo pensaba, ¿por qué los elfos de Edenost tenían los ojos y el cabello negros mientras que aquellos otros parecían pintados en tonos de blanco y azul, como esculturas de hielo vivientes?

¿Y dónde encajaría Sade en aquel mundo élfico?

Fuera como fuese, no se parecería en nada al lugar que ocupaba en la corte de Laire. No si de ella dependía lo más mínimo.

Sade se sintió como un insecto bajo el microscopio cuando el rey habló por fin.

—Tiene poder y fuerza, hijo mío —dijo—. Los Dioses han elegido bien para ti.

Aranion alzó la vista hacia su padre. Su expresión era una mezcla de sorpresa y alegría.

—Padre... Yo creía...

—Sí. —El rey suspiró—. No soy quién para discutir la voluntad de los Dioses. Pero seguirás necesitando una reina.

El rostro de Aranion, tan radiante un instante antes, volvió a ensombrecerse.

—Debemos reforzar nuestras alianzas —continuó el rey—, especialmente ahora. No me cabe duda de que, cuando la corte de Edenost descubra que este intento de asesinato ha fracasado, se preparará para la guerra.

—No me casaré con nadie más —dijo Aranion. Le había quitado a Sade las palabras de la boca—. Sade es mi alma gemela. No me comprometeré con otra.

El rey Silivren apretó los labios y soltó un suspiro por la nariz.

Sade estuvo a punto de sonreír: su madre ponía a veces esa misma cara cuando pillaba a sus hijos haciendo alguna estupidez monumental.

Pero aquel era un momento demasiado serio.

Sade no permitiría bajo ningún concepto que obligaran al hombre que amaba a casarse con otra mujer.

Sus pensamientos debían de haberse reflejado en su rostro, porque el rey dijo:

—Los dos estáis cansados.

Y añadió, dirigiéndose a Aranion:

—¿Por qué no instalas a tu mortal y pasáis un tiempo a solas? Cuando resolváis las tensiones de vuestra separación, los dos podréis pensar con más claridad. En cuanto al cambiaformas...

—Haytham está conmigo —interrumpió Sade. Probablemente fuera una grosería interrumpir a un rey anciano, a un alto señor o lo que fuera, pero, al fin y al cabo, él no era su líder y, si no dejabas las cosas claras con la gente, te acababa pisoteando.

Un destello de irritación cruzó el rostro del rey Silivren.

—La única razón por la que tú no estás siendo interrogada, mortal —dijo con severidad—, es tu vínculo de alma con mi hijo, y que él ha respondido por tu integridad.

—Entonces Aranion responderá también por la integridad de Haytham —dijo Sade—. ¿Verdad?

—Mmm... —Aranion estaba desconcertado—. Quiero decir...

—Haytham me salvó la vida —dijo Sade— y sacrificó más de lo que podáis imaginar para romper el hechizo que la realeza de Edenost ejercía sobre él.

Si lo metéis en la cárcel y lo interrogáis, o le hacéis cualquiera de esas cosas horribles que acostumbráis los elfos, tendréis que hacérmelo también a mí, porque me iré con él.

—Sade —dijo Haytham—. No tienes que hacer esto.

—Me salvaste la vida y nunca fuiste cruel conmigo. No permitiré que lo sean contigo —le dijo ella—. Es lo mínimo que puedo hacer.

—La palabra de Sade me basta —intervino Aranion—. El cambiaformas está bajo mi protección, padre. Asumo la responsabilidad de sus actos como invitado mío.

—Ten cuidado, hijo mío —dijo el rey—. Si nos traiciona, el castigo recaerá sobre ti.

—Lo entiendo.

El rey suspiró.

—Pues bien, que caiga sobre tu cabeza. Lo alojaremos en las mismas dependencias que habíamos reservado para tu antigua prometida.

Dadas las conexiones que este cambiaformas tuvo en el pasado con nuestros enemigos, mantendremos vigilados tanto a él como a tu alma gemela.

Pero no interrogaremos a ninguno de los dos sin su consentimiento.

Parecía justo. Al fin y al cabo, los elfos no podían mentir directamente, aunque Sade había aprendido hasta dónde eran capaces de retorcer la verdad.