Al filo de las espinas (Reclamada por el elfo nº 1) Restitución
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Restitución

Ocho

Hacer el amor con Sade era como beber vino de luz de luna; como aquella vez en que Aranion y Meldigur, en la última prueba de su adiestramiento como exploradores, habían dejado atrás los Árboles del Mundo y escalado la Cumbre de Vardainiel para ver amanecer por encima de las nubes.

Mientras hacía el amor con Sade dos veces más en casa de Meldigur, Aranion creyó que llegaría a saciarse, pero cada clímax lo dejaba deseándola más.

Una vez, mucho tiempo atrás, se había creído enamorado, cuando tenía el cabello negro de un niño y se encaprichó de la segunda más joven de las hijas de lord Eruantien.

La familia de ella había obtenido el título cuando el abuelo demostró su valía en una guerra contra la corte de Edenost, cinco siglos atrás.

La propia Eruantien le llevaba una década de edad y un siglo de conocimientos.

Lo había conducido hasta su alcoba con caricias ligeras y juguetonas, mientras se abrazaban y bailaban bajo las estrellas.

Él se había creído enamorado mientras sondeaba las profundidades de la dama, le ataba las muñecas con seda y le depositaba dulces besos en el cuello.

Pero su pasión se apagó con el otoño, cuando el padre de Aranion llamó a ambos jóvenes a su cámara privada y les dijo que eran libres de aplacar sus pasiones el uno con el otro cuanto quisieran, pero que nunca se casarían: ella jamás sería reina.

Con aquella proclamación, el interés de Eruantien se extinguió de golpe, y lo dejó solo y traicionado tanto por ella como por su padre, que valoraba más la corona que la felicidad de su hijo.

Durante cinco años, Aranion se negó a hablar con su padre. Había elegido a los exploradores para su aprendizaje, una decisión con la que no estuvo de acuerdo ninguno de los lores, ni tampoco su propio padre.

Pero ahora, entre los brazos de Sade, sentía que el veneno de aquella traición —la de lady Eruantien y la de su propio padre— se había vaciado por fin de la herida.

Ya no se sentía amargado. Después de todo, si se hubiera casado con lady Eruantien, jamás habría conocido a Sade y su alma estaría incompleta.

Cuando Aranion y Sade salieron al fin de los baños, hacía rato que había pasado el mediodía y volvían a tener hambre.

Meldigur, siempre tan dado al espectáculo, había dispuesto para Sade una túnica ceremonial de seda vaporosa en oro, rojo y negro que la hacía parecer envuelta en un halo de llamas vivas.

Aún se estaba ciñendo el cinturón a la cintura cuando Aranion ya deseaba volver a quitárselo, cubrirle de besos el cuello y los hombros —y más abajo—. Quería saborearla y tocarla hasta que volviera a temblar de deseo… y aquel no era el momento.

Sade alzó la vista y se le oscurecieron las mejillas bajo aquella mirada. El agua le había suavizado el cabello, que ahora le caía alrededor del rostro en una espesa ola de rizos oscuros y apretados. Se pasó la lengua por los labios carnosos.

No, se dijo Aranion, aunque sintió que su cuerpo respondía. Llevaban ya horas allí y Meldigur podía volver en cualquier momento con el Rey elfo. No sería muy buena idea que Aranion y Sade estuvieran en plena vorágine amorosa cuando llegaran.

Como si le diera la razón, a Sade le rugió el estómago. Se le sonrojaron aún más las mejillas y apartó la mirada.

—Deberíamos comer —dijo Aranion con una sonrisa.

Como la mayoría de los elfos, Meldigur tenía una despensa que se abría con un sencillo encantamiento, y Aranion lo pronunció entonces.

Era un riesgo calculado: usaba un poco de magia, pero, con suerte, no la suficiente para que lo detectaran y lo identificaran, a menos que alguien estuviera buscando a Aranion dentro de los límites de la corte en aquel mismo instante.

Teniendo en cuenta que llevaba casi una semana huyendo, lo dudaba.

Aranion eligió para ambos un almuerzo sencillo: estofado de setas especiado, dulces y un delicado té de flores moradas que los relajaría sin privarlos de la lucidez ni de sus facultades. Luego se sentaron a comer.

Aunque él y Sade habían explorado a fondo el cuerpo del otro desde que ella cruzó desde el mundo mortal, aquella era la primera vez que mantenían una conversación tranquila sobre sus vidas.

Aranion escuchó embelesado mientras Sade le contaba cómo había crecido en el mundo mortal y le hablaba de todas sus maravillas; por ejemplo, de las cajas encantadas que usaban para compartir información e historias.

—Siempre hemos pensado que los mortales no tenéis magia —dijo Aranion. Lo que acababa de oír lo había dejado asombrado.

—No es magia —dijo Sade—. Es ciencia. Hasta que te conocí, creía que la magia solo existía en los libros y las películas.

—Pero fuiste testigo de ella, ¿no? —preguntó Aranion—. Me viste, lo recuerdo, durante mi rito de madurez.

Sade asintió.

—Pero mi hermano me convenció de que me lo había inventado todo. La única persona que conocía que creyera en la magia era mi abuela, pero se volvió loca.

Sade se encogió de hombros.

—O quizá simplemente cruzó hasta aquí y eso la volvió loca. No lo sé.

—En vuestro mundo debe de existir alguna forma de magia verdadera —dijo Aranion—.

De lo contrario, las puertas no funcionarían.

Muchas veces me he preguntado qué une nuestros mundos, y por qué.

Pero, hasta ahora, siempre había dado por hecho que los mortales eran inferiores a nosotros. Es lo que nos enseñan de pequeños.

—Sí —dijo Sade. Tenía la mirada perdida, como si contemplara algo más allá de la habitación en la que estaban sentados—. A mucha gente le enseñan que otra clase de personas son inferiores —añadió—, y están igual de equivocados. Nosotros lo llamamos prejuicio.

Debió de percibir su bochorno y su vergüenza a través del vínculo de almas, porque volvió a fijar en él la mirada, tan clara como siempre.

—Aunque a nosotros nos enseñan que vosotros no existís.

Sonrió un poco.

—Creo que, si le dijera a Charles que estoy saliendo con un elfo, se desmayaría de la impresión.

—Charles. Ese es tu hermano, ¿verdad?

—Sí. Desde que murió mamá ya no estamos tan unidos como antes, pero seguimos hablando por teléfono todas las semanas.

Sade respiró hondo para serenarse.

—Cuando resolvamos todo esto con tu padre y cancelemos esa boda tuya, tengo que contarle a Charles lo que ha pasado. Tengo que hacerlo, de algún modo. Soy la única familia que le queda.

A la voz de Sade asomó una amargura largamente guardada.

—Mi padre no nos va a venir a buscar, ahora que tiene mujer nueva y dos hijos rubios.

«¿Rubios?», se preguntó Aranion. El cabello de los mortales tenía tantísimos tonos y, al parecer, no guardaba el mismo significado que para su pueblo.

Sade era claramente adulta, aunque su cabello siguiera siendo oscuro, como el de una niña o una Bane Sidhe.

Pero los mortales maduraban de otra manera, eso Aranion lo sabía.

Crecían a toda prisa hasta alcanzar su cuerpo adulto y luego vivían y morían en un fogonazo deslumbrante.

Como estrellas fugaces, reían, lloraban, ardían y bailaban hasta estrellarse contra la tierra en un estallido de fuego y dolor. Los humanos vivían con urgencia.

Lo más cerca que Aranion había estado jamás de la urgencia fue aquella huida desesperada de su boda. Y, sin embargo, en aquella semana —¡en el único día transcurrido desde que se había vinculado a Sade!— sentía que había vivido toda una vida a velocidad acelerada.

—Somos muy distintos —dijo Aranion en voz baja—. Tú y yo.

Sade negó con la cabeza.

—No tanto —replicó, y le tomó la mano. Despacio, con delicadeza, le recorrió la palma con el pulgar.

Aranion quiso besarla, así que lo hizo. Fue lo contrario de la urgencia de antes. Pero no quería precipitar aquel baile. Quería tomárselo con calma, hasta que ella jadeara desesperada entre sus brazos y él volviera a perderse en ella.

Mientras sus bocas se encontraban y se movían al unísono, Aranion recordó vagamente que no debía hacer aquello en ese momento, pero no logró recordar por qué.

Sintió el desplazamiento del aire antes de oír las voces. Sade parpadeó, confundida, decepcionada y alarmada, cuando él se apartó bruscamente de ella.

—Aranion…

Entonces abrió los ojos de par en par: cinco elfos acababan de aparecer en el espacio despejado del centro de la habitación.

Aranion los abarcó de un vistazo. La primera figura era su padre, el Rey Anciano Silivren. A su derecha estaba Meldigur, con el rostro extrañamente indescifrable.

Aranion sintió que el estómago se le convertía en hielo cuando dirigió la mirada hacia los otros tres.

A la izquierda del rey Silivren se encontraba su homólogo, el rey Nocthrandir de los Bane Sidhe.

Tenía el pelo y los ojos negros, vestía una gruesa armadura de madera lacada y llevaba a la espalda una afilada espada de plata élfica.

A su lado estaba su hija, Lairelithoniel, la mujer con la que Aranion debía casarse.

Eso, por sí solo, habría bastado para convencer a Aranion del trágico desenlace que les aguardaba. Pero el último sello sobre su futuro estaba a la izquierda de la princesa elfa: el Justicius supremo, Faelon.

El anciano elfo iba envuelto en túnicas rojas. Solo se le veía la mitad inferior del rostro. Aunque se mantenía erguido y alto, llevaba en la mano izquierda un bastón de madera clara, símbolo del sacrificio que había hecho: los ojos que le habían arrebatado al jurar su voto de justicia.

Aranion supo entonces que todo había terminado.

Si le hubieran dado la oportunidad de hablar a solas con su padre, quizá habría logrado influir en la opinión del Rey Anciano. Quizá.

Pero ahora, bajo la mirada de la ley y de la prometida a la que había traicionado, Aranion no tendría ninguna posibilidad de salvarse a sí mismo ni de salvar a Sade.

—Hijo mío —dijo el rey Silivren.

Como siempre, iba impecablemente ataviado de oro resplandeciente; la seda rígida se ajustaba a la perfección a su postura recta e inflexible y a su expresión glacial.