Al filo de las espinas (Reclamada por el elfo nº 1) Underhill #2
16%

Underhill #2

Aranion negó con la cabeza, aunque sus labios se curvaron en una insólita sombra de sonrisa.

—Es poco probable que dos mortales cayeran al otro lado por casualidad —dijo—. Y que, además, yo matara a uno de ellos. Y, en cualquier caso, aunque se lo creyeran, como elfo no puedo mentir.

Sade no sabía qué era más sorprendente: lo que Aranion acababa de decir sobre su incapacidad para mentir, o que aquel hombre devastadoramente guapo acabara de afirmar que era un elfo.

—¿Qué? —dijo, con gran elocuencia.

Sí, de acuerdo, tenía las orejas. Y la pinta. Bueno, no la pinta de los elfos de los grandes almacenes que supuestamente fabricaban juguetes en Navidad, sino la de una belleza increíble, como en las películas de El Señor de los Anillos.

Pero ¿quién iba por ahí soltando que era un elfo? Como si fuera lo mismo que decir que eras camboyano o judío.

Sade no veía películas de fantasía desde que era niña. Y de repente parecía estar viviendo dentro de una.

Todo resultaba imposible.

—Bueno, eh… —dijo, intentando ser práctica—, en cualquier caso tendremos que hacer algo con el cuerpo de Michael. ¿Puedes… no sé… prenderle fuego con magia o algo así?

Aranion contempló el cadáver con gesto pensativo, ¿incluso algo triste?

—Puede que tenga que arriesgarme. Pero los exploradores ya me están buscando; lo hacen desde que abandoné la corte de mi padre.

Y cada vez que uso la magia dejo una marca en el plano astral, y resulto más fácil de encontrar.

—Suspiró—. La verdad, casi daba por hecho que estarían aquí cuando llegamos.

Pero sospecho que la Puerta está confundiendo mis huellas.

Volvió a estudiar el cuerpo y pareció llegar a una conclusión.

—Lo mejor será dejarlo para los carroñeros —dijo con determinación—. De todos modos, llegarán enseguida. Los que se alimentan de los muertos tienen los sentidos muy afinados.

«¿Los que se alimentan de los muertos llegarán enseguida? ¿Los exploradores me están buscando?». Todo aquello le sonaba mal a Sade. Muy, muy mal.

Si tuviera algo de instinto de supervivencia, pensó, volvería a cruzar la puerta y se arriesgaría con la policía.

Pero no podía abandonar a Aranion sin más, no después de que él hubiera decidido jugarse una muerte horrible para salvarla.

—¿Quizá podrías volver conmigo? —sugirió.

Pero ¿cómo iba a explicar quién era: un hombre con el pelo del color de la luz de la luna, que no figuraba en ningún registro y que ni siquiera hablaba inglés?

Por no mencionar que la policía se pondría a hurgar en su vida y en su relación con Michael mientras investigaba la desaparición de este.

«Ex desaparecido» más «nuevo amante misterioso» sumaban «sospechoso» a ojos de cualquiera.

Aranion volvió a negar con la cabeza ante su sugerencia.

—Hay demasiado hierro y demasiada muerte en tu lado del velo —dijo—.

Construís vuestras casas con los huesos de cosas muertas.

Incluso vuestros carruajes, aunque sus ojos brillen con un simulacro de vida, no albergan ningún espíritu dentro.

Además, una vez que tu gente descubriera mi verdadera naturaleza, las torturas que infligirían a mi carne harían que los dracos dyre parecieran una bendición.

El instinto de Sade la impulsaba a discutir con él. Pero no sabía qué haría su gobierno si le echaba el guante a Aranion. El ahogamiento simulado podía ser lo de menos.

Y, aunque Aranion lograra ocultar su identidad como elfo, había matado brutalmente a alguien en el jardín de su casa.

Sade no podía descartar que algún vecino hubiera visto o grabado parte de lo ocurrido desde las ventanas de alrededor y lo hubiera subido a las redes sociales.

Al fin y al cabo, alguien había llamado a la policía.

Incluso cabía la posibilidad de que la hubieran visto a ella y a Aranion arrastrando el cadáver de Michael a través de la Puerta.

—Entonces —dijo Sade, mientras le daba vueltas—, ¿no puedes mentir en absoluto?

—Puedo negarme a contestar o responder con una verdad que induzca a error —dijo Aranion—. Pero mentir directamente, no. Ninguno de nosotros puede.

—Vaya. Tiene que ser duro.

Aranion se encogió de hombros.

—Como pueblo, hemos hecho un arte de desviar la atención.

Desviar la atención, ¿eh? Ahí tenía que haber una respuesta. Sade la notaba rondando el borde de su conciencia.

Pero los horrores de la noche empezaban a pasarle factura.

Si aquello era de verdad un sueño, ¿no debería haberse despertado ya?

Y si no lo era, entonces todo —que Michael la hubiera encontrado, su cadáver sobre el suelo cubierto de musgo y ahora aquellas amenazas de tortura y muerte—, todo era real.

No podía con aquello. No podía quedarse allí charlando de semejantes cosas junto al cadáver de su examante.

—Necesito… —empezó—. ¡No puedo quedarme aquí!

¿Y adónde podía ir? Hizo un gesto vago hacia los árboles, la única dirección visible que ofrecía huida o refugio.

Sade odiaba la idea de dejar el cuerpo de Michael a merced de los monstruos fantásticos que pudieran habitar allí; la odiaba de veras. Pero él ya estaba muerto.

Ella y Aranion no estaban tan a salvo. Ni de los monstruos devoradores de carne ni de aquellos rangers elfos que perseguían a Aranion. Sade deseó estar de vuelta en la ciudad. Al menos allí sabía de qué huía.

Aranion la miraba de un modo extraño, quizá anhelante.

Dijo despacio, como si le costara pronunciar las palabras:

—Deberías volver a casa.

Sade le sostuvo la mirada. Habló también despacio:

—Ya me habías visto antes, cuando era niña. Por eso me ayudaste, ¿verdad?

Aranion asintió. No apartó los ojos de los de ella.

—Entonces no puedo dejar que te maten. Hay algo que nos empuja al uno hacia el otro —susurró.

En realidad no había querido decirlo, pero añadió:

—Tú también lo sientes.

Aranion volvió a asentir.

—Lo sé —dijo. Le tomó la mano. El apretón era firme; la piel, suave. Y olía demasiado, demasiado bien para alguien que acababa de matar a un hombre.

—Entonces estamos juntos en esto —dijo Sade.

Era una idea terrible, por supuesto. Enamorarse de un elfo que huía de una sentencia de muerte, y eso sin contar aquello de lo que debía de venir huyendo antes, lo bastante grave para que esos rangers le siguieran la pista.

«Siempre he tenido debilidad por los chicos malos», pensó Sade, con cierto desvarío.

Se adentraron juntos en el bosque.