Underhill
Tres
Sade seguía esperando que todo aquello fuera un sueño de una lucidez demencial.
Una pesadilla lúcida. Al menos eso resultaría más creíble que la idea de que un producto de su imaginación infantil, de una belleza arrebatadora, hubiera salido de un agujero en el aire y le hubiera disparado una flecha a su ex chalado.
Quizá eso explicaba que hubiera ayudado a aquel hombre con el cadáver. Al fin y al cabo, los sueños tenían su propia lógica. Solo había que dejarse llevar.
Aun así, prefería con mucho el divertido sueño erótico de la noche anterior a semejante locura.
Sade supuso que tarde o temprano despertaría. O eso, o se le pasaría el shock y se desmoronaría por completo.
Pero lo primero era lo primero.
En ese momento, Sade estaba de pie en un bosque espeso y resplandeciente, sujetando a Michael por los tobillos. Su salvador había bajado al suelo la mitad superior del cuerpo de Michael, así que Sade hizo lo mismo.
A la luz fosforescente, mientras miraba el rostro inerte de Michael y el agujero ensangrentado de su garganta, por donde se le había escapado la vida, Sade no supo qué sentir.
Lo había amado en otro tiempo. Pero eso había sido mucho tiempo atrás.
Mucho antes de que le pusiera un cuchillo en el estómago y le dijera que le sacaría las tripas si gritaba.
Si aquel hombre —el producto de sus recuerdos infantiles, o lo que fuera— no hubiera estado allí, ¿qué habría hecho Michael?
Sade creyó que iba a vomitar. Dio un paso atrás, alejándose del cadáver.
El hombre dijo algo.
Sade negó con la cabeza. Tenía que recomponerse y ser educada. Era lo menos que podía hacer, pero resultaba inquietante no entenderlo.
Sade respiró hondo y alzó la barbilla para sostenerle la mirada. Al menos él también tenía la delicadeza de parecer incómodo.
Sade se señaló el pecho.
—Sade —dijo—. Soy Sade.
El hombre repitió su nombre. Su voz era seda líquida acariciándole los oídos.
Desde luego, se le había ensanchado el cuerpo desde la época en que ella era una niña.
Seguía siendo delgado, sí, pero ahora su delgadez tenía sustancia: músculo fibroso sobre hueso.
Ahora la dureza de sus rasgos resultaba peligrosa en vez de extraña.
Y, como la tonta que era, el peligro la atrajo y le hizo desear que la tocara con poder y dominio, como la luz de la luna de su sueño.
¿Había sido aquello su magia? Tenía que ser magia de algún tipo, con ese aspecto, como un sueño salido directamente de la pantalla de una película de fantasía épica.
Hasta tenía las orejas puntiagudas. ¿Cómo sería tocárselas?
Solo pensarlo le encendió la cara.
Sade bajó la vista hacia el cadáver de Michael y sintió vergüenza. No era el momento, desde luego.
El hombre se señaló a sí mismo.
—Aranion —dijo con claridad.
—Aranion.
Sade sonrió.
—Gracias, Aranion. Por tu ayuda.
Aranion ladeó la cabeza. Algunos mechones se escaparon de la cinta con la que se había recogido el pelo y cayeron en torno a su rostro como hebras de luz de luna.
Suspiró, murmuró algo y luego dijo:
—Sade. —Y señaló a su espalda.
Sade se volvió.
Detrás de ella era como si mirara su jardín trasero a través de una charca jabonosa. Desde la calle destellaban luces azules y rojas, y dos agentes de policía cruzaban el césped.
Sade se quedó desconcertada. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? Negó con la cabeza.
—No puedo —dijo.
Desde luego, no pensaba aparecer de la nada delante de un montón de policías.
La detendrían, o algo peor. Y con la sangre de Michael embadurnándole la camiseta, el coche de Michael en la entrada y más sangre de él en la hierba, dudaba que ningún abogado que ella pudiera pagarse le sirviera de mucho para sacarla de la cárcel una vez la metieran allí.
Por no hablar de lo que su salvador elfo le hubiera hecho a Maria.
Lo mejor era esperar a que pasara el chaparrón.
Se oyó un crujido y Sade alzó la vista: Aranion se acercaba. Se detuvo y se arrodilló frente a ella.
Le puso los dedos bajo la barbilla y la miró a los ojos, como si buscara algo. Tenía los ojos de un azul grisáceo profundo que a Sade le recordaba el cielo justo antes de una tormenta. Sintió que conocía aquellos ojos desde siempre.
La zona justo por debajo de su campo de visión se iluminó. Bajó la mirada y vio que la mano de él resplandecía.
A Sade le dio un vuelco el corazón. Cuando había hecho aquello antes, apenas unos minutos atrás, había dejado inconsciente a Maria, su vecina…
Sade intentó apartarse, pero él la agarró del hombro y la sujetó con firmeza. Aunque no le hubiera puesto una mano encima, Sade sospechaba que aquella mirada la habría dejado clavada en el sitio.
«Corre. Tienes que correr. Aléjate. ¡Que te haya rescatado no lo convierte en alguien inofensivo!»
Ahora le resplandecía todo el cuerpo, y Sade se dio cuenta de que no era solo él: el resplandor los rodeaba a los dos.
Sentía calor. No, ardía, y había una voz en su mente.
Susurraba justo más allá de los límites de su consciencia.
No entendía sus palabras, pero quería algo.
La voz se multiplicó hasta convertirse en un coro, una cacofonía de susurros que hablaban en lenguas distintas y se superponían frenéticamente, hasta que Sade tuvo la certeza de haberse vuelto completamente loca.
—¡Para! —gritó Sade.
A su alrededor, los pequeños sonidos del bosque, en los que ni siquiera se había fijado, cesaron de golpe, y lo único que se oyó fue su propia respiración aterrada.
—¿Sade? —dijo él, con voz profunda y preocupada—. ¿Estás bien?
Sade tardó un momento en darse cuenta de que estaba hablando en inglés. Lo miró, pasmada.
—¿Qué me has hecho?
—Lo siento —dijo Aranion—. He tenido que imponernos un geis a los dos para que pudiéramos entendernos. Ni siquiera estaba seguro de que funcionara con una mortal, pero parecías alterada y no entendías lo que intentaba decirte.
Ahora sí entendía sus palabras, pero la seda líquida de su voz seguía resultando igual de seductora. Sade pensó que se contentaría con quedarse tumbada en sus brazos escuchándolo hablar eternamente.
Como si eso importara lo más mínimo en aquel momento.
—Ha sido raro —dijo ella con cautela.
—Sí —respondió Aranion, y la miró con intensidad; con curiosidad, se dijo ella—. El hechizo se apoderó de ti con mucha fuerza. Debe de ser tu magia mortal. El geis debería haberte hecho cosquillas en la mente, nada más.
—Bueno, ha sido más bien como si metieras un campo de fútbol entero de gente dentro de un armario, todos gritando y aporreando platillos.
—¿Qué es un campo de fútbol? —preguntó Aranion con curiosidad.
Sade negó con la cabeza.
—No te preocupes. —Suspiró—. Escucha, creo que sería mejor que me quedara aquí contigo, escondida, un día o dos, al menos hasta que la policía se haya marchado de mi casa.
—¿La policía? ¿Son esos de los carruajes metálicos que lanzan destellos rojos y azules?
—Sí, esos son —respondió ella con gesto sombrío—. Y aunque el cuerpo de Michael haya desaparecido, su camioneta sigue en la entrada de casa, y hay bastante sangre en la hierba como para que sepan que algo pasa. Por no hablar de lo que ocurrirá cuando María se despierte.
Si es que María se despertaba. El pensamiento repentino la llenó de horror. ¿En qué se había metido al seguir a aquel hombre hasta otro mundo?
—No la has matado, ¿verdad? A María, la chica de la casa de al lado.
Aranion pareció horrorizado.
—¡Jamás derramaría la sangre de una inocente!
Fue un alivio. Sade ni se había dado cuenta de que estaba conteniendo la respiración hasta que la soltó.
—Tu María despertará dentro de un día o así —continuó Aranion—, como si saliera de un sueño muy largo. Y no recordará nada.
—¿Eso ha sido otro…?
«¿Cuál era la palabra que había usado?».
—¿Otro geis?
—Sí, pero uno chapucero —respondió él. Parecía un poco avergonzado, un poco contrariado—. No tenemos por costumbre encantar a los mortales, debes saberlo. De hecho, si alguien descubriera que he cruzado a tu mundo, el castigo sería severo.
—¿Severo? ¿Cómo de severo?
—Borrarán mi nombre de los anales de los Árboles del Mundo —dijo—, me despojarán de mi magia, me someterán al suplicio de los mil cortes y, una vez debilitado, me encadenarán a los acantilados de los Dientes del Infierno, a las puertas de la Corte de los Bane Sidhe, para que los dracos dyre devoren lo que quede de mi carne.
Sade lo miró fijamente, buscando alguna señal de que bromeara, pero parecía completamente serio.
—Dios santo —dijo, y sintió que se le helaba la piel.
No había reconocido ni la mitad de las palabras que había usado, pero todo sonaba espantoso.
No era de extrañar que nadie en el lado humano supiera nada de aquellas puertas ni de lo que vivía al otro lado, si ese era el castigo que recibía su pueblo por cruzarlas.
—Aunque —continuó Aranion—, quizá mi padre encuentre alguna manera de atenuar mi condena. Al fin y al cabo, es el Rey Anciano.
—¿Cuántos reyes hay? —soltó Sade.
—Dos. Mi padre, el Alto Señor Silivren. —La expresión de Aranion se ensombreció—. Y el rey Nocthrandir, de la corte de Edenost.
—No te gusta la corte de Edenost.
—Sus costumbres me resultan desagradables.
El tono con que pronunció «desagradables» le quitó a Sade las ganas de preguntar nada más. Negó con la cabeza, intentando despejarse.
—Pareces muy tranquilo con todo esto —dijo. Y se quedaba corta.
Aranion se encogió de hombros.
—Se llega a un punto de desesperación más allá del cual ya no puedes tener miedo —dijo.
Aquello hizo que Sade lo mirara con otros ojos.
En la expresión seria de aquel rostro hermoso y extraño distinguía ahora las líneas de tensión, y la preocupación y el cansancio en sus bellos ojos.
Hijo del rey o no, parecía que Aranion lo estaba pasando mal, incluso peor que ella.
Sade sintió que sus propios problemas pasaban a un segundo plano.
—Escucha —dijo—, quizá puedas echarme la culpa a mí. Di que pasé por allí sin más, o algo así. ¿O sois tan duros con los intrusos como con los vuestros?