Al diablo con el amor CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

La cena del veinticinco fue ruidosa y larga y tuvo tres conversaciones simultáneas en algún punto de los postres, con Selah y Colette descubriendo que las dos tenían opiniones muy sólidas sobre los mismos temas de maneras completamente distintas y que eso, en lugar de generar conflicto, generaba el tipo de diálogo que podría haber durado horas, y con Denny explicándole al primo de Selah el sistema de colores en las válvulas del sistema contraincendios con más detalle del que nadie podría haber necesitado, y con mi padre y Roan hablando de béisbol de una manera que me sorprendió porque yo no sabía que Roan seguía el béisbol, aunque después me acordé de que a los veinticuatro años sí lo seguía y era evidente que eso no había cambiado.

—¿Desde cuándo sigues el béisbol? —le pregunté, cuando encontré un momento.

—Desde siempre. Los Astros. —Pausa—. ¿Tú no?

—Los Rangers.

—Eso es un problema.

—Llevamos juntos tres meses y no sabíamos esto el uno del otro.

—Es porque hemos estado ocupados con cosas más importantes que el béisbol.

—¿Como qué?

—Como bourbon de treinta años. Contratos corporativos. El sistema contraincendios. —Me miró—. Ya tenemos tiempo para el béisbol.

—Tenemos toda una temporada por delante —dije.

—Exacto.

La cena terminó tarde, con Colette prometiendo volver en primavera para el lanzamiento de Margaret, que Roan ya le había descrito con suficiente detalle como para que ella también lo tuviera marcado en el calendario, y con Denny llevándose la última porción del pastel de la panadería de la carretera envuelta en papel de aluminio con la diligencia de alguien que no deja comida buena atrás.

Cuando todos se fueron, Roan y yo recogimos en la cocina en el silencio confortable de dos personas que ya saben cómo ocupar el mismo espacio sin necesitar llenarlo de ruido, y en algún punto entre secar los platos y guardar las sillas del comedor, me detuve en el centro de la sala y me quedé mirando la decoración que habíamos puesto juntos la semana anterior, las luces en el alféizar de la ventana y la corona pequeña en la puerta interior que Denny me había dejado, y pensé que la casa tenía un aspecto diferente al que había tenido los dos años anteriores en estas fechas, no porque hubiera cambiado nada físico sino porque estaba llena de una manera distinta.

—¿Qué piensas? —preguntó Roan, desde la cocina.

—Que mi casa tiene una energía diferente este año.

—¿Mejor o diferente?

—Mejor. Definitivamente mejor.

Salió de la cocina, se apoyó en el marco de la puerta, y me miró desde ahí con la expresión que tenía cuando algo le parecía importante y decidía no disimularlo.

—Mi madre me ha dicho en el coche de vuelta que eres exactamente lo que esperaba —dijo.

—¿Qué esperaba?

—Dice que desde que empecé a contarle cosas de Austin en agosto, cada historia que le contaba tenía el mismo tono. Y que el tono era el de alguien que había encontrado algo y todavía no sabía cómo nombrarlo.

—¿Y ahora?

—Ahora dice que lo ha nombrado ella misma y que lo que ha visto hoy en mi cara es lo que lleva veinte años esperando ver.

—¿Qué ha visto?

—Que estoy en el sitio correcto. —Sonrió, despacio—. Sus palabras exactas fueron: "Ese chico por fin parece que ha llegado a algún sitio".

Me reí.

—Es una descripción bastante exacta.

—Lo es. —Se separó del marco de la puerta y cruzó la sala—. ¿Puedo quedarme esta noche?

—El despacho con el sofá cama sigue disponible.

—El sofá cama lleva meses sin desplegarse.

—Eso también es verdad.

—¿Eso es un sí?

—Eso es un sí que lleva siendo sí desde el primer martes que te quedaste dormido en el sofá —dije—, pero que no tenía sentido decir en voz alta hasta ahora.

Apagamos las luces del árbol, las del alféizar, la de la cocina.

Y la casa quedó en el silencio particular de las noches de diciembre en Dripping Springs, con el frío fuera y el calor dentro y los grillos reemplazados por el viento entre los árboles, y algo que llevaba tiempo siendo verdad y que ese año, por primera vez, también era completamente visible desde fuera.

•  •  •

El treinta y uno de diciembre, con el año a punto de terminarse y la destilería cerrada hasta el dos de enero, Roan y yo fuimos al lago.

No el Lady Bird Lake de Austin, que en esa noche tendría sus propios celebrantes y su propio ruido.

Un lago más pequeño, sin nombre oficial, que estaba a quince minutos de mi casa por un camino de tierra que solo conocían los lugareños y que en verano era un sitio de pesca y en invierno era simplemente agua quieta rodeada de cipreses pelados.

Llegamos cuando ya era oscuro, con una manta, dos vasos, y la botella de bourbon de cuatro años que yo siempre llevaba cuando quería algo familiar y sin pretensiones.

No había nadie más. Solo el agua y los árboles y el cielo sin nubes de diciembre cargado de estrellas en la cantidad particular de los sitios donde no hay nada que compita con ellas.

Nos sentamos en el embarcadero de madera que alguien había construido hacía décadas y que nadie se había molestado en retirar, con los pies colgando sobre el agua negra y quieta, y bebimos en silencio durante un rato, mirando las estrellas.

—¿Qué dejamos en este año? —preguntó Roan, al final.

—El miedo de que las cosas no funcionaran —dije—. La incertidumbre de si el acuerdo iba a llegar. Y siete años de distancia que ya no tienen ningún sentido mantener.

—¿Y qué nos llevamos?

Lo pensé de verdad, con el bourbon cálido en la mano y el lago quieto a los pies y el año terminándose en algún punto que los relojes sabrían pero que el lago no parecía registrar.

—Earl's Daughter —dije—. Margaret. El acuerdo con Cordray. La terraza al sur. La Moka Express. Denny pintando las válvulas con colores. La corona de Navidad. La mirada de tu madre cuando te miró en la cena. —Pausa—. Y esto. Este momento también.

—¿Lo añadimos al inventario?

—Página veinte de la libreta.

—Página veinte —repitió, y sacó la libreta del bolsillo interior de la chaqueta, que llevaba consigo con la constancia de quien sabe que los momentos que importan no avisan con antelación, y anotó algo a la luz tenue del cielo de estrellas, con la letra pequeña y apretada que yo ya conocía como si fuera mía.

—¿Qué estás apuntando? —pregunté.

—El lago. La manta. El bourbon de cuatro años. Las estrellas. —Una pausa—. Y la cara que pones cuando estás completamente tranquila, que es distinta a todas las demás caras que tienes y que tarda en aparecer pero que cuando aparece es lo más bonito que he visto.

No respondí de inmediato.

—Eso es demasiado para una sola página —dije, al final.

—La letra es muy pequeña.

—Aun así.

—¿Te molesta?

—No.

—¿Te parece excesivo?

—No. —Lo miré—. Me parece el tipo de cosa que querré que alguien haya escrito cuando tenga noventa y un años y esté buscando lo que valió la pena.

Se quedó callado un momento, con la libreta cerrada sobre las rodillas.

—Este año —dijo, despacio, con la voz de alguien que está eligiendo las palabras porque quiere que sean exactas— me ha dado más cosas que los siete anteriores juntos. Y quiero que el siguiente sea mejor todavía.

—¿Cómo se mejora esto?

—No lo sé. Pero me parece que tú y yo somos bastante buenos encontrando la manera.

En algún sitio lejano, probablemente en Austin, empezaron los fuegos artificiales del año nuevo, demasiado lejos para verlos pero lo suficientemente cerca para escucharlos, un rumor de celebración que llegaba amortiguado sobre el agua y que hacía que el lago pareciera todavía más quieto por contraste.

—Feliz año —dijo Roan.

—Feliz año —dije.

Y nos quedamos en el embarcadero el tiempo suficiente para que el ruido lejano se apagara y las estrellas volvieran a ser lo único que importaba, con el lago reflejándolas desde abajo como si el mundo tuviera el doble de cielo del que necesitaba pero lo usara de todas formas, por si acaso.