Al diablo con el amor CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Navidad llegó con la velocidad particular que tienen los diciembres cuando uno tiene trabajo real que hacer, y antes de que me diera cuenta estaba el veintitrés y la destilería tenía una corona de pino sobre la puerta principal que Denny había instalado sin que nadie se lo pidiera y que olía, extraordinariamente bien, a resina y a algo levemente especiado que complementaba de manera completamente accidental el olor habitual del lugar.

—¿De dónde has sacado la corona? —le pregunté.

—La hice yo.

—¿La hiciste tú.

—Mi madre siempre las hacía. —Denny miraba la corona con el orgullo tranquilo de alguien que ha descubierto que tiene más habilidades de las que pensaba—. Pino, eucalipto y canela. El eucalipto es del jardín de un vecino que me dejó cortar unas ramas.

—Es preciosa, Denny.

—Gracias. —Pausa—. He hecho tres más. Una para mi casa, una para la del vecino del eucalipto, y una que pensé que podría ir en la sala de degustación, si le parece bien.

—Me parece muy bien.

—¿Y una para el señor Earl?

—Llévale una el domingo cuando vayas a visitarlo.

Denny me miró.

—¿Sabe que voy a visitarlo los domingos?

—Denny, todo el mundo sabe que vas a visitarlo los domingos. Earl me lo contó en octubre. Dice que eres el único que le deja ganar al dominó sin que parezca que le estás dejando ganar.

Denny consideró esto.

—Es que a veces de verdad pierdo —dijo.

—Ya lo sé.

—El señor Earl es muy bueno al dominó.

—Noventa y un años de práctica.

—Eso da ventaja.

—Da mucha ventaja, Denny.

Se marchó a colgar la cuarta corona, y yo me quedé mirando la que había puesto en la puerta principal con el olor a pino y canela mezclándose con el roble de fondo, y pensé que hay personas en la vida que hacen exactamente lo que hace falta en el momento en que hace falta sin que nadie tenga que pedírselo, y que eso es un tipo de inteligencia que ningún título ni ningún entrenamiento puede enseñar, que solo viene de prestar atención al mundo durante suficiente tiempo.

Roan pasó la Navidad en Austin.

No porque yo se lo pidiera, sino porque lo decidió él, y lo comunicó durante la segunda semana de diciembre con la misma naturalidad con que habría dicho cualquier otra cosa logística: que su madre iba a venir de Tulsa a visitarlo del veinticuatro al veintiocho, que reservaría para ella la segunda habitación del apartamento, y que si yo quería podíamos hacer una cena el veinticinco con ella y con mi padre y con quien más pudiera venir.

—¿Tu madre viene a Austin? —dije.

—Lleva semanas preguntando por el lugar al que me he mudado. Y por ti. —Pausa—. Especialmente por ti.

—¿Qué le has contado?

—Lo suficiente para que quiera conocerte. No tanto como para que llegue con expectativas específicas que puedan complicar el primer encuentro.

—¿Y qué es "lo suficiente"?

—Que eres la persona más honesta que conozco y que tu abuelo tiene noventa y un años y un perro que sobrevive milagrosamente y que juntos hacen el mejor bourbon de Texas.

—Eso no dice nada sobre mí como persona.

—Dice todo lo importante —dijo Roan—. Mi madre lleva toda la vida valorando a la gente por si son honestos y si saben hacer bien algo que les importa. El resto es detalles.

La madre de Roan se llamaba Colette Sutherland y era una mujer de sesenta y tres años que llegó a Austin con una maleta grande, una caja de galletas que había hecho ella misma, y la energía de alguien que ha conducido desde Tulsa a Oklahoma City para coger el vuelo a Austin y no ha perdido un átomo de entusiasmo en el proceso.

Era bajita, con el pelo entre gris y rubio recogido en un moño informal, y tenía la misma mandíbula que Roan y los mismos ojos, aunque los suyos los usaban de manera diferente: donde Roan miraba con la atención completa y quieta del que analiza, Colette miraba con la calidez de alguien que ya ha decidido que le va a gustar lo que ve y simplemente está confirmando la decisión.

Nos conocimos en el apartamento de Travis Heights el veinticuatro por la tarde, con la terraza al sur y las luces de Austin empezando a encenderse y la Moka Express haciendo lo suyo en la cocina pequeña, y Colette me dio un abrazo antes de que nadie nos presentara formalmente, lo cual era exactamente el tipo de persona que era.

—He oído hablar tanto de ti —dijo.

—Yo de ti también —dije, y era verdad.

—¿Qué te ha contado?

—Que llama todos los domingos con una puntualidad que puede usarse para ajustar relojes, y que usted es la razón de que él se fuera a Nueva York a hacer algo grande.

Colette soltó una carcajada breve y genuina.

—Lo mandé con la mejor intención del mundo —dijo—. No sabía que iba a tardar siete años en encontrar lo que de verdad quería.

—Los Sutherland son lentos para reconocer las cosas buenas cuando las tienen delante —dijo Roan, desde la cocina.

—Los Calloway también —dije—. Debe ser una enfermedad bastante común.

—¿Y cuándo se cura? —preguntó Colette, con una seriedad fingida que no conseguía del todo.

—Cuando ya no tienes excusa para no reconocerlo —dije.

Colette me miró durante un segundo y luego me miró a él, con la mirada específica de las madres que han esperado mucho tiempo ver algo en la cara de sus hijos y que cuando por fin lo ven no necesitan ninguna palabra adicional para entender lo que están mirando.

—Bien —dijo, con el mismo bien de los Calloway que cargaba más de lo que cabía, y entró a la cocina a inspeccionar la Moka Express sin más ceremonia.

La cena del veinticinco la hicimos en mi casa de Dripping Springs, porque tenía más espacio que el apartamento de Travis Heights y porque mi padre, cuando lo invité, dijo que sí de una manera que sugería que llevaba semanas esperando que alguien lo invitara a algo que no fuera una reunión de trabajo o una cena familiar con la presión implícita de las fiestas.

Vinieron mi padre, Colette, Roan, Selah con su primo que estaba de visita desde Houston, y Denny, que llegó con otra corona de pino y con un pastel que había comprado en la panadería de la carretera y que esta vez no intentó pasar como de fabricación propia, lo cual interpreté como un avance madurativo considerable.

Mi abuelo no vino. Le habíamos ofrecido, pero dijo que las Navidades las pasaba en casa con Trigo y con un programa de televisión que le gustaba y que ponían el veinticinco y que no pensaba perderse por ninguna cena, por muy buena que fuera la compañía.

Le llevé una botella de Margaret el día de antes, de las doce que guardábamos para la familia, y se quedó mirándola durante un momento largo antes de decir:

—Ponla en la estantería junto a las fotos de tu madre. Para cuando quiera hablar con ella.

La puse en la estantería.

Trigo la olió desde el suelo, levantando la nariz hacia el nivel del estante con la energía que le quedaba para estas cosas, y luego la bajó y volvió a su posición.

—Aprobado —dije.

—Ese perro —dijo mi abuelo— entiende más de esto que la mayoría de los expertos que he conocido en cincuenta y seis años de destilería.

—No se lo digas a los sumilleres de la Sala Pecan.

—Los sumilleres de la Sala Pecan necesitan que alguien se lo diga.

Me senté junto a él en el porche, que en diciembre ya tenía la temperatura suficientemente fresca como para necesitar una chaqueta, con la luz del atardecer cayendo sobre el campo de pacanas que había perdido las hojas pero que en ese estado descarnado de invierno tenía su propio tipo de belleza, de estructura visible.

—¿Cómo está el chico? —preguntó mi abuelo.

—Su madre está en Austin. Les vemos el veinticinco.

—¿Vienen aquí?

—En mi casa. Vendrá mi padre también, y Selah, y Denny.

—¿Denny va a intentar llevar su pan?

—Denny ha evolucionado. Ahora trae el pan de la panadería sin fingir que lo ha hecho él.

—Madurez tardía pero madurez al fin.

—Exacto.

Mi abuelo miró hacia el campo de pacanas durante un momento.

—¿Y tú? ¿Cómo estás tú?

—Ya te lo he preguntado yo antes.

—Y yo te lo pregunto ahora. Funcionamos en espejo, tú y yo.

Lo pensé, con la botella de Margaret todavía presente como peso en la estantería a través de la pared, con el nombre en la etiqueta que habíamos diseñado: *Margaret. Calloway & Sons. 1992.*

—Estoy bien —dije—. De la manera en que dijiste que debíamos decirlo. Sin matices.

—¿Sin miedo?

—Con miedo. Pero el miedo ya no es lo más grande de lo que hay. Antes lo era.

Mi abuelo asintió.

—¿Y el chico?

—Se llama Roan, abuelo. Llevas dos meses llamándolo Roan.

—Lo sé. Pero "el chico" también es afecto, cuando yo lo digo.

—Roan está bien. Mejor que bien, creo. —Pausa—. Creo que también lleva mucho tiempo siendo alguien que no terminaba de saber dónde estaba, y que aquí está aprendiendo a quedarse quieto el tiempo suficiente para saberlo.

—¿Y te parece suficiente?

—Me parece que es un proceso. Y que los procesos que valen la pena no tienen fecha de finalización, solo dirección.

Mi abuelo me miró con sus ojos de noventa y un años.

—Eso —dijo— es lo más sabio que te he escuchado decir en muchos años. Y ya llevas unos cuantos diciendo cosas sabias.

—Aprendo de los mejores.

—Aprende de los mejores y luego supéralos. Eso es lo que hay que hacer con los maestros.

Trigo soltó un suspiro desde el suelo que sonaba de acuerdo con ese principio, y nos quedamos los tres, mi abuelo y yo y el perro viejo, en el porche de diciembre con las pacanas sin hojas y la botella de Margaret en la estantería y el año que se acababa con más cosas resueltas de las que yo habría esperado cuando empezó.