Al descubierto: Cinco romances MM CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

Un conductor detrás de nosotros tocó el claxon.

Adrian avanzó.

Miré por la ventanilla.

—En algún lugar que todavía no he decidido que sea seguro.

Su mano abandonó la palanca de cambios y se apoyó en mi rodilla.

—Lo siento.

—¿Por juzgarme?

—Sí.

—¿Por asumir que solo puedo querer lo que he tenido antes?

—Sí.

Su pulgar se movió una vez sobre la tela.

El gesto fue tan suave que dolió.

Paramos a repostar cerca de Westgate Park.

Adrian registró la bolsa de entrenamiento, el salpicadero y los bolsillos.

—¿Qué pasa?

—Mi cartera.

—¿La dejaste en la jefatura?

—Es posible.

El empleado esperaba junto al surtidor.

Pagué.

Adrian protestó.

Lo ignoré.

Cuando volvimos al vehículo, cambió de dirección.

—¿Adónde vamos?

—A mi apartamento.

—Puedes devolvérmelo después.

—Te lo devolveré ahora.

—Tienes unos principios alarmantes respecto a la gasolina.

—Se convierte en deuda.

—Se convierte en cuarenta y tres unidades monetarias.

—Misma categoría.

Su nuevo edificio estaba a cuatro manzanas del mío.

Entramos por el garaje seguro y subimos en ascensor hasta la duodécima planta.

Dentro del apartamento, Adrian fue a la caja fuerte del dormitorio.

Yo me serví agua en la cocina y miré alrededor.

Las zapatillas de Caleb estaban junto al sofá.

En una estantería había una fotografía enmarcada de los padres de Adrian.

La camisa de repuesto que había dejado semanas antes estaba doblada sobre el respaldo de una silla.

La había lavado.

Adrian volvió con dinero en efectivo.

Lo cogí.

—Gracias.

—Déjame llevarte a casa.

—Puedo ir andando.

—Es tarde.

—Son las nueve.

—Sigue siendo tarde.

Cogí la bolsa.

—Termínate la cerveza y disfruta del silencio.

Me siguió hasta la puerta.

La abrí.

—Buenas noches.

—Micah.

Miré atrás.

Adrian dejó las llaves sobre la consola.

—Hablaba en serio en el coche.

—Yo también.

—No.

Se acercó.

—Quería decir que de verdad lo siento.

—Acepté tus disculpas.

—También hablo mal cuando me importa demasiado la respuesta.

Mi mano se cerró con fuerza en torno al pomo.

—¿Qué respuesta?

—Si me deseas.

El ascensor llegó detrás de mí con un suave sonido.

Las puertas se abrieron sobre una cabina vacía.

El momento se quebró.

Retrocedí y entré.

—Debería irme.

Adrian me siguió.

Las puertas se cerraron.

—¿Por qué?

—Porque esto está empezando a ser real.

—Ese era el objetivo.

—¿Para ti?

—Sí.

El ascensor empezó a descender.

Me tomó la cara con ambas manos.

Lo bastante despacio para que pudiera rechazarlo.

No lo hice.

Su boca encontró la mía.

El beso no se parecía en nada al que había utilizado para ocultar un micrófono.

Nada robado.

Nada estratégico.

Adrian me besó como si llevara meses conteniendo aquel movimiento y ya no confiara en su capacidad para contenerse. Sus pulgares descansaban contra mi mandíbula. Su respiración se quebró cuando abrí la boca para él.

Le agarré la camisa.

El ascensor seguía moviéndose bajo nosotros.

Se apartó con la frente apoyada en la mía.

Mantuvo los ojos cerrados.

—Dime que pare.

—No quiero que pares.

—Micah.

—Sí.

—Mírame.

Lo hice.

Su expresión mostraba miedo sin vergüenza.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—No porque casi murieras. No porque me quedara.

—No.

—No porque tenga un rango superior al tuyo.

—Esta noche no eres mi comandante.

El aire abandonó sus pulmones.

—¿Qué soy?

Tiré de su camisa para atraerlo de nuevo.

—Tarde.

Volvió a besarme.

Más fuerte.

El ascensor llegó al vestíbulo.

Adrian pulsó el botón de su planta sin soltarme.

Para cuando las puertas volvieron a abrirse, mi espalda había chocado dos veces contra la pared de espejo y su mano estaba bajo mi camiseta.

Atravesamos mal el pasillo.

Consiguió abrir el apartamento al segundo intento.

Dentro, cerró la puerta y giró la cerradura.

Entonces se detuvo.

La repentina quietud me sacudió más que la urgencia.

Adrian estaba a un suspiro de distancia, con el pecho subiendo y bajando bajo mis palmas.

—Podemos ir más despacio.

—¿Quieres?

—No.

—Entonces no lo hagas.

Me llevó a besos hacia el dormitorio.

Chocamos contra el borde de la mesa del comedor.

Me reí contra su boca.

Él sonrió contra la mía.

El sonido lo cambió todo.

No era un comandante perdiendo el control.

Ni un sospechoso demostrando algo.

Eran dos hombres tropezando por una casa porque el deseo había vuelto irrelevante la elegancia.

Al llegar al dormitorio, Adrian sacó la pistola de debajo de la chaqueta y la guardó bajo llave en el cajón de la mesilla.

Lo observé.

—Estabas armado en el gimnasio.

—Siempre estoy armado.

—Eso es profundamente insano.

—Te has dado cuenta después de aceptar acostarte conmigo.

—Tengo prioridades.

Se volvió.

La sonrisa de sus labios me resultaba desconocida.

Más joven.

Peligrosa de una forma completamente distinta.

—Quítate la camiseta —dijo.

Crucé los brazos.

—Pídelo como es debido.

Su mirada se oscureció.

—Por favor.

Me la quité por la cabeza.

La atención de Adrian recorrió mi cuerpo.

La cicatriz quirúrgica se curvaba por mi abdomen, rosada y elevada sobre la piel. Una marca más pequeña descansaba bajo las costillas.

Su expresión cambió.

Extendí la mano hacia él.

—No.

Levantó la vista.

—No conviertas esto en culpa.

—Casi te pierdo.

—No lo hiciste.

Sus dedos siguieron el borde de la cicatriz sin llegar a tocarla.

—¿Duele?

—A veces.

—¿Ahora?

—No.

—Dímelo si algo te duele.

—Lo haré.

Se inclinó y besó la cicatriz.

La ternura estuvo a punto de deshacerme.

Le agarré el pelo.

—Adrian.

Su boca ascendió por mi vientre.

Se irguió despacio, dejando besos sobre mi pecho, mi garganta, mi mandíbula.

Cuando nuestras bocas volvieron a encontrarse, la suavidad ardía más que la fuerza.

Le desabroché la camisa.

Me ayudó a quitársela.

Mis manos recorrieron sus hombros, su espalda, las viejas cicatrices de sus costillas.

—¿Duele alguna?

—Ya no.

Besé la marca redonda cerca de su hombro.

Su respiración cambió.

Nos desnudamos mutuamente sin prisas.

Adrian observaba cada una de mis reacciones.

Era más grande de lo que había imaginado, duro y pesado contra mi palma cuando cerré la mano a su alrededor.

Cerró los ojos un instante.

—Micah.

—Apenas te he tocado.

—Ese es el problema.

Volví a acariciarlo.

Me agarró la muñeca y me atrajo hacia un beso.

Su otra mano se deslizó entre mis piernas, lo bastante despacio para que la anticipación doliera. Primero me tocó por encima de la ropa interior y luego por debajo.

La cabeza se me fue hacia atrás.

—¿Sigues seguro? —preguntó contra mi garganta.

—Sí.

Su pulgar se movió.

Me aferré a sus hombros.

—No te pongas educado ahora.

Rio en voz baja.

—Intento no asustarte.

—No me asustas.

—Eso no siempre es sensato.

Me tumbó sobre la cama.

Su boca siguió a sus manos.

Besó el interior de mi muslo y luego más arriba, hasta que todo mi cuerpo se tensó ante la promesa del contacto.

Cuando me tomó en la boca, la habitación se volvió borrosa.

Al principio fue paciente.

Casi insoportablemente paciente.

Su lengua se movía con una curiosidad concentrada, aprendiendo qué hacía que mi respiración se quebrara, qué hacía que mis caderas se elevaran, qué lograba que dijera su nombre sin dignidad alguna.

Le agarré el pelo.

Alzó la vista.

Verlo entre mis piernas —controlado, concentrado, con la boca húmeda— estuvo a punto de acabar conmigo.

—Deja de mirarme así —dije.

—¿Así cómo?

—Como si esto fuera una operación.

Su boca se curvó contra mí.

—Estoy recopilando información.

—Cabrón arrogante.

Me tomó más profundamente.

Solté una maldición.

Adrian me sujetó la cadera con una mano, manteniéndome quieto mientras usaba la boca hasta que el placer se acumuló demasiado deprisa.

Tiré de su hombro.

—Espera.

Levantó la cabeza.

—¿Dolor?

—No.

—¿Qué?

—Te quiero más cerca.

Subió sobre mí.

Lo besé y probé mi propio sabor en su boca.

La intimidad del gesto hizo que el calor me atravesara.

Mi mano volvió a él, acariciándolo despacio. Adrian dejó caer la frente sobre mi hombro.

Le besé un lado de la cara.

—Has estado pensando en esto.

—Durante meses.

—¿En qué parte?

—En todo.

—Eso no es muy concreto.

Sus caderas empujaron contra mi mano.

—Tú debajo de mí.

Lo acaricié con más fuerza.

Inspiró.

—Tú encima de mí —añadió—. Tu boca. Tus manos. Despertar a tu lado.

Lo último me hizo detenerme.

Adrian abrió los ojos.

—¿Qué?

—Nada.

—No es nada.

—Imaginaste la mañana.

—Sí.

La respuesta llegó a un lugar al que el sexo por sí solo no podía alcanzar.

Lo besé con cuidado.

—Entonces quédate para verla.

Su mano me sostuvo la nuca.

—Eso pienso hacer.

Metió la mano en el cajón de la mesilla y sacó protección y lubricante.

La visión hizo que levantara una ceja.

—Preparado.

—Los compré hace semanas.

—¿Para Evelyn?

—No.

Aquella única palabra me encendió por dentro.

Adrian se arrodilló entre mis piernas.

—Dime qué te gusta.

—La confianza.

—Eso no es una instrucción.

—Despacio al principio.

Me tocó con los dedos lubricados.

Mi cuerpo se tensó.

Se detuvo.

—Respira.

—Sé hacerlo.