CAPÍTULO 13
MICAH BENNETT
La Dirección Nacional de Integridad no había cambiado durante los doce días que yo había estado destinado en otro lugar.
Las luces seguían aplastando el color del rostro de todo el mundo. El café seguía sabiendo vagamente a cable quemado. Pierce Donnelly seguía riéndose demasiado alto cada vez que alguien importante pasaba junto a su escritorio.
Solo yo había cambiado.
Lo sabía porque podía sentir la boca de Adrian Locke contra la mía mientras permanecía bajo las luces fluorescentes fingiendo leer un informe de incidente.
El recuerdo se había vuelto menos fiable a fuerza de repetirlo. A veces recordaba la presión de su mano en mi cintura. A veces, el áspero borde de la contención quebrándose en su respiración. A veces, solo el pequeño transmisor negro que descansaba en su palma después.
Me había besado para colocar un dispositivo de vigilancia en mi apartamento.
Después me había besado porque quería hacerlo.
Ambas cosas eran ciertas.
Ninguna hacía que la otra fuera más fácil de soportar.
Encendí el ordenador y descubrí que mi acceso al grupo de trabajo conjunto estaba suspendido, exactamente como Adrian había prometido.
La pantalla mostraba un educado aviso administrativo.
REASIGNACIÓN TEMPORAL PENDIENTE DE REVISIÓN DE SEGURIDAD.
Era extraordinario cómo la burocracia podía hacer que la traición sonara higiénica.
Dana Reyes acercó su silla rodando desde el escritorio de al lado y se detuvo junto a mí.
Llevaba un traje color óxido, un aro dorado en una oreja y la expresión de una mujer que llevaba toda la mañana esperando para interrogar a un amigo.
—Tienes un aspecto horrible.
—Buenos días.
—¿Has dormido?
—Al final.
—¿Solo?
Entré en la base de datos de homicidios.
—Tu preocupación me conmueve.
Dana bajó la voz.
—La directora Briggs dijo que Respuesta Estratégica te apartó de la investigación Rook.
—Suspendieron mi acceso.
—¿Por qué?
—Problemas de seguridad.
Entrecerró los ojos.
—¿Qué clase de problemas?
—De los que empeoran cuando se comentan a un volumen que Pierce puede oír.
Al otro lado de la sala, Pierce miró hacia nosotros.
Dana le sonrió dulcemente y levantó un dedo.
Él apartó la vista.
—Sala de reuniones —dijo.
—Tengo trabajo.
—Llevas puesta la expresión de ayer.
—¿Qué significa eso?
—Pareces un hombre al que han besado y después le han presentado una orden judicial.
Dejé de escribir.
Dana abrió la boca.
—Dios mío.
—Baja la voz.
—¿Te besó?
—Dana.
—¿El comandante Locke te besó?
—Él inició el contacto.
—Así es como los informes policiales describen el sexo.
—No tuvimos sexo.
—Pero querías.
—Quería que dejara de mentir.
—Eso no es negarlo.
Me puse de pie y llevé los expedientes a la pequeña sala donde se copiaban las pruebas. Dana me siguió y cerró la puerta.
—Cuéntamelo todo.
—No hay nada que contar.
—Tienes la sutileza emocional de una alarma de edificio. Empieza por por qué te suspendieron.
Miré los estantes llenos de cajas de pruebas selladas.
—Damian Rook vino a mi apartamento.
Dana se quedó inmóvil.
—¿El fugitivo?
—Sí.
—¿El hombre al que persiguen todas las fuerzas de seguridad de la provincia?
—Sí.
—¿Entró en tu casa?
—Sí.
—Y ahora mismo estás aquí, en vez de detenido, porque…
—No lo ayudé a escapar.
—Esa no era la pregunta.
—Tenía un arma. Quería protección para su hija. También afirmó que el gobernador Everett Kade es el arquitecto de la corrupción portuaria.
Dana me miró fijamente.
—¿Informaste del contacto?
—No de inmediato.
—Micah.
—Pretendía verificar lo que había dicho.
—Ocultaste el contacto con un fugitivo porque te dijo que el gobernador es un criminal.
—Cuando lo expresas así, parece irresponsable.
—Parece el alegato inicial de tu juicio.
Me apoyé contra la fotocopiadora.
—Adrian encontró las grabaciones del edificio.
—¿Y?
—Vino a cenar con un micrófono encima.
Los ojos de Dana se abrieron aún más.
—¿Registró tu apartamento?
—Intentó colocar el dispositivo en una maqueta de latón que tengo sobre la mesa.
—¿Lo pillaste?
—Al final.
—¿Qué significa «al final»?
La miré.
La comprensión se extendió por su rostro.
—No.
—Sí.
—¿Os besasteis mientras él colocaba un dispositivo de vigilancia?
—Él me besó.
—¿Y tú te opusiste?
—No de una forma jurídicamente útil.
Dana se tapó la boca con las dos manos, dio una vuelta sobre sí misma y volvió a mirarme.
—¿Fue bueno?
—¿Eso es lo que has sacado de todo esto?
—¿Lo fue?
Recordé el peso de Adrian inclinándose sobre mí. Su boca perdiendo toda cautela. La expresión aturdida de sus ojos cuando se apartó y descubrió que había cruzado una línea que no podía hacer desaparecer a fuerza de órdenes.
—Sí —dije.
Dana me agarró por los hombros.
—Entonces está enamorado de ti.
—Sospechaba que yo había cometido traición.
—Los hombres contienen contradicciones.
—Me suspendió.
—Desequilibrio de poder. Preocupante. Lo criticaremos después de la boda.
—No habrá boda.
—Al menos habrá una discusión con ropa cara.
Llamaron a la puerta.
La directora Leona Briggs miró por la estrecha ventana.
—Bennett. Reyes. Sala de reuniones.
Dana me soltó.
—¿Ves? —susurró—. La trama avanza.
El caso que nos esperaba abajo era un homicidio.
Un ciclista había descubierto un cadáver en el invernadero en desuso de Bracken Park poco después del amanecer. La policía local había acordonado los terrenos, pero las huellas de la víctima coincidían con las de una persona vinculada a la investigación de Respuesta Estratégica.
Victor Shaw.
Conocido como Harbor.
Había gestionado envíos privados para Damian Rook y ejercía de puente financiero entre grupos de crimen organizado que públicamente afirmaban ser enemigos.
Rook me había dicho que Harbor estaba muerto.
Ahora teníamos el cadáver.
Dana conducía mientras yo revisaba las fotografías preliminares en una tableta.
Habían colocado a Shaw bajo la cúpula rota de cristal del invernadero. La hiedra crecía a través del suelo a su alrededor. Alguien le había dispuesto cuidadosamente las manos sobre el abrigo.
Un disparo por encima del ojo izquierdo.
Ningún arma visible.
Ninguna señal de lucha.
La escena parecía menos un asesinato que un mensaje compuesto por alguien con unos modales exquisitos.
Dana me miró.
—¿Lo reconoces?
—Lo vi una vez en Marrow House.
—¿Con Locke?
—Sí.
—¿Y esto está relacionado con el gobernador?
—No lo sé.
—¿Rook dijo que habían asesinado a Shaw?
—Dijo que la red del gobernador estaba eliminando gente.
—Entonces ¿por qué no me lo contaste?
—Porque disfruto de estos trayectos.
Me golpeó el muslo con el dorso de la mano.
El parque ya estaba abarrotado de uniformes, furgones forenses y vecinos curiosos que fingían que su paseo matutino no se había convertido en un espectáculo.
La fría luz del sol se quebraba sobre los cristales que aún quedaban en el invernadero.
Dentro, los técnicos se movían con cuidado sobre las baldosas húmedas.
Shaw yacía bajo una higuera que había crecido de forma tan salvaje que había partido su jardinera de piedra. Llevaba un abrigo entallado color carbón, zapatos lustrados y una corbata de seda azul. No había barro ni en los puños ni en el bajo.
Lo habían matado en otro sitio.
Dana se agachó junto al médico forense.
—¿Hora?
—Entre medianoche y las dos.
—¿Calibre?
—Orificio de entrada pequeño, sin salida. Lo sabremos después de las imágenes.
Estudié la herida.
La colocación era limpia.
Sin quemadura de pólvora. Sin desgarros.
—¿Un disparo a distancia? —pregunté.
—Es posible. O con silenciador desde unos pocos metros.
—¿Hay sangre en el carril de acceso para vehículos?
—Todavía nada.
Dana señaló las manos cruzadas de Shaw.
—¿Por qué colocarlo así?
—Respeto —dije.
Me miró.
—O burla.
Una voz sonó detrás de nosotros.
—Apártense del cadáver.
Toda mi columna reconoció a Adrian antes de que me volviera.
Entró bajo el arco de cristal roto con un abrigo oscuro sobre el uniforme táctico. Lo seguían cuatro agentes de Respuesta Estratégica. El subcomandante Grant Hollis caminaba a su derecha.
Grant había sido el mejor amigo de Adrian durante más de veinte años.
También había sido fotografiado aceptando un maletín sellado del gobernador Kade.
Adrian aún no lo sabía.
O quizá sí.
Su mirada se encontró con la mía.
Nada en su rostro revelaba al hombre que me había besado contra mi sofá.
—Comandante —dije.
—Agente Bennett.
Mostró una autorización de transferencia.
—Respuesta Estratégica asume la jurisdicción principal.
Dana cogió el documento.
—Nos asignó la directora Briggs.
—Conservarán funciones de apoyo.
—Sé leer —dijo.
La atención de Adrian no se apartó de mí.
—Tú no tienes autorización para esta investigación.
—El cadáver apareció en territorio de mi dirección.
—La víctima forma parte de una operación restringida.
—Una operación restringida que ayudé a construir.
—En pasado.
Grant se detuvo junto a Adrian.
Tenía un rostro afable, ancho y abierto, la cara de un hombre en quien se confiaba deprisa y al que se recordaba con afecto. Había visto agentes seguirlo a lugares peligrosos sin vacilar.
Ahora veía las fotografías que Rook había prometido pero aún no había entregado.
El gobernador Kade en una terraza.
Grant aceptando algo envuelto en papel marrón.
Se me contrajo el estómago.
Grant me sonrió.
—Bennett. ¿Semana difícil?
—Mejora por momentos.
La mandíbula de Adrian se movió.
Se volvió hacia Dana.
—Su equipo puede terminar la inspección exterior. Bennett abandona la escena interior.
Dana dobló la autorización.
—Vamos, Micah.
No me moví.
Adrian se acercó.
Desde lejos, su expresión podía parecer profesional.
De cerca, vi rabia, agotamiento y algo más crudo.
—Te estamos vigilando —dijo en voz baja.
Las palabras deberían haberme asustado.
En cambio, dolieron.
Aparté el brazo cuando intentó tocarlo.
—Entonces procura no parpadear.
Grant nos acompañó más allá del perímetro del invernadero.
Dana esperó hasta que llegamos al vehículo.
—Ese hombre está furioso contigo.
—Tiene motivos.
—Parecía celoso.
—Sospecha que estoy ayudando a un fugitivo.
—Ambas cosas pueden ser ciertas.
Regresamos al cuartel general con poco más que resentimiento jurisdiccional y una identificación preliminar de la víctima.