Ahora eres de la familia (La familia 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

Logré conseguirle a Graham un pase para la conferencia. Le dije a los de seguridad que era un cliente que se había presentado sin registrarse. Debido al mal tiempo, las cifras de asistencia habían bajado, por lo que los organizadores se alegraban de cualquier persona extra que acudiera.

Pasó una hora más o menos en nuestro expositor, escuchando nuestras conversaciones con clientes nuevos y habituales.

Pero en cuanto la cosa se animó y los clientes potenciales empezaron a dirigirle preguntas a él, se marchó de allí rápidamente.

No pude evitar sonreír cuando anunció que daría una vuelta para ver cómo interactuaban otras empresas.

Sabía que no me llegaba ni a la suela del zapato en cuanto a negocios, así que lo dejé marchar para que alimentara su ego.

Eso por fin nos dio tiempo a Lisa y a mí para hablar, aunque fuera entre las interrupciones de los dichosos clientes.

Me sinceré sobre los correos electrónicos sospechosos y la pérdida de negocios de la empresa, además de la amenaza de Mike de que así era como había empezado el declive de Chris.

Ella no podía creer que se me hubiera pasado por alto algo tan importante y me buscó la dirección de correo electrónico de uno de los técnicos para llegar al fondo del asunto.

También le conté lo del cartero, Bob, y el posterior traslado del buzón al final del camino del jardín.

Lisa me preguntó si ya había comprobado la dirección de Graham.

Tuve que admitir que se me había pasado por completo.

Ahora ya no tenía excusa, puesto que Bob me había proporcionado todo lo necesario.

Lisa sugirió que resolviera primero el misterio de los correos y que luego pasara a lo de dónde vivía Graham.

Dijo aquello de —paso a paso— y ver qué pasaba a partir de ahí.

También recomendó que ambos nos hiciéramos con un teléfono prepago, solo para comunicarnos nosotros dos.

Me pareció algo sumamente rastrero y desleal hacia mi mujer.

Sin embargo, sabía que ya no podía confiar en la familia.

Acepté que Lisa los comprara, pero le advertí que cualquier indicio de colaboración entre nosotros terminaría en una bronca monumental entre Amelia y yo; quizá incluso en el fin de mi matrimonio, tal era la unidad de la familia.

Ella confirmó que la discreción era fundamental.

Por la noche, Graham preguntó si podía acompañarnos a cenar.

Estaba apoyado en la barra cuando bajé, esperando pacientemente.

Incapaz de dar ninguna razón plausible por la que no pudiera venir, se sentó conmigo y con Lisa durante toda la comida, y prolongó la agonía aún más insistiendo en tomar un café después de cenar.

Estaba deseando perderlo de vista; su presencia me asfixiaba.

En cuanto firmé la cuenta, nos despedimos y nos retiramos a nuestras respectivas habitaciones.

Al día siguiente, Graham anunció en el desayuno que tenía otros «asuntos» que atender y que dejaría el hotel a primera hora.

Lisa y yo intercambiamos una mirada al otro lado de la mesa.

Una vez más, algo resultaba extraño en sus acciones y en la forma en que lo exponía, como si fuera algo ultrasecreto y, de algún modo, inmoral.

En nuestra última noche, Lisa y yo tuvimos nuestra cena de despedida seguida de un par de copas.

Sin decir nada, supimos que lo mejor sería no repetir lo que pasó la primera noche, y nos retiramos cada uno a su cuarto.

Ambos deseábamos en secreto pasar más tiempo juntos —bueno, yo desde luego que sí— sabiendo que esta podría ser nuestra última oportunidad, pero temíamos que Graham pudiera aparecer en cualquier momento, siguiendo con sus juegos ridículos.

Sin embargo, me llevé una agradable sorpresa cuando un golpe en la puerta alrededor de la medianoche me despertó de mi sueño inquieto. En lugar de encontrarme a un inquisitivo Graham al otro lado, allí estaba Lisa en albornoz. Revisé el pasillo varias veces antes de dejarla entrar en mi habitación.

La conferencia no fue tan exitosa como la de Harrogate.

Aunque no era de la misma escala, el clima también había afectado a la asistencia.

Condujimos de vuelta a casa a media tarde, después de que los organizadores dieran por concluido el evento para que todo el mundo tuviera la oportunidad de ponerse en la carretera antes de que regresara la nieve que se había pronosticado.

Después de dejar a Lisa en su casa —con un simple beso en la mejilla—, mi estado de ánimo empeoró rápidamente. Una sensación de pesadumbre y miedo descendió sobre mí a medida que me acercaba a Epsom.

Amelia esperaba en el umbral mientras aparcaba mi coche detrás del de Graham.

No tengo ni idea de cuándo había vuelto de Cheshire, ni de dónde había estado por el camino.

Mi única preocupación era si él ya le habría contado su versión de los hechos en el hotel antes de que yo tuviera la oportunidad de dar explicaciones.

La sonrisa en el rostro de Amelia sugería que, al menos, no estaba enfadada.

Bajó por la entrada para recibirme, ofreciéndome un abrazo y un beso en la mejilla.

Parecía civilizado, pero no era como me había imaginado que mi mujer me daría la bienvenida a casa después de tres noches separados.

Me preguntó cómo había ido la conferencia, pero mostró mucho más interés en cómo habíamos interactuado Lisa y yo.

Si Graham había hablado con ella, no reveló nada explícito; simplemente parecía demasiado inquisitiva.

Una vez convencido de que mi secreto estaba a salvo, le dije a Amelia lo mucho que me había molestado que Graham se presentara allí.

Ella insistió en que había sido idea suya y, aunque comprendía que me molestara, seguía sin entender por qué me parecía algo tan grave.

—Solo estuvo en el expositor dos horas, y solo cenaste con él una noche. ¿Cuál es el problema?

—Sabes que ese no es el quid de la cuestión —respondí—. Es el hecho de que se presente en algo que no tiene nada que ver con él.

Amelia intentó calmar los ánimos.

—Creo que, en el fondo, siempre le ha interesado lo que hacemos todos. No fue más que una excusa para acompañarte y verte trabajar, para ver qué conlleva.

Amelia sabía que yo no podía discutirlo. Lo planteó de tal manera que yo parecería un desalmado si sugería lo contrario, y luego cerró el asunto con una rotundidad que no me dejó más opción que abandonar el tema.

—En fin, si no tienes nada que ocultar, sinceramente no veo por qué te iba a molestar tanto que Graham se presentara.

Al día siguiente, Melissa aún no se había recuperado del todo de su enfermedad, así que Amelia aceptó quedarse en casa con ella de nuevo.

Tracy también presentaba síntomas similares, por lo que ella tampoco fue a trabajar.

Amelia me pidió que trabajara desde casa, pero yo tenía la excusa perfecta: necesitaba revisar la lista de clientes potenciales que habíamos conocido en Cheshire.

Aunque fueran pocos, había que ocuparse de ellos.

Pero nada podía estar más lejos de la realidad. Los clientes me importaban un bledo, pero esto me daba la oportunidad de estar en la oficina a solas con Lisa.

Nada más llegar, Lisa me informó de que había reservado una sala de reuniones para hacer un informe tras la feria. Mike pareció impresionado y esperaba que se me hubiera renovado un poco el entusiasmo.

Ni de coña, Mike.

Antes de comenzar con la aburrida tarea que teníamos entre manos, le pedí a Lisa que me acompañara a la cafetería de la esquina.

Nos sentamos en nuestra mesa habitual del fondo.

La nieve que había caído en el norte caía ahora en forma de lluvia en la capital, y el cielo estaba gris plomizo.

Observamos a la gente pasar deprisa ante la ventana, con sus paraguas inútiles contra las frecuentes ráfagas de viento.

Estábamos a gusto y seguros al fondo de la cafetería.

Una vez acomodados, Lisa sacó una bolsa de plástico de su gran bolso de hombro y la puso sobre la mesa.

Extrajo dos teléfonos móviles nuevos. Parecían baratos, nada de tecnología punta.

Pero no importaba. Podíamos mandarnos mensajes o llamarnos con ellos, y eso era todo lo que necesitábamos.

Seguía pareciéndome mal, inmoral, pero cogí el mío de todos modos, creyendo muy poco probable que llegáramos a usarlos nunca.

Lisa dijo que les había puesto algo de saldo a los dos, pero que yo debía comprobar el saldo con regularidad para que pudiéramos estar siempre en contacto.

Sonrió. Me dio la clara impresión de que Lisa pretendía usarlos más para el flirteo que para el propósito previsto: intentar averiguar más sobre la familia.

De vuelta en la oficina, me retiré a la sala de reuniones a solas.

Ya le había explicado a Lisa por qué y le pedí que se reuniera conmigo en unos minutos.

Tras encender mi ordenador portátil, le envié un correo electrónico al técnico que Lisa me había recomendado, Paul Prosser.

Detallé las fechas de los dos correos de clientes potenciales que supuestamente se me habían pasado y le expliqué que no recordaba haberlos visto nunca, a pesar de que ambas cadenas de conversación aparecían en mi pantalla.

Hice clic en «enviar» y me recosté en la silla, sin saber si recibiría respuesta.

Mientras esperaba, me di cuenta de cuánta confianza estaba depositando en Lisa, sin saber si este técnico le daría parte a Mike y aceptando el teléfono prepago de su parte.

Nuestra noche juntos a principios de esa semana parecía, de algún modo, menos preocupante; eso siempre podría acabar siendo su palabra contra la mía.

La puerta se abrió y Lisa entró, todo sonrisas, coincidiendo con el «ping» de mi portátil al llegar un nuevo correo electrónico.

Lisa se apresuró a acercarse. Aunque la sala de reuniones tenía paredes de cristal, se apretujó contra mí todo lo que pudo.

Pasó su brazo alrededor de mí, por el lado más alejado de cualquier mirada indiscreta, y puso su mano en mi cintura.

Presionó su pecho con fuerza contra mí. Aunque era consciente de lo que estaba haciendo, no hice ningún intento por apartarme.

Me sentía bien y disfrutaba de la cercanía.

Me tembló la mano al abrir el correo de Paul Prosser.

Pero no era el contenido lo que me ponía nervioso.

Sentí el aliento de Lisa en mi cuello. Al girarme, nuestros labios estuvieron a punto de rozarse.

Ella sonrió, y necesité cada gramo de fuerza de voluntad para no rodearla con mis brazos y besarla con tanta pasión como en nuestra primera noche juntos.

La situación podría haberse descontrolado con mucha facilidad.

Paul explicaba en el correo que solo le había llevado cinco minutos entender el problema.

Por alguna razón extraña, una vez enviado el primer correo, yo borraba la cadena segundos después.

Cuando llegaba una nueva respuesta, la contestaba, se enviaba un nuevo correo y, acto seguido, volvía a borrar la cadena.

Podía ver el historial completo de la cadena saltando entre la bandeja de entrada y los elementos eliminados.

Recuperó toda la correspondencia y la puso en una sola cadena en la bandeja de entrada; todo excepcionalmente fácil, pero algo que yo nunca habría notado.

Miré a Lisa, cuyo rostro seguía a escasos centímetros del mío.

—Nunca miro mis elementos eliminados —expliqué—. Y jamás me dedicaría a mover una cadena de correos entre dos carpetas una y otra vez. No me extraña que no recordara nada de esto.

Finalmente, Lisa se incorporó, dejando que su mano se deslizara por todo mi brazo antes de apoyarla en mi hombro.

—Entonces, alguien más ha estado usando tu portátil.