Capítulo 1
Hace Dieciocho Meses
Me sudaban las palmas de las manos, un recordatorio irritante de que los nervios siempre me traicionaban en el peor momento.
Normalmente me desenvolvía con confianza, pero aquel día no era un día normal.
Era la entrevista final para un trabajo que tenía que conseguir sí o sí.
La oportunidad de llevar mi carrera a otro nivel pero, lo que era más importante: una oportunidad para encarrilar mi vida de una vez por todas.
Después de firmar en el libro de visitas, la recepcionista llamó por teléfono a alguien para anunciar mi llegada.
Me ordenó, más que pedirme amablemente, que tomara asiento en el espacioso vestíbulo.
Intenté acomodarme en uno de los cuatro sofás de color naranja chillón que rodeaban una gran mesa de cristal ahumado, pero desde algún lugar a mis espaldas me llegaba el suave murmullo de una fuente de interior.
Aquello no surtió el efecto deseado de infundir calma; al contrario, solo me provocó ganas de ir al baño.
Discretamente, me froté las palmas contra los pantalones en un intento de mantenerlas secas antes de los inevitables apretones de manos.
El agudo timbrazo de un teléfono me hizo dar un respingo.
—¿Mr Walker?
La recepcionista me sostuvo la mirada. Su rostro severo daba la clara impresión de que su trabajo no le reportaba satisfacción alguna.
—El señor Whelan le recibirá ahora. Coja el ascensor hasta la cuarta planta. Alguien le esperará allí.
Con un ligero gesto hacia el fondo del vestíbulo, volvió a prestar atención a una revista y a una lima de uñas.
Me resultó extraño que me permitieran deambular por el edificio sin acompañante, pero descarté ese pensamiento rápidamente al salir del ascensor.
Ante mis ojos tenía dos opciones: o usaba un pase de seguridad para abrir las puertas correderas de cristal tintado que había delante, o me volvía a meter en el ascensor.
Me di cuenta de que no iría a ninguna parte sin permiso.
Y fue entonces cuando la vi, caminando hacia mí por el pasillo que dividía la oficina diáfana en dos.
La mayoría de la gente estaba sentada tras sus terminales informáticos, mientras que unos pocos se amontonaban en dos grupos pequeños, hablando y riendo.
Pero yo ignoré a todo el mundo; solo tenía ojos para ella.
Su larga melena negra fue lo primero que advertí.
Brillante, como en un anuncio de champú de la tele.
Era un negro azabache, largo, le llegaba al menos hasta la mitad de la espalda.
Y a medida que se acercaba, pude distinguir claramente sus rasgos.
Calculé que mediría un metro sesenta y cinco, aproximadamente, con un rostro precioso de pómulos prominentes y una boca realzada por un carmín de color carmesí intenso.
Sus ojos me atraparon cuando llegó a las puertas de cristal.
Marrones oscuros, los ojos más castaños que jamás había visto.
El cinturón de su falda de tubo por la rodilla le ceñía la cintura; su figura quedaba acentuada por un ajustado jersey negro.
Se deslizaba por la estancia como si estuviera en una pasarela.
Me fijé en un hombre de mediana edad que se quedaba mirándola mientras pasaba, mientras que dos mujeres lanzaron una ojeada en su dirección antes de susurrarse algo tapándose la boca con las manos.
Acercó un pase de seguridad al teclado y las puertas de cristal se abrieron sin esfuerzo. Me miró de arriba abajo antes de, finalmente, tenderme la mano para saludarme.
—¿Mr Walker? —Su voz iba acorde con su actitud: profesional y, de algún modo, sensual.
Al alargar la mano para estrechar la suya, no pude evitar notar cómo aumentaban las miradas por encima de su hombro. Me pareció extraño que el personal, que debía de verla todos los días, le prestara tanta atención. La sensación de su contacto me devolvió pronto al presente.
—Hola, sí, soy el señor Walker. Matthew Walker.
—Encantada. Soy Amelia. Amelia Reid. Participaré en su entrevista junto con el señor Whelan. Por favor, sígame.
El apretón de manos duró unos instantes más de lo que consideraría normal. Me sostuvo la mirada y me sentí hipnotizado por un momento. De cerca parecía aún más hermosa de lo que había supuesto inicialmente.
Amelia caminaba unos pasos por delante de mí, echando miradas fugaces por encima del hombro para asegurarse de que le seguía el ritmo, y aunque sentía miradas clavadas en mí, no tenía interés en nadie más.
Al acercarnos a una hilera de cubículos de cristal, vi a un hombre corpulento que se levantaba tras una mesa en la segunda sala de reuniones.
Al darme cuenta de que necesitaba concentrarme en la tarea que tenía por delante, intenté relegar todo pensamiento sobre Amelia al fondo de mi mente. Al menos por el momento.
Una hora más tarde, mientras estaba sentado en mi coche tamborileando ligeramente el volante, solté un enorme suspiro de alivio. Sentí que me relajaba, volviendo a ser el auténtico Matt Walker y no el Matthew Walker formal, artificial, que necesitaba causar buena impresión.
Inspirando profundamente, me permití una sonrisa.
La entrevista había ido bien, muy bien, de hecho.
El señor Whelan, Mike, resultó ser un tipo con los pies en la tierra, lo que desafiaba mi percepción inicial sobre el tipo de persona corporativa, estirada y de mandos intermedios que tanto detestaba.
Cuando Amelia me lo presentó, me fijé en su traje pasado de moda, azul y brillante, nada que yo asociara con una empresa moderna y con visión de futuro, empeñada en ser la líder del mercado en el sector inmobiliario comercial.
Su pelo engominado hacia atrás, que pertenecía más a los años setenta que al siglo veintiuno, le echaba muchos años encima.
Sin embargo, rebosaba conocimientos sobre el sector inmobiliario comercial e instantáneamente supe que aprendería mucho de él; si conseguía el puesto, por supuesto.
Y luego estaba Amelia. A medida que avanzaba la entrevista, no podía evitar que mi mirada se desviara fugazmente de Mike hacia ella.
Y cada vez que lo hacía, la pillaba mirándome fijamente.
En un momento dado, Mike debió de darse cuenta e informó diplomáticamente de que, si me ofrecían el puesto, Amelia sería mi secretaria personal o secretaria ejecutiva, como preferían llamarlas en la empresa.
Un pensamiento me cruzó la mente mientras él hablaba: tendría que hablar con Amelia todos los días, verla cada vez que estuviera en la oficina e incluso asistir juntos a visitas con clientes.
Mi ligero tamborileo en el volante se materializó en algo más parecido a unos golpes jubilosos al darme cuenta de que tendría que colaborar con Amelia Reid cada día laborable para el resto de mi vida laboral.
Luego pensé en el dinero —mucho más de lo que jamás había ganado— con el añadido de primas mensuales y anuales.
Mike mencionó un coche de empresa. A mi elección, dentro de lo razonable.
Era todo lo que siempre había deseado. A mis treinta y seis años, mi carrera y mi vida se habían estancado.
Vivía solo en un minúsculo piso de alquiler en el norte de Londres y conducía un coche de quince años que tenía más óxido que pintura.
Si no hubiera sido por aquel encuentro fortuito en el bar del hotel semanas antes, nunca habría sabido siquiera que el puesto existía y, por consiguiente, nunca me habrían propuesto para la entrevista.
Al día siguiente me paseaba de un lado a otro por mi piso, cogiendo el móvil continuamente, creyendo de algún modo que eso lo haría sonar.
Aquella mañana había llamado al trabajo para decir que estaba enfermo, fingiendo una migraña, lo cual no era del todo mentira.
Me había pimplado una botella y media de vino tinto la noche anterior, tras convencerme de que conseguir el puesto sería un mero trámite.
Sin embargo, a medida que avanzaba el día, las dudas empezaron a reemplazar a la certeza.
Finalmente, a media tarde, me convencí de que lo había echado todo a perder.
Repasaba la entrevista una y otra vez en mi cabeza. ¿En qué había metido la pata?
Al final, justo cuando estaba perdiendo la última esperanza que me quedaba de tener éxito, mi teléfono sonó desde el otro lado del apartamento de planta abierta.
Incorporándome de mi viejo sofá de cuero —cuyos brazos estaban completamente gastados y los asientos tan hundidos que tenías que hacer palanca para salir—, agarré el móvil de la encimera de la cocina.
El identificador de llamadas mostraba el nombre de la agencia de empleo y mi corazón se saltó varios latidos antes de que pudiera pulsar el botón de aceptar.
—Hola. Al habla Matt Walker —dije, con voz trémula.
—Hola, Matt. Soy Greig de Hammond Appointments. ¿Cómo estás?
¿Que cómo estoy? Ve al grano, tío.
Se impuso mi faceta profesional. —Bien, gracias. ¿Y tú?
Dímelo ya.
—Sí, muy bien, gracias —respondió Greig.
Cuánto me alegro. ¿Y tu mujer, tus hijos? ¿Cómo está tu puto gato?
—Me alegro.
Una pausa.
—En fin. Tengo noticias espléndidas para ti...
¡Sí, sí, sí!
—... Opacy Property Management quiere hacerte una oferta. Obviamente no puedo decidir por ti, pero creo sinceramente que si no aprovechas esta oportunidad, te arrepentirás de esa decisión el resto de tu vida.