CAPÍTULO 9 #2
—Sí, exacto. La estrategia. Muy buena observación, Seok-yeong.
—Dio dos rápidos pasos hacia atrás, alejándose del compartimento térmico tan rápido como se lo permitió su dignidad.
—Un buen gerente delega las tareas operativas.
Yo me encargo de la parte de identificar las rutas de los bancos de peces.
El señor Kang marchó hacia la cabina principal, donde el señor Kim seguía al timón. El panel del yate tenía una inmensa pantalla digital que mostraba un sonar de última generación, un radar que indicaba la profundidad, la temperatura del agua y el relieve del fondo marino.
Terminé de preparar el cebo y me quedé cerca de la puerta de cristal abierta, simplemente observando la dinámica en el interior.
El señor Kim miraba la pantalla del sonar con el ceño fruncido, señalando una enorme mancha roja que aparecía en el fondo del gráfico.
—¡Mire el tamaño de esta lectura, Kang! ¡Debe ser un banco de atunes gigantescos! ¡El sonar parpadea en rojo! ¡Detenga el barco, lanzaremos las líneas justo aquí! —Ordenó el señor Kim, reduciendo la velocidad de los motores a la posición neutral.
Me apoyé en el marco de la puerta y miré la pantalla.
—Con permiso, señor Kim. —Hablé de forma educada.
—Esa mancha roja sólida en el fondo del gráfico no es un banco de peces.
Es una formación rocosa. Es un arrecife sumergido muy denso.
Si soltamos los cebos pesados justo sobre ese punto, nuestras líneas se engancharán en las rocas en el minuto en que toquen el fondo, y perderemos todo el equipo antes de ver el color de un pez.
Los dos empresarios miraron la pantalla, luego me miraron a mí.
El silencio duró pocos segundos, pero fue suficiente para que se instalara la incomodidad.
Habían comprado la mejor tecnología del mercado, pero no tenían la menor idea de cómo interpretar los datos.
Estaban literalmente ciegos en medio de un océano de información digital.
—Por supuesto. Una formación rocosa. Solo estaba poniendo a prueba tu capacidad de lectura de instrumentos, muchacho. —El señor Kim disimuló, aclarándose la garganta ruidosamente y volviendo a poner las manos en el volante. —Has pasado la prueba. Busquemos aguas más profundas.
El yate volvió a acelerar. El mar abierto estaba cobrando su precio, y el juego de capitanear la embarcación fue perdiendo su encanto con mucha rapidez.
El oleaje no cesaba. El barco subía las olas y bajaba con pequeños golpes en la superficie. Para nosotros, era una rutina normal. Para el sistema de tres hombres de negocios que pasaban los días sentados en oficinas de Seúl, era un lento proceso de tortura.
El primero en ceder fue el señor Choi. Seguía en la parte exterior de la cubierta, agarrado a la barandilla de acero inoxidable con ambas manos, con la mirada fija en el horizonte. Su postura era rígida. La piel de su rostro fue perdiendo su color normal y adoptando un tono amarillento muy pálido.
—Creo que el desayuno del hotel no me ha sentado muy bien. —Habló el señor Choi en voz baja, casi para sí mismo, tragando saliva repetidamente. —Las ostras ahumadas debían de estar caducadas. El restaurante va a recibir quejas severas de mi secretaria.
No se sentía mal por las ostras, pero la excusa era lo único que mantenía su ego en funcionamiento.
Soltó la barandilla, intentó caminar hacia la silla de combate para sentarse, pero el yate se tambaleó en ese preciso instante.
Se tambaleó, las piernas le fallaron y terminó sentándose en el suelo de la cubierta con la espalda apoyada en el tapizado de la silla, cerrando los ojos y respirando por la boca.
Dong-joo me miró desde el otro lado de la cubierta. Su mirada lo decía todo. Nuestra tripulación estaba empezando a desmoronarse en menos de dos horas de navegación.
En la cabina, la situación no era mucho mejor.
El señor Kang se quitó la chaqueta cortavientos y la arrojó sobre el panel.
Sudaba frío. Se aflojó el cuello de la camisa, se sentó en el sofá de cuero que estaba detrás del asiento del capitán y apoyó la cabeza contra el cristal de la ventana, con una expresión de sufrimiento silencioso.
—Este barco tiene un defecto en los estabilizadores del casco. —Decretó el señor Kang, con voz débil y arrastrada. —Voy a demandar al astillero que lo construyó. La oscilación está completamente fuera de los estándares de confort de primera clase. Esto es inaceptable.
El señor Kim, que había estado manejando el timón desde el principio, fue el último en admitir la derrota.
Redujo la velocidad hasta que el yate quedó flotando casi a la deriva.
Se quitó el sombrero blanco de la cabeza, se secó el sudor de la frente con el pañuelo del bolsillo y fijó la mirada en la nada.
La confianza inquebrantable que había ostentado en el muelle se había esfumado por completo.
—Señores. Creo que la luz del sol reflejándose en el panel de cristal me está provocando una migraña severa.
Sufro de fotofobia estacional. Es una condición médica muy inusual.
—Se inventó el nombre de la enfermedad en ese mismo momento, apagando la pantalla del sonar.
Giró el cuerpo lentamente, caminó hacia el sofá, se sentó junto al señor Kang y dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Necesito descansar la vista unos minutos.
Y ahí estaban. Los tres grandes líderes de la industria, los hombres que querían humillar a sus rivales, completamente noqueados por un oleaje inofensivo y por su propia incompetencia en el mar.
La excusa de que el problema era la comida, el barco o la luz del sol resultaba hilarante, pero se aferraban a ella como si fuera un salvavidas.
Entré en la cabina y saqué tres botellas de agua fría de la nevera. Regresé y le entregué una al señor Choi en el suelo de la cubierta, luego me acerqué al sofá y puse las otras dos en manos del señor Kim y del señor Kang.
—Beban despacio, señores. Es importante mantenerse hidratado cuando... ataca la fotofobia. —Dije, conteniendo cualquier atisbo de sarcasmo que pudiera poner en peligro nuestro acuerdo.
Dong-joo entró en la cabina justo detrás de mí. Contempló la escena de los tres empresarios destruidos. El momento exacto que su cerebro mercenario había estado aguardando finalmente llegó. El Dong-joo animal de carga había dado paso al Dong-joo negociador.
—Señores. —Habló Dong-joo, adoptando una postura respetuosa, pero firme.
Se detuvo frente al sofá con las manos en los bolsillos del pantalón.
—Es evidente que el entorno de pruebas de hoy ha presentado algunos contratiempos técnicos que escapan a nuestro control.
Comida en mal estado, estabilizadores defectuosos, reflejos del sol.
Estas cosas les ocurren a los mejores navegantes.
Los hombres asintieron con la cabeza, demasiado débiles para articular palabra, pero visiblemente aliviados de que alguien validara sus endebles excusas.
—El torneo de mañana será extenuante y las condiciones del mar podrían ser similares a estas o incluso peores.
No podemos permitir que la salud de los líderes del equipo se vea comprometida antes del momento de alzar el trofeo.
—Continuó Dong-joo, su discurso sonaba impecable.
—El señor Kang mencionó antes la importancia de delegar el trabajo operativo.
Tiene toda la razón. Los grandes generales no libran las batallas en primera línea con espadas, comandan desde el cuartel general.
El señor Kim abrió un ojo, centrado en las palabras de Dong-joo.
—¿Qué sugieres, joven? —Preguntó el hombre, con una voz apenas audible.
—Sugiero un cambio táctico para mañana. —Dong-joo dio un paso al frente, asumiendo el control de la situación.
—Ustedes suben al yate, se acomodan plácidamente en este sofá de la cabina principal, con el aire acondicionado regulado y las persianas bajadas para evitar el sol.
Nosotros nos encargamos de conseguir medicinas para el estómago solo por precaución.
Y ustedes dejan el control total del timón, el sonar, las rutas y el equipo pesado en mis manos y en las de Seok-yeong.
Nosotros haremos todo el esfuerzo físico en la cubierta.
Nosotros les garantizamos los peces y la puntuación.
Ustedes entran en escena únicamente para el pesaje oficial y para las entrevistas con los medios deportivos al final de la tarde.
Nosotros nos encargamos del sudor y la suciedad. Ustedes se encargan del estatus.
El silencio en la cabina solo fue ocupado por el suave ronroneo del motor en punto muerto.
El señor Choi, que escuchaba todo desde la puerta de cristal, fue el primero en pronunciarse.
—Esa es... una estrategia empresarial muy sólida. Nosotros compramos el equipo y contratamos la mano de obra especializada. Así es como funciona el mundo corporativo.
—Estoy de acuerdo. —Dijo el señor Kang desde el sofá en voz muy baja.
—No tenemos que demostrarles nada a esos playboys de Hyundai bajo este sol.
Si nos garantizan la victoria, el acuerdo financiero sigue intacto.
Los trescientos millones de wones del premio irán directamente a su cuenta bancaria en el momento exacto en que nos entreguen el trofeo.
El dinero nos es irrelevante, nosotros queremos lo más alto del podio y el trofeo.
—Entonces tenemos un trato, señores. Descansen.
Seok-yeong y yo nos hacemos cargo a partir de aquí.
Vamos a pilotar el yate de regreso cerca de la bahía y anclaremos en una zona más tranquila.
Nos encargaremos del mantenimiento del equipo durante la noche para estar listos a primera luz.
—Concluyó Dong-joo, haciendo una última inclinación antes de darles la espalda a los tres.
Dong-joo se instaló en la silla del capitán.
Tocó el panel digital, calibró el sonar rápidamente con tres toques que los empresarios no habían podido dar en una hora, y puso la mano sobre el acelerador de metal.
Su rostro miraba hacia el mar. La actitud sumisa se había esfumado en el aire.
Él estaba al mando. Estaba en su propio elemento, imponiendo las reglas en un barco millonario.
Lo observé acelerar los motores, haciendo virar el yate con suavidad, sin tirones, demostrando la destreza absurda que poseía en el mar.
Mi mente registró la facilidad con la que tomó el control de todo.
La fuerza en sus brazos mientras gobernaba el barco, la concentración absoluta, la seguridad bruta que emanaba de cada uno de sus movimientos.
La imagen de él allí, tan dominante y capaz, provocó un nudo tenso en mi estómago que no tenía nada que ver con el mareo por el mar.
El problema de nuestra tregua era precisamente ese.
Habíamos acordado centrarnos únicamente en el dinero, pero íbamos a pasar toda la noche solos en la cubierta de ese yate mientras los tres ricachones dormían drogados con medicinas en la cabina principal.
El aislamiento en el mar no era un entorno seguro para ignorar lo que estaba pasando entre nosotros.
Era una olla a presión con el fuego al máximo, y sabía que mantener la distancia exigiría un nivel de control emocional del que ninguno de los dos disponía.