CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO
Ainslee
Seis meses después
E l tiempo no podía ser más perfecto. El cielo se extendía infinitamente sobre nosotros, un lienzo de azul claro sin una sola nube, con el sol derramando su calor dorado sobre el paisaje.
Caminamos lentamente hacia la pequeña iglesia de piedra enclavada en la propiedad de los McLaren, con su campanario desgastado por el tiempo, elevándose como una centinela entre los robles centenarios.
Generaciones de nuestra familia habían venido aquí a pronunciar sus votos, vidas entrelazadas en este lugar tranquilo, lleno de recuerdos y significado.
Ese día, también pasaría a formar parte de nuestra historia, la mía y la de Daniel.
Para mí, esta iglesia siempre me había parecido tocada por algo de otro mundo.
Mágica, incluso. De niña, me sentaba bajo los árboles e imaginaba que llevaba un vestido de encaje blanco, con el aroma de las flores silvestres en el aire, rodeada del amor de la familia y de las bendiciones susurradas de antepasados ya desaparecidos.
Había soñado con este momento durante tanto tiempo que apenas me parecía real.
Y, sin embargo, allí estaba, a punto de casarme con el hombre que me amaba con intensidad y sin condiciones. Un hombre que había conocido tanto la sombra como la luz, y aun así había elegido el amor. Él me protegería hasta su último aliento, y yo haría lo mismo por él.
Daniel no había tenido una vida perfecta, su pasado tenía su buena dosis de errores y tropiezos, pero en los momentos que importaban, me había mostrado su yo más auténtico.
Como la noche en que se arrodilló en nuestra cocina, con Bram riéndose a su lado, agarrando la cajita de terciopelo con un anillo en su interior.
Su voz había temblado cuando me pidió que fuera suya para siempre.
Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba llorando hasta que Bram me secó la mejilla con su manita.
En ese momento, un camino de piedra serpenteaba hasta la entrada de la iglesia, donde nuestros invitados ya se habían reunido.
Pero yo solo tenía ojos para dos personas: Daniel, esperando en el altar, y Bram, nuestro dulce portador de los anillos, con sus manitas probablemente agarrando el cojín con más fuerza de la necesaria.
Lo eran todo. Mis dos amores. Mi corazón.
Sintiendo los nervios que de repente revoloteaban en mi pecho, Lachlan me apretó la mano. Estaba a mi lado, un ancla silenciosa, con los ojos llenos de ternura.
—Estás preciosa —halagó en voz baja, llena de silencioso asombro—. Tal y como te imaginabas cuando eras una niña. Como una auténtica princesa.
Una risa me brotó de la garganta, medio ahogada por la emoción.
—No puedo creer que te acuerdes de eso.
—Lo recuerdo todo —respondió, con las comisuras de los labios esbozando una sonrisa—. Y estoy muy orgulloso de ti. Has encontrado a tu alma gemela.
Asentí con la cabeza, tragándome el nudo que tenía en la garganta. Las palabras me parecían demasiado frágiles por ese momento. Demasiado pequeñas para todo lo que sentía.
—¿Lista? —Quiso saber Lachlan.
—Sí —susurré, con la voz apenas audible—. Siempre lista para Daniel.
Las primeras notas del Coro Nupcial de Wagner resonaron en el modesto órgano de la capilla y las puertas se abrieron lentamente ante nosotros.
La luz se filtró en el interior, reflejándose en el suave brillo de mi vestido.
La congregación se puso de pie, y un silencio colectivo inundó el lugar mientras Lachlan me guiaba hacia adelante.
Mis ojos buscaron inmediatamente a mi madre; lágrimas brillaban en sus mejillas y el orgullo irradiaba de ella como la luz del sol.
Siempre había deseado que encontrara el tipo de amor que ella había compartido con mi padre. Y en ese momento lo había encontrado.
Entonces, lo vi.
Daniel estaba de pie en el altar, alto e impactante con su esmoquin a medida, en cada centímetro el hombre del que me había enamorado.
Bram se erguía orgulloso a su lado, vestido a juego, jugueteando con el cojín de los anillos y mirando a su alrededor con viva curiosidad.
Se me encogió el corazón al verlos. Este era mi hogar, mi familia.
Los ojos de Daniel encontraron los míos y, en ese instante, todo lo demás desapareció. La música, la multitud, incluso el peso de mis propios pasos. Solo lo veía a él. Su mirada era firme y llena de promesas, un voto silencioso pronunciado a través del espacio que nos separaba.
Sonreí, ampliamente y sin poder evitarlo.
No necesitaba un espejo para saber que me iluminaba todo el rostro.
La ceremonia transcurrió en una neblina, una neblina hermosa y llena de lágrimas.
Hubo momentos de risas, de silencioso asombro, de un amor tan intenso que me dejó sin aliento.
A lo largo de todo ello, me sentí tranquila. En equilibrio. Plena.
Porque todo mi mundo estaba en aquella iglesia.
Me estaba casando con Daniel Carrington.
No había palabras lo suficientemente fuertes para expresar las emociones que me embargaban. Expectación. Alegría. Gratitud. Amor, en toda su belleza pura y profunda.
Entonces, llegaron las palabras que había esperado, las que lo cambiarían todo:
—Los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Daniel dio un paso adelante y su presencia me envolvió.
Me rodeó la cintura con los brazos mientras inclinaba la cabeza, y sus labios rozaron los míos en un beso que me pareció a la vez tierno y poderoso.
Como volver a casa. El mundo pareció inclinarse ligeramente, como si se realineara a nuestro alrededor.
—Te amo —susurré contra sus labios, con la voz temblorosa.
—Y yo a ti, mi ruiseñor —murmuró, acunando mi rostro como si fuera algo precioso.
Y así, sin más, fui suya. Completamente, eternamente suya.