Capítulo 45
Existen varios consultorios médicos ubicados en el pueblo de manera estratégica para las treinta mil personas que lo habitamos.
Gracias a nuestra naturaleza curativa rápida, son pocos quienes enferman o necesitan cuidados.
Los médicos están para atender las urgencias y asistir a las embarazadas y ancianos.
También… para prevenir embarazos, lo cual es popular y común en Emdor ya que vivimos trescientos años.
Fue Rhoan quien lo mencionó esta mañana durante nuestro entrenamiento.
No imaginé que existiría algo así. En el reino, concebir se ve como un acto dejado al destino.
Sin embargo, si queremos ocultar nuestra relación debemos tomar precauciones.
El consultorio más cercano a mi casa es justo en el que se desató el caos ayer, donde se encuentran Artur Adair, un señor de la edad de Macsen con más de doscientos años de experiencia en medicina, Prys Bedelia, su joven colega, e Idam, el aprendiz de boca floja.
Debemos resolver esto aprisa para ir a la reunión a la que he sido convocada con los líderes. Esta mañana recibí un mensaje de Macsen confirmando la hora para encontrarnos donde está Emdor. Rhoan también fue llamado, al ser el primer hijo de Emdor en desarrollar una nueva rama de su elemento.
—Déjame entrar contigo, por favor —me pide frente al consultorio—. Ayer Prys Bedelia te miraba como si se hubiera enamorado.
—Estás exagerando —contesto avanzando para entrar—. Y hablaré con Artur, no con Prys.
—Por favor. —Coge mi brazo para detenerme.
—¡No! Sabrán que fuiste tú.
—Esa es la idea.
Tendré que acostumbrar mi pobre corazón a sus celos. Estoy al borde de un infarto.
—¿Y si llega a oídos de Garran? —argumento.
—Son médicos, Lobelia —refuta—. Saben quién folla y quién no.
—¡Shh! —lo callo, mirando a los lados por las personas en la calle. Nos observan pero solo con asombro por la noticia de mi poder—. ¡De acuerdo!, pero ni una palabra. Y si está Idam, nos vamos. Sabes que difundió lo de mi poder.
—Con él hablaré después.
—No, yo lo haré. ¿Te quedarás callado o no? —Lo amenazo con la mirada.
Sella sus labios levantando las comisuras satisfecho. Con eso listo, entramos al consultorio.
Para mi sorpresa, nos encontramos con Prys Bedelia acomodando instrumentos y vendajes en el estante detrás del recibidor. Su rostro se ilumina cuando se da cuenta de que soy yo, hasta que ve la gran presencia de Rhoan a mi espalda.
—Buenos días —nos saluda con una sonrisa incómoda.
—Buen día, Prys —soy cordial y Rhoan asiente como su saludo—. ¿Está Arthur?
—Fue a visitar a una anciana con Idam.
—Ah…, ¿sí? —alargo la pregunta y muevo la mandíbula con un disimulado resoplo.
No puede ser . Miro a Rhoan por el rabillo del ojo y descubro su mirada indiscreta de te lo dije que me hace querer gruñir. Hubiera preferido hablar con Arthur que me recuerda al señor Nicolas. Ahora tengo que morderme la lengua.
—¿En qué puedo ayudaros? —pregunta Prys, dándonos la espalda un segundo para acomodar los vendajes y tijeras.
Bien, es ahora o nunca . Aprovecho que no nos mira y cojo una bocanada de aire antes de hablar. Aun así, me siento tan cobarde como un pequeño ratón en un nido de halcones.
—Necesito medicina para después de… haber tenido…
—Sexo —completa Rhoan.
Me cubro el rostro. ¡Este mentiroso! Se escucha un ruido sordo que me asusta cuando se le caen las cosas a Prys.
—¡¿Estás bien?! —Voy a ayudarlo, esperando que no se haya cortado con las tijeras.
—Sí, lo siento —se disculpa con una voz extraña—. Gracias por ayudarme.
¡Acordamos que no hablaría! Fulmino a Rhoan con la mirada pero su concentración en Prys es bestial, con una sonrisa tenue y algo oscura mientras también lo ayuda. Al haber recogido todo, le entrega el último vendaje.
—¿Puedes darnos el anticonceptivo? —le pide—. También necesita uno frecuente .
Aguanto la respiración.
—S-Se los daré de inmediato —responde Prys, buscando las hierbas—. Pasad.
Mientras va delante de nosotros, intento pellizcar a Rhoan pero me esquiva con una sonrisa divertida. Su yo del pasado y el de ahora parecen tan distintos como el agua y el aceite. Entramos a la primera habitación y nos sentamos en unos sillones que hay en medio.
—Está bien con que me escribas la receta de la medicina frecuente —indico—, puedo hacerla en casa.
—Escuché que eres la trigésima primera en controlar las plantas. Y pensar que también desarrollarías una nueva etapa del elemento tierra, manipulando el metal. Hasta ahora era impensable.
Suspira.
—Significa que mi camino de aprendizaje es largo. —Me rasco la mejilla.
Hierve el agua con su poder y le añade las hierbas medicinales que necesito con deprisa.
—Esperemos cinco minutos a que se fusione con el agua. —Deja la taza con las hierbas en la mesita frente a nosotros.
Cinco interminables minutos . Mientras tanto, termina de guardar en una bolsa los otros medicamentos.
—Debes tomar esto todos los días a la misma hora —me lo entrega junto con la receta escrita—. Empieza mañana.
—Vale.
Aprieto los labios y observo a Rhoan, que lleva una evidente sonrisa de disfrute.
Le está encantando presumir y no sé si debería decir lo que estoy pensando, pero es que…
¡duele! ¡Mis pobres caderas!, ¡mi entrepierna!
He aguantado desde esta mañana, esperaba que nos atendiera Arthur pero todo ha salido a favor de Rhoan.
De acuerdo, hagámoslo. Por mi bienestar. Siento que me arrepentiré de esto.
—También…, ¿p-puedes darme un analgésico? —termino de decir con una timidez que hace temblar mi voz—. El más fuerte que tengas.
Aclaro la garganta en un intento de arreglarlo pero lo empeoro.
Qué vergüenza. Es evidente que ha sido mi primera vez.
En ese momento, Rhoan se inclina hacia atrás en su asiento, con una sonrisa triunfal y cegadora que puede verse a kilómetros.
El problema es que empiezo a notar mis ganas de sonreír como una loca.
El pensar que quiere marcar territorio revuelve las mariposas de mi estómago a su voluntad.
—Sí, claro…
Se da la vuelta para buscar el medicamento. A solo un paso tropieza con uno de los sillones.
—¿Estás bien, Prys? —pregunta Rhoan en un tono burlón.
Le pego en el brazo.
—S-Sí. —Busca el analgésico y regresa al cabo de unos segundos—. Este ya lo tenemos preparado, así que bébelo de una vez.
Me entrega el vaso con la bebida y sus ojos se desvían al té.
—Ah, parece que ya está listo.
Me entrega la taza.
¡Al fin! Me lo bebo de un sorbo. Me levanto y cojo a Rhoan por el brazo, con intenciones de huir.
—Muchas gracias por todo.
—No hace falta pedirte que guardes silencio, ¿verdad? —advierte Rhoan.
—¡Rhoan!
—Seré como una tumba —murmura Prys con una voz apagada—. Adiós.
Convencidos, al fin salimos de allí.
—¡Quedamos en que te quedarías callado! —exclamo dando pisotones.
—Lo siento, se veía tan feliz de verte que no pude evitarlo.
Su disculpa no contiene ni una pizca de sinceridad. Le clavo la mirada con molestia una última vez hasta que exhalo. El daño ya está hecho y no puedo reclamarle por sus celos ya que me encantan.
—Olvídalo, vamos a la reunión.
En el camino pasamos por calles concurridas.
No transcurre demasiado tiempo antes de escuchar a la gente murmurar.
Me observan sorprendidos. Confío en que se acostumbrarán con la misma rapidez con la que se acostumbraron cuando llegué la primera vez.
De todas formas se iba a saber, así que no regañaré demasiado a Idam.
—¡Lobelia! —me saluda una chica.
Parpadeo y agito mi mano.
—¿La conoces?
—No, no tengo ni idea.
Recorremos nuestro alrededor con la mirada.
—Por Emdor, todos te están mirando —me susurra—. Lobelia, tienes que ser firme con Idam.
—Lo seré —digo entre dientes.
—¡Hola, Lobelia! —me llama un hombre.
Rhoan gruñe.
—Ven, vamos por otro camino.
Se desvía y lo sigo aprisa. En la nueva ruta pasamos por los extremos que llevan al bosque. Tardaremos un poco más pero no hay nadie que nos moleste.
—Bueno, al menos es relajante —opino.
—Podríamos dar un paseo cuando termine la reunión, si te apetece.
—Sí, me encantaría.
Le sonrío amorosa y hago contacto visual con su mirada dulce.
Como no vemos a nadie, dejamos que nuestros dedos se rocen y enganchen entre ellos un poco.
Disfrutamos el silencio, los sonidos de la naturaleza, las aves y el ruido que producen las ramas de los árboles a nuestra izquierda con el viento, hasta que me paralizo y mi sonrisa se desvanece mirando en una dirección.
Mis dedos unidos a los de Rhoan le hacen detenerse.
—¿Qué ocurre? —Me sigue la mirada y descubre lo que veo, enmudecido como yo. Es un lobo blanco similar al que vi en mi despertar, como el que también describió Rhoan de sus visiones—. ¿Emdor?
—No, es un lobo común —contesto sin desconectar mis ojos de los del animal.
Nos observa con firmeza, sabemos que es una bestia pero se dice que son uno de los puentes con Emdor.
Suelen vivir tranquilos en su hábitat, en las profundidades del bosque, por lo que solo aparecen cuando es necesario.
Significa que no podemos subestimar lo que estamos presenciando.
Nos miramos por unos segundos y llegamos a una decisión unánime. Damos el primer paso al mismo tiempo y el lobo inicia su camino de guía.
Pasando por los primeros árboles, entrelazamos nuestras manos con confianza.
Las ramas se mueven con gentileza a medida que andamos sobre la nieve y permiten la entrada de algunos rayos de sol.
Pensamos que van a ser solo unos minutos, sin embargo el tiempo transcurre, sigue y sigue hasta que, al reconocer la dirección, nos ponemos en alerta.
Nos guía hacia Blackriver, o por lo menos a los límites cercanos, pero ya no hay marcha atrás.
El lobo solitario avanza hacia una dirección, y tras una hora de camino doy un paso atrás.
—¡Oh, por Dios!
Palidezco y los ojos se me expanden del susto.
—Mierda. —Rhoan me voltea hacia él tan rápido como puede—. No mires.
Ya no puedo borrar lo que he visto. Frente a nosotros yace el cadáver de un hombre, impregnado en sangre y con el tórax abierto de par en par. El espacio en donde debería estar su corazón está vacío. Es un hijo de Emdor.
—¿Quién es? —Lo miro asustada.
Sus ojos permanecen severos, plantados en el hombre.
—Einren, nuestro vigilante.
Siento la angustia cayéndome encima como un velo desde el aire.
Los vigilantes se encargan de investigar las zonas con sospecha de brujas para confirmar la presencia de alguna.
Una vez hecho eso, se comunican a través de aves que traen la información y así el equipo de cazadores puede acudir al lugar para reunirse con el vigilante y acabar con la bruja.
La tarea más importante de un vigilante es permanecer oculto para evitar el conflicto, debido a que está solo.
—¿P-Por qué está aquí? ¿Qué demonios ocurrió esta mañana?
Intento girarme para volver a verlo un poco más preparada, pero Rhoan me detiene.
—Dije que no mires. Quédate aquí —habla con severidad y se separa de mí.
Escucho sus pasos acercándose al cuerpo—.
Cuando llegamos a Blackriver, no había señales de Einren.
Asumimos lo peor y tuvimos que guiarnos por las descripciones que nos había enviado en las cartas para localizar a las brujas.
Los vigilantes son muy específicos e incluso envían retratos por si ocurre algo como esto.
Una de las tres brujas era más fuerte de lo que nos dijo él y alardeó de haberse comido su corazón.
Cuando ya casi la teníamos, consiguió herir a Celyn y escapó.
—Lo lamento…
—Su familia estará devastada pero no hay nada que podamos hacer. No sabemos cómo lo habrán descubierto —contesta a mi espalda.
Hay un silencio severo.
—¿Crees que sigue en Blackriver?
—Ya conocemos su apariencia, se habrá trasladado a otro territorio, aunque no sin dejarnos un regalo.
Intento hacer caso y seguir con la mirada hacia los árboles, pero el silencio despierta mi miedo y me hace buscar a Rhoan. Termino por girarme a la velocidad de una tortuga, y lo veo agachado frente al cadáver mientras coge algo de su mano fría. Me descubre y se pone de pie.
—¡Qué te dije, Lobelia Xyla! —Esconde lo que encontró.
Lo miro a los ojos a medida que se acerca dejando al cadáver de fondo. Intento fingir que no existe.
—¿Qué escondes? —sospecho.
Aprieta la mandíbula.
—No es nada.
—El lobo nos trajo a ambos y dijiste que no habría más secretos así que enséñamelo.
Su mirada lucha contra la mía en un silencio mortal, sin embargo al poco tiempo acepta y suaviza la mirada, colmado de amargura. Saca un papel arrugado, voy a cogerlo pero me lo impide.
—No lo toques, está sucio.
La sangre en las esquinas me eriza la nuca. Acepto y dejo que lo abra por mí. Al cabo de un segundo, el corazón se me detiene.
Los ojos se me pierden en la nada, mis pensamientos se nublan y levanto el pecho en cada respiración entrecortada. Sé a quién se refiere. A quién buscan.
A mí.