Adoración (El Amor No es lo que Parece nº 2) CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO
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CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO

Liberty

El brillo en sus ojos era duro, terco y apasionado, pero había demasiados secretos que superar. Le quitó su empresa a mamá. Tres generaciones de hombres Caldwell estaban a mi alrededor. Me preguntaba cuánto tiempo llevaban en las sombras de mi vida sin que yo siquiera lo supiera.

Giré hacia su padre.

—Estuviste en el funeral de mamá.

Noté sorpresa en las expresiones de Alexander y el abuelo.

—Sí. —Su voz era un murmullo—. La amaba.

Asentí.

—Mataste a mi padre… ¿el padre de Layla y mío?

Sus ojos me estudiaban en silencio. No podía decir que sentía remordimiento por mi padre. Si violó a mi madre, merecía morir.

Permaneció en silencio, con la mirada fija.

—¿Mamá te amaba?

—Sí. —Su voz estaba áspera, llena de emociones—. Y renunciar a ella fue lo más difícil que he hecho en mi vida.

Voltee hacia Alexander.

—¿Lo sabías? —No tenía duda de que lo sabía, no obstante, quería escucharlo decirlo. Se quedó allí, inmóvil, con la mirada clavada en mí.

—Liberty —pronunció su abuelo en voz baja—. Volvamos a casa y hablemos de esto. —Negué con la cabeza inmediatamente—. Después de hablar y de que obtengas tus respuestas, te juro que, si no quieres quedarte, te llevaré a ti y a Brandon a donde quieras.

—Yo también —prometió su padre.

—¡De ninguna manera, joder! —reviró Alexander.

—Alexander —le advirtieron tanto su abuelo como su padre, pero él los ignoró, con los ojos ardiendo de rabia o deseo. Ya no estaba segura.

—Si amabas a mi madre, júralo por su tumba. —Insté a su padre antes de girarme hacia el abuelo—. Y tú júralo por la vida de tus nietos.

Ninguno dudó.

—Bien, iré y los escucharé.

Alexander se puso tenso, pero su padre y su abuelo asintieron en señal de acuerdo. Nos dirigimos a la puerta abierta de la limusina que nos esperaba. Su abuelo entró primero, luego su padre, y Alexander me esperó, poniendo su mano en la parte baja de mi espalda.

—No me toques —susurré. Su rostro, toda su postura, era estoica. No podía saber si él estaba tan dolido como yo o si sentía alguna emoción en absoluto.

El trayecto hasta su casa fue silencioso. Nadie se molestó en decir una palabra. En cuanto el coche se detuvo, me bajé. No quería la ayuda de Alexander ni sentir su mano sobre mí, por miedo a ceder a mi deseo por él.

Al entrar todos en su residencia, me giré.

—Probablemente deberíamos hacer esto en el estudio. Ya que todo empezó y terminó como un acuerdo de negocios. Parece apropiado, ¿no crees?

La hermosa mandíbula de Alexander se apretó y juraría que casi podía oír sus dientes rechinar.

«Por fin, lo había enfurecido», pensé con amargura.

Maxim bajó las escaleras.

—¿Qué está pasando? —Parecía alarmado al ver a su padre—. ¿Por qué está padre aquí?

—¿Cómo está Brandon? —pregunté en su lugar.

—Está profundamente dormido. Acabo de ver cómo estaba. —Los ojos de Maxim no paraban de moverse entre todos nosotros—. ¿Qué está pasando?

—Ven y únete a la fiesta. —Ofrecí con sarcasmo—. Quizá descubras un par de cosas. Sin duda yo hoy descubrí demasiado, demonios. Pero si lo sabes todo, por favor, vete a la cama. Quizá soy la única que no sabe nada aquí.

En cuanto las palabras salieron de mis labios, me pareció mal. Los ojos de Maxim brillaron con dolor. Mi paso vaciló. Eso fue una mierda, y lo sabía. Me giré para mirar a Maxim.

—Lo siento, Maxim —murmuré, poniendo mi mano en su brazo.

—No te preocupes, Livy. Supongo que nuestra familia se lo merecía. —Me dio una palmada en la mano y sus ojos se elevaron por encima de mi cabeza. Seguí su mirada y vi a Alexander enfadado con nosotros.

—Quita tu mano de mi esposa, hermano —demandó entre dientes.

Lo miré con los ojos muy abiertos, sorprendida. Maxim se apartó rápidamente, y mi mano resbaló de su cuerpo hasta caer a mi costado.

Finalmente, mi sentido y razón volvieron. Me acerqué a Alexander, enfadada y señalando con el dedo su pecho duro.

—No te atrevas a ponerte como cavernícola conmigo. Ya he tenido suficiente.

Su mirada se desplazó hacia su pecho, donde mi dedo lo picoteaba repetidamente, y sus labios se curvaron en una sonrisa.

—Mientras solo me estés tocando a mí, esposa.

Mi mano se retiró de golpe como si me hubiera quemado.

—Estás loco —musité, nuestras miradas fijas; sus ojos azules me quemaban. Quizás él había perdido la cabeza, o quizás yo. Ya no sabía qué era normal. Necesitaba un tiempo a solas para procesar esto. Miré a todos y dije rápidamente—: Necesito un momento para cambiarme esta ropa.

Subí las escaleras a toda prisa. Necesitaba un minuto para recomponerme. Al pasar por la habitación de Brandon, me detuve y eché un vistazo dentro. Tenía una sonrisa en su rostro mientras dormía, contándome sus sueños felices.

Era feliz aquí. Amaba a Alexander, Maxim y a su abuelo. Y ellos a él, no podía negarlo.

Con un suspiro pesado, seguí hacia mi dormitorio y, en cuanto cerré la puerta tras de mí, me apoyé en ella, cerrando los ojos.

El arrepentimiento, la pérdida y la tristeza sabían a amargura. Jamás podría haber imaginado que hubiera tantos secretos girando en torno al pasado de mi madre. Alexander los sabía todos; debió reconocerme desde el momento en que me vio.

Ojalá hubiera dicho algo… Cualquier cosa.

Antes de este día, había empezado a tener la esperanza de que tuviéramos un futuro.

Pero en este momento, ¿cómo podría esperar eso?

Él mismo me dijo que su padre destruyó a su familia por una mujer.

Sabía que fue por mi madre. Nada de eso tenía sentido. ¿Por qué se casaría conmigo, entonces?

Levantando la mano, me froté el pecho. Parecía que había estado haciendo eso todo el día de hoy. El dolor que sentí cuando Callen me dejó en el altar no fue nada comparado con esto. Ni siquiera podría considerarlo dolor contrastándolo con esta situación.

Pero esto… Este dolor me estaba destrozando por dentro.

Al desabrochar el vestido, el material suave cayó, acumulándose a mis pies. Me quité los zapatos y salí a buscar mi ropa. Me puse unos jeans y luego los combiné con una camiseta rosa de manga larga y un par de Chucks del mismo color.

Al ver mi reflejo en el espejo, me maravillé con mi exterior.

Porque por dentro, era un desastre. Mi corazón sangraba por mi madre, mi hermana, mi esposo, su familia…

nosotros. Sería un milagro para que cualquiera de nosotros saliera ileso.

Todos llevábamos nuestras propias cicatrices invisibles, y parecía que todas empezaron con mi madre y el padre de Alexander.

Mis ojos se posaron en el collar que Alexander me había puesto antes.

Si cerraba los ojos, aún podía sentir sus labios en mi cuello.

No le había prestado atención hasta este minuto, pero era precioso, decorado con una esmeralda intensa en forma de lágrima.

Parecía costoso. Lo desenganché rápidamente, me lo quité y lo puse sobre el tocador.

Volví a bajar. Todos los hombres seguían en el mismo sitio donde los dejé, el vestíbulo inquietantemente silencioso. Al llegar al último escalón, Alexander se acercó a mí.

—Liberty, tenemos que hablar. —Su voz estaba teñida de desesperación.

Aunque su engaño me dolió, admiraba la fuerza de este hombre. Era protector y fuerte con todos los que lo rodeaban. A diferencia de mí, que sentía como si todo dentro de mi ser temblara.

—Estamos hablando, Alexander —respondí con voz calmada, tan distinta a los sentimientos que se gestaban en mi interior—. Quiero que tu familia me cuente todo. No más secretos.

Apretó la mandíbula y tuve que apretar los puños para no intentar tocar su rostro.

—Vamos, ustedes dos. —Su padre rompió el momento, y yo le di la espalda a Alexander, entrando a su estudio.

Todos se sentaron y yo tomé la última silla.

—Carajo, no creo recordar que todos estuviéramos sentados en la misma habitación —expresó Maxim—. Livy, sin duda tienes una forma de unir a la gente.

Alcé una ceja hacia él. Esa era una forma de ver esta situación de mierda.

Alexander tomó su sitio junto a la repisa, apoyándose en ella, y luego nos quedamos todos en silencio. Ni siquiera estaba segura de qué estábamos esperando.

—Haz tus preguntas, esposa. —Alexander rompió el silencio.

Encontré la mirada de Alexander.

—¿Le quitaste su editorial?

—Sí.

—¿Por qué? —pregunté. El negocio era insignificante, pero era todo lo que ella tenía—. No valía mucho. ¿Por qué lo hiciste?

—Iba a publicar una historia sobre la familia Caldwell —explicó con firmeza, recuperando su actitud fría—. No podía permitir que nuestra familia volviera a ser arrastrada por un infierno.

Se me abrió la boca ante este hombre despiadado. ¿Cómo podía amarlo si era tan cruel?

Me levanté, odiándome por desearlo, por amarlo.

—¿Sabes cómo murió mi mamá? —Mi voz era un susurro, cada latido de mi corazón provocaba dolor en mi pecho.

Todos los hombres Caldwell estaban en la habitación, pero yo solo estaba enfocada en uno—.

La encontré en el suelo del baño, en un charco de su propia sangre.

Se suicidó. Dos semanas antes, la había dejado…

—Las palabras se me quedaron atascadas en la garganta.

La dejé. Sí, eso lo resumía todo… La dejé.

Debería haber estado ahí para ella. Debería haber luchado con uñas y dientes contra Alexander Caldwell para que no le quitara la editorial en vez de estar tan obsesionada con el padre que no conocía—.

Ese negocio era su vida. Tú tienes muchísimo. ¿Por qué, Alexander?

Una persona estoica, descarada y fría estaba delante de mí.

—¡Respóndeme, maldita sea! —Necesitaba escucharlo decirlo, explicarlo. Me lo merecía.

—La última vez que ocurrió un escándalo —empezó—, Maxim era un niño pequeño. Pude protegerlo y recuperamos el negocio mientras el apellido de la familia se recuperaba poco a poco. Esta vez, lo habría vivido en carne propia. Y mi abuelo no podía volver a pasar por eso a su edad.