CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO
Liberty
En cuanto nos sentamos en el coche, Alexander cerró el separador, dándonos privacidad del chofer.
—Eso fue más que grosero —acusé—. ¿Cuál es tu problema con Callen?
—Me importa un carajo Callen —gruñó, y sentí que apenas conseguía controlar su temperamento.
—Claramente —murmuré entre dientes.
—¿Qué hacías con él? —preguntó.
Me encogí de hombros, molesta de que me cuestionara. Hoy había sido demasiado. Además, si lo que decía Callen era cierto, Alexander no debería sorprenderse.
—¿De qué se trata eso de que vas tras su empresa? —acusé en su lugar. Miré por la ventana y luego me senté derecha—. ¿A dónde vamos? Tenemos que recoger a Brandon. Dile a tu chofer…
—Maxim lo recogió —me interrumpió.
La culpa recorrió mi espalda.
—Oh, eso es bueno.
Observé a Alexander, su rostro estoico inescrutable, sus fríos ojos azules fijos en mí y toda su postura distante.
Ojalá pudiera encender y apagar el interruptor como él lo hacía.
Lo necesitaba antes de que el pánico me tragara entera.
Quería la calma que solo él parecía traerme.
Quería tocarlo, sentir su corazón latir bajo mi mano.
Necesitaba su boca, sus manos… Quería olvidar todo lo que descubrí hoy.
—¿Dónde estuviste todo el día? —preguntó—. ¿Estuviste con Callen toda la tarde?
—No. —Mi voz salió un poco entrecortada—. Literalmente me acababa de sentar cuando entraste de golpe como un neandertal.
Su mirada vigilante sobre mí me hizo sentir que dudaba en si creerme o no.
Alexander era el único que encendía mi ira así.
Hoy había descubierto tanto, necesitaba un tiempo de tranquilidad a solas para procesarlo, para conectar todos los puntos y pensamientos que giraban en mi mente, haciendo que mi cerebro fuera un lío enredado.
—¿Cuál es tu problema con él, de todos modos? —pregunté con curiosidad, centrándome en el tema más sencillo. Entonces me di cuenta de que nunca respondió a mi pregunta anterior—. ¿Y me vas a decir por qué vas tras su editorial?
No respondería a la pregunta. Eso sí lo sabía. Lo que no esperaba era que su boca carnosa se estrellara sobre la mía.
Una persona cuerda lo habría empujado, le habría dicho que se fuera al infierno.
Pero ya no estaba cuerda. En cambio, agarré su camisa, desesperada por tenerlo cerca.
Lo único que importaba era que su lengua invadiera mi boca.
Deslicé mis manos en su cabello y le di todo lo que tenía en ese beso.
Todo mi cuerpo temblaba por él, para que me follara duro y sin sentido.
Su brazo me rodeaba la cintura, presionándome contra él. Podía sentir su polla dura contra mí.
Rodeando su cuello con los brazos, lo acerqué más, mis respiraciones pesadas igualando la suya. Froté mis caderas contra su longitud dura como una roca, disfrutando de la sensación de su cuerpo contra mí.
Me levantó el vestido, apartando mis bragas a un lado, y en cuanto su mano acarició mi coño, el gemido que había estado conteniendo escapó de mis labios. Me metió dos dedos dentro y mi cuerpo se estremeció al instante.
—Eres mía —siseó con voz ronca contra mi boca, devorándola como si fuera el último beso que recibiría, y yo no era mejor, aceptando todo lo que me daba—. Mi mujer. Mi esposa.
Su boca se deslizó por mi cuello hasta mi clavícula, bajó hasta mi pecho, dejando besos que me dejarían moretones a su paso, hasta que llegó a mi pezón y lo tomó en su boca mientras chupaba con fuerza.
Mordió mi piel abultada. Grité, dolor y placer mezclándose a la par que sus dedos se hundían con fuerza en mí.
—Tan jodidamente mojada —halagó—. Esto es para mí. ¿Lo entiendes? —El filo posesivo en su voz me hizo estremecerme ante sus caricias.
—Alexander. —Mi voz estaba sin aliento por el deseo—. Más. Necesito más.
Más placer. Más dolor.
Sujetándome fuerte con una mano mientras con la otra se desabrochaba rápidamente la cremallera, liberó su polla.
Me monté sobre él, mis ojos perdidos en esos profundos ojos azules, todo mi ser enfocado en él.
Todo mi cuerpo lo deseaba hasta dolerme, sin importarme las consecuencias que se descontrolaban.
Agarró mis muslos y, de un solo movimiento, me atrajo hacia abajo, con su verga enterrada profundamente dentro de mí.
—¡Sí! —Jadeé.
Le agarré los hombros, animándolo, y con sus manos sujetando mis caderas, volvió a embestirse contra mí. Todos los nervios de mi cuerpo se tensaron mientras él me estiraba y me llenaba. Controlaba mis movimientos a la par que me follaba, sus acometidas fuertes y rápidas.
Un orgasmo demoledor me invadió, mis gritos aumentaron de tono mientras me invadía la oleada abrumadora y enloquecedora.
Selló sus labios contra los míos, ahogando mis gritos en tanto continuaba su asalto.
Lo tomé profundamente dentro de mí a la par que mi cuerpo convulsionaba con cada golpe brutal de su polla y lo exprimía hasta sacar todo lo que tenía.
Alexander explotó en mí y lo tomé todo, agarrándome desesperadamente a su cuello. Temblamos juntos mientras me besaba con pasión.
Rompí el beso y enterré mi rostro en el hueco de su cuello, con el alma llena de amor por ese hombre. Sus dedos apartaron mi cabello sudoroso de mi frente, pegando besos ligeros como plumas allí, y me dolió el corazón. Su ternura hizo que mi corazón se hinchara. ¿Qué me estaba pasando?
—Alexander… —Vacilé, con la cara aún enterrada en su cuello. Tenía miedo de que si lo miraba a los ojos, él viera lo absurdamente enamorada que estaba de él—. Callen y yo… —Me costaba encontrar las palabras adecuadas—. No hay nada entre nosotros. Él fue algo para mí hace mucho tiempo.
—Estaba muy preocupado por ti cuando supe que te habías ido durante horas. —Su voz tenía angustia y le creí.
—Solo necesitaba despejar mi cabeza. —No podía contarle lo que había descubierto. Todavía no—. Perdí la noción del tiempo. —No podía contarle sobre mi almuerzo con Layla ni sobre la visita de su padre. Ni siquiera yo misma podía entenderlo. Necesitaba tiempo.
El silencio se alargó y mi corazón se detuvo.
—Estamos en casa —murmuró contra mi piel.
Miré a mi alrededor, dándome cuenta de que nos habíamos detenido. Me aparté de él, agarrando mi vestido y bragas mientras él se acomodaba dentro, abrochándose los pantalones.
La puerta empezó a abrirse, haciéndome entrar en pánico mientras intentaba acomodarme el vestido.
—¡Cierra la puerta! —bramó. El chofer se apartó rápidamente y Alexander me ayudó con la ropa. No podía mirarlo a los ojos; mi corazón, mente y cuerpo estaban envueltos en confusión.
No podía imaginar cuándo me había enamorado de mi esposo. Mi vida se había descontrolado y nunca volvería a ser igual.
Tomó mi barbilla entre sus dedos y me miró a los ojos.
—La próxima vez, llámame. —Sus palabras me recordaron a nuestras primeras semanas, cuando me mandaba. Debió pensar lo mismo porque me besó suavemente los labios y añadió—: Por favor.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
—Lo haré —susurré mi promesa.
Nos observábamos mutuamente, ambos a la defensiva, y en el fondo sabía que nos dirigíamos hacia la perdición. A menos que ambos pudiéramos bajar la guardia y sincerarnos con lo que había a nuestro alrededor, nuestro matrimonio no sobreviviría. Independientemente de si lo quisiéramos o no.