CAPÍTULO CUARENTA Y DOS #2
Me despertaron los brillantes rayos de sol que se filtraban por la gran ventana.
Entreabrí los ojos, todavía sintiéndome agotada.
Esperar hasta tarde a Alexander y luego hacer el amor me pasó factura.
Volví a cerrar los ojos, debatiéndome si tirar las sábanas sobre mí y darme la vuelta.
Mi mano se extendió hacia Alexander y no encontré nada allí.
Abrí los ojos, mirando el lugar vacío donde su almohada aún tenía su huella.
Ya lo echaba de menos, lamentando su pérdida.
No podía quitarme de encima la sensación de que me estaba perdiendo algo importante, pero la ignoré, atribuyendo esos pensamientos oscuros a esta situación inusual y a que mis experiencias pasadas me habían vuelto paranoica.
Apoyé mis pies en el suelo y me dirigí al baño. Después de darme una ducha rápida, cepillarme los dientes y aplicarme un poco de maquillaje para ocultar mis ojeras oscuras, fui a la habitación de Brandon, donde estaba vestido y jugando con sus juguetes.
—Buenos días —lo saludé con un beso en la frente—. No puedo creer que ya estés despierto y listo.
Me devolvió la sonrisa feliz.
—Alexander me ayudó y desayunamos juntos. Tuvo que irse a su oficina, así que te esperé.
¿Se fue? En este momento me arrepentía de haber dormido hasta tarde.
—Lo siento, cariño. Debería haberme levantado antes.
—No pasa nada. —Sonrió ampliamente.
—Entonces, ¿estás listo? —pregunté. Sería su primer día de regreso desde el incidente en su guardería.
Asintió con seriedad.
—Nadie puede alejarme de ti y de Alexander —pronunció—. Alexander me lo dijo antes de irse.
«Excepto que Alexander podría quitarme a Brandon», pensé para mis adentros, pero nunca le diría eso a mi hijo adoptivo. Esto se trataba de calmar los miedos de Brandon, no los míos.
Ya había un chofer esperándonos que nos llevó primero a la guardería de Brandon, donde lo acompañé a entrar.
—Felicidades por su boda —nos saludó el señor Jackson.
—Gracias. —Carraspeé, esperando sonar como una novia feliz.
Me arrodillé, cruzando la mirada con Brandon.
—¿Bien? —Sabía exactamente lo que le estaba preguntando.
Me abrazó, sonriendo.
—Sí.
Lo vi caminar hacia su clase y, con una mirada atrás y una sonrisa amplia, supe que estaría bien.
—Te veo luego, Livy.
Cuando llegué a Caldwell Publishing House, Maxim y su abuelo ya estaban allí, y nos pusimos a trabajar de inmediato.
Su abuelo no se quedó mucho tiempo. Parecía decidido a ceder el control.
Me parecía extraño que no estuviera teniendo dificultades por dejar ir algo que había construido durante toda su vida.
Antes de darme cuenta, era la hora del almuerzo; mi estómago rugió, indicándome que no había comido en todo el día.
—Ugh, tengo hambre —me quejé—. ¿Quieres ir a comer?
Maxim me miró y sonrió.
—Ojalá pudiera. Tengo que ir a Caldwell Enterprise. Alexander quiere que le ayude con la adquisición de una propiedad.
Al mencionar el nombre de mi esposo, el recuerdo de anoche me vino a la mente y sentí el calor subirme a las mejillas. Era una tontería porque no es que no pudiéramos hacer ese tipo de cosas. Éramos adultos con consentimiento mutuo, así que era mejor disfrutar de los beneficios.
—Livy, ¿te estás sonrojando? —bromeó Maxim.
—¡Por supuesto que no! —alegué demasiado rápido.
—Claro… No quiero saberlo —replicó en tono burlón—. Podemos salir juntos. Puedes ir a comer, probablemente necesitas mucha energía desde que te casaste con Alexander.
De inmediato sentí cómo el calor me subía a la cara otra vez, y nos despedimos rápidamente. Le dije adiós con un movimiento con la mano mientras se marchaba, y fui a uno de los restaurantes locales, me senté afuera, disfrutando del sol, esperando a que un camarero se acercara a mí.
Le mandé un mensaje a Layla mientras bebía mi agua. Ella tenía sus propios asuntos y quería que supiera que estaba ahí para ella pasara lo que pasara.
—Liberty Caldwell. —La voz de un hombre me hizo levantar la cabeza.
Me encontré con la mirada del padre de Alexander.
—Señor Caldwell —lo saludé. Tenía la sensación de que no se había topado conmigo por casualidad—. Hola, ¿cómo está?
—Estoy bien. —Sonrió, pero no le llegó a los ojos.
«Hombre roto. Eso es a lo que me recuerda, a un hombre roto».
—¿Puedo sentarme contigo? —preguntó.
Me moví incómoda. No quería parecer grosera, pero salvo decir que no, no pude encontrar una respuesta cortés.
—Sí, claro —respondí en su lugar.
—Gracias.
Nos sentamos juntos, un silencio incómodo entre nosotros. Me rompí la cabeza buscando un tema que pudiera mantener la conversación entre nosotros, pero por más que lo intentaba, no se me ocurría ni uno solo.
—Me recuerdas a alguien. —Empezó, haciendo que lo mirara sorprendida.
—Oh. —Sin saber cómo responder, me quedé callada, esperando que dijera algo más.
—Ella era muy hermosa —añadió—. Como tú.
—Lo lamento —murmuré—. ¿Hace mucho que se fue?
—Le pertenecía a otra persona —confesó, como si hablara consigo mismo—. La última vez que la vi fue hace muchísimo tiempo.
Miré a mi alrededor como esperando que alguien se uniera a nosotros en la mesa. Alexander había mencionado algo sobre una mujer con la que estaba obsesionado. ¿Era la misma?
También me preguntaba cómo recordaba con precisión los rasgos de la mujer de la que hablaba después de tanto tiempo.
—Cuando te vi, fue como si ella hubiera vuelto, sin envejecer ni un solo día.
—Siento mucho el recordatorio —dije finalmente, sin saber qué pensar de su comentario.
Sus ojos se encontraron con los míos.
—Yo no.
Bueno, esta era una conversación extraña.
—¿Puedo llamarte Liberty? —preguntó.
Asentí con duda. No importaba mucho. Probablemente no lo vería mucho de todos modos.
—Gracias —manifestó, sonando como si le hubiera dado el regalo más preciado—. ¿Tu mamá también vive en Londres? ¿Y tu padre?
—No, mamá murió hace siete años. —No me apetecía profundizar más allá de eso—. Mi padre nunca estuvo cerca —comenté, sin querer admitir que no sabía quién era mi padre.
—Siento escuchar eso. —Su voz tembló ligeramente y levanté la mirada. Parecía bastante alterado—. ¿Tienes hermanos o hermanas?
Tragué el nudo en mi garganta.
—Tenía… —Volví a tragar saliva antes de continuar, preocupada de que mi voz me fallara—. Tenía una hermana. Tenía mi misma edad. Murió en un accidente… hace aproximadamente un mes.
Juraría que parecía afectado por la noticia. Tragó saliva varias veces, como intentando recomponerse.
—Lo siento —murmuré—. No debería haber hecho que esta comida fuera tan sombría.
Extendió su mano sobre la mesa y me dio una palmada suave. El gesto fue extrañamente reconfortante, y le ofrecí una sonrisa genuina.
El camarero vino y tomó nuestras órdenes.
Después de que se fue, el señor Caldwell continuó nuestra conversación.
—Es un nombre inusual el que tienes, Liberty.
Me reí.
—Quizá —repliqué—. En realidad, mamá nació en el Reino Unido. No hablaba mucho de ello, pero una vez me dijo que se fue porque quería más oportunidades para mí. Así que eligió ese nombre.
Todavía me preguntaba por qué no podíamos encontrar todo lo que queríamos aquí.
—Se quejó de que llevé la definición de libertad a otro nivel. —Me reí suavemente y él también, aunque había tristeza en sus ojos.
Llegó la comida y ambos comenzamos a comer. Quise preguntarle por Alexander, pero no encontré el valor. Quería entender a su hijo y qué lo impulsaba. ¿Se daba cuenta de cuánto había lastimado a Alexander?
Me hizo preguntas sobre mamá, dónde crecí y escuchaba atentamente todo lo que mencionaba.
Al terminar de comer, siguió el silencio, ambos absortos en nuestros propios pensamientos.
—Gracias por almorzar conmigo. —Rompió el silencio—. Me alegro de que Alexander te haya encontrado. —Sentí que había muchas palabras no dichas, pero no había duda de que era sincero. Mientras nos mirábamos en silencio, ambos un poco cautelosos, preguntó—: ¿Puedo pedirte un favor?
Asentí.
—¿Podrías mantener nuestra reunión de hoy en secreto?
Lo miré sorprendida y asentí despacio.
—Nunca soñé que tendría otra oportunidad.
—¿Otra oportunidad? —indagué, sin entender.
Permaneció en silencio durante varios segundos y luego respondió.
—La mujer a la que me recuerdas significaba mucho para mí.
Por alguna extraña razón, sus palabras y la forma en que se le quebró la voz me hicieron sentir lástima por él.