CAPÍTULO ONCE
Liberty
—Señorita Smith, ¿podría traerme el informe de progreso sobre Croacia, por favor? —Su voz era suave, esos ojos azules nunca se apartaron de mí.
Completamente desprevenida para ese tipo de respuesta, tartamudeé y me entretuve con mis bolígrafos y clips para no quedármele viendo boquiabierta.
De verdad no creía que esas palabras estuvieran en su diccionario.
Maxim me dio un golpecito con el codo. Me recuperé rápido, tomé el informe que me pidió y se lo llevé a Alexander. Al entregárselo, nuestros dedos se rozaron y una descarga eléctrica recorrió mi cuerpo.
Pero ¿qué…?
Me lo quitó de las manos, su “gracias” tan bajo que definitivamente pensé que lo había soñado.
Y, sin embargo… Mi corazón latía con emoción.
Se dio la vuelta y volvió a su oficina.
Alzando las cejas, miré a Maxim.
—¿Qué fue eso? —susurré.
Maxim me guiñó un ojo y susurró de vuelta.
—Supongo que intenta ser más amigable.
—No puedo creerlo —murmuré—. Probablemente está tramando algo.
—¿Por qué te alteras tanto cuando estás con él? —La voz de Maxim estaba llena de una curiosidad sincera.
—No es así. —Intenté reprimir mi actitud defensiva ante su aparentemente inocente pregunta—. Simplemente no confío en él.
—¿En él o en la gente en general? Tengo la sensación de que no confías en muchas personas —comentó Maxim en voz baja—. ¿Es por Callen, el tipo que mencionaste en el ascensor el primer día?
Inclinando la cabeza hacia un lado, miré al tipo que había empezado a ver como distante e indiferente, el bufón de la oficina. Pero quizá, como su hermano, había más de lo que parecía. Porque tenía razón, no confiaba en mucha gente.
Entre otras cosas, tenía graves problemas de abandono. No tenía idea de quién era mi padre y supuse que no quería saber nada de mí. Todo lo que pasó con mamá y cómo acabaron las cosas con Callen terminó de convencerme. Todo dolía.
Me pasé el cabello detrás de la oreja con las manos temblorosas.
—No lo sé —dije, luego me senté en mi escritorio y dirigí mi atención a mi computadora—. Tengo que terminar esto para poder salir de aquí.
Se quedó allí un par de segundos y luego se alejó en silencio, dejándome sola con mis pensamientos y mi pasado.
Como si tuviera un sensor para cuando yo me sentía miserable y pensaba en él, mi teléfono sonó con un mensaje de texto de nada menos que Callen. Me quedé paralizada, mirando el teléfono, preguntándome por qué me estaría escribiendo. Lentamente, deslicé el dedo por la pantalla.
Callen: Hola, lass. Espero que me hayas perdonado y encontrado a alguien mucho mejor que yo. Te lo mereces. Necesito un consejo. Busqué información sobre Eve Bailey, ¿crees que sería bueno firmar con ella?
No había sabido nada de Callen en más de tres años. Sin mencionar el mensaje que le envié a principios de esa semana. Sin disculparse por romperme el corazón o dejarme en el altar.
Cerré los ojos e intenté contener las lágrimas mientras los recuerdos frescos me invadían.
—Siempre seré honesto contigo. —Callen me abrazó, y se sentía tan bien estar en sus brazos.
Extrañaba a mamá. Había pasado exactamente un año desde su muerte, y yo me ahogaba en arrepentimiento y tristeza. Debería haber visto las señales, pero estaba tan envuelta en mí misma, tan ciega con la necesidad de descubrir quién era mi padre… Le fallé.
—Puedes confiar en mí. —Su voz era un susurro tranquilizante en mi oído. No le conté lo que pasó. No podía confiar en que no me derrumbaría delante de él y me pondría a llorar.
Él dijo que sería honesto conmigo. Que podía confiar en él. Y rompió esa promesa, de la peor manera posible. Y ni siquiera me ofreció una disculpa antes de tener la osadía de contactarme, años después, pidiendo un consejo.
Mis dedos se quedaron sobre el teléfono. Quería decirle que se fuera a la mierda y que se las arreglara solo. ¿Por qué no le pidió consejo a su valioso socio? ¿O la mujer a la que había dejado embarazada?
Empecé a teclear, pero luego paré y borré mis palabras.
Layla conocía a la hermana de Eve Bailey.
Tomaron algunas clases juntas en la universidad.
Sabía que Eve había perdido a su marido y a su hijo hacía unos diez meses.
Layla asistió a su funeral. Recordaba que describía la escena sombría y desgarradora del entierro.
Se me erizó la piel por todo el brazo solo de pensar en el dolor que debió de haber sufrido.
Eve no había escrito nada desde entonces y había cortado toda relación con su editorial anterior.
Había rumores de que había intentado acabar con su vida, y no podía evitar sentir lástima por ella.
Nadie debería tener que pasar por esa clase de dolor.
Sabía, por escuchar las quejas de Layla sobre Lachlan, que se había enamorado de Eve.
Tal vez si Callen la conseguía para su editorial, podría volver a escribir y encontrar algún tipo de felicidad.
Era una escritora excelente e independientemente de mis sentimientos hacia Callen, merecía que le dieran una oportunidad.
Fortalecí mi determinación, pensando en mi madre y en cómo esto podría ser una forma indirecta de arrepentirme de mi fracaso, y abrí el teclado.
Yo: Sí, es muy buena. Sería bueno firmar con ella.
Mi dedo se detuvo en el botón de enviar cuando la voz de Alexander me sobresaltó.
—Señorita Smith, puede terminar por hoy. Disfrute su fin de semana.
Alcé la vista para encontrarme con su mirada, esos ojos azules tan distintos a los de cualquier otro.
El silencio se alargó durante unos segundos mientras nos mirábamos con cautela. Supongo que está esperando a que lo regañe.
—¿Todo bien? —preguntó, frunciendo el ceño mientras miraba mi teléfono y luego me miraba a mí. De hecho, sonaba preocupado.
—Sí —manifesté, y luego presioné enviar firmemente. Al levantarme, recogí mi bolsa y metí mi teléfono adentro—. Entonces, ya me voy. Que tenga un buen fin de semana.
Gracias a Dios que era viernes y no tendría que verlo en todo el fin de semana. Eso ayudaría a calmar esas hormonas descontroladas que conseguía despertar en mí.