CAPÍTULO 46
Scarlett
¿Cuánto tiempo puede vivir alguien con el corazón completamente roto? ¿Meses? ¿Años?
Esa era la pregunta que atormentaba a Scarlett mañana y noche desde que Leighton se fue.
Los primeros días, se escapaba de casa con alguna excusa lo suficientemente convincente para que Kairon no sospechara y se limitaba a acercarse a casa de los Sullivan para comprobar que, en efecto, hacía días que ya no estaba allí.
Uno de los días en los que las lágrimas y las miles de preguntas sin respuesta la mantenían cautiva de su propia cama, escuchó la puerta de entrada sonar y la voz de la madre de Leighton, Kimberly, unos minutos después preguntándole a Kairon si sabía algo del paradero de su hijo.
La negativa de su hermano hundió aún más a Scarlett en la tristeza y en ese porqué que la perseguía a todas horas.
No paraba de preguntarse qué había podido pasar en las que habían sido sin duda las mejores semanas de su vida para que Leighton sintiera la imperiosa necesidad de marcharse lejos de todo lo que había conocido. Lejos de ella.
La primera semana tras la marcha de Leighton acabó llegando y Scarlett se preguntó hasta cuándo podría vivir así, con la sensación de tener en medio del lugar donde antes latía su corazón con frenesí, un hueco oscuro y lleno del eco de sus promesas.
Y, lo peor de todo, era que tenía que fingir que no le importaba tanto de cara a los demás.
De cara a la galería, a Kairon y a sus amigas del instituto, la marcha de Leighton debía sentirse como la pérdida de un amigo con el que había entablado amistad en muy poco tiempo.
No como lo sentía ella, como si hubiera perdido una parte de sí misma en el proceso de enamorarse de él y perderlo sin explicación alguna unas semanas después.
La marcha de Leighton había hecho mella también en Kairon.
Si desde el ingreso de Callie en la clínica de reposo mental estaba algo irritable, ahora que había perdido a su mejor amigo, al que le contaba todas sus penas y sus quebraderos de cabeza, estaba tan irritable que si te atrevías a respirar el mismo aire que él te percatabas de que estaba contaminado por la rabia y por las preguntas para las que los Lambert no tenían respuesta.
En un intento desesperado por saber algo más de él, Scarlett aprovechó la salida del instituto antes de que Kairon pasara a recogerla para ir a la universidad para preguntarles a los amigos de Leighton por su paradero, pero o bien no querían decir nada o realmente no sabían a dónde se había dirigido su amigo.
A pesar de que Scarlett les imploró a Jaden y Macy que le dijeran adónde había ido, a pesar de que las lágrimas la traicionaron y salieron a la luz reflejando muchos más sentimientos de los que realmente quería mostrar delante de un par de desconocidos que tenían en común con ella a una persona tan especial como Leighton, ninguno de los dos dijo nada e incluso llegaron a suplicarle a Scarlett que dejara de atormentarse y que… tratara de olvidarlo.
Olvidarlo…
Lo haría si supiera a ciencia cierta que podría seguir respirando cuando se atreviera a dar el paso.
Porque, a pesar de que sus pulmones seguían funcionando porque así lo determinaba la biología humana, su alma estaba muy lejos de funcionar con normalidad.
Porque se había quedado anclada a los recuerdos, a las canciones de amor que esperaba escuchar todavía a altas horas de la noche, a los susurros llenos de sentimiento que los sorprendieron a ambos cuando menos lo esperaban, a las promesas que se habían roto con tanta facilidad que realmente se llegó a preguntar si existieron o si solo fueron fruto de su imaginación que siempre se mantenía en las nubes cuando se trataba de él.
Olvidarlo se le antojaba un infierno teniendo en cuenta que se había marchado y, sin embargo, había dejado cosas de él en el pequeño pueblo que en las noches a solas y los encuentros premeditados, fue testigo de su historia de amor.
La pluma estilográfica que le había regalado un día cualquiera, porque sí, para que la llevara consigo el día que se convirtiera en esa increíble abogada que soñaba ser.
Esa pluma que ahora carecía de sentido porque si ni siquiera tenía fuerzas para levantarse de la cama, dudaba que lograra acabar el instituto con las buenas notas que requería una carrera universitaria de ese calibre.
La libreta con las primeras canciones que compuso, que ahora descansaba siempre bajo la almohada de Scarlett, esas canciones que repetía cada noche para poder conciliar el sueño y con las que se convencía a sí misma de que, a pesar de que se había marchado sin despedirse de ella, sus sentimientos fueron reales.
Porque solo alguien que veía el amor como esas letras señalaban, podía amar de verdad.
La primera semana sin Leighton Sullivan había sido superada. Una pena que a esa semana le siguiera otra, y otra y otra hasta que se convirtieron en meses y, finalmente, en años de ausencia.