CAPÍTULO 45 #2
Me fijé en sus ojos oscuros mientras reseguía con las puntas de mis dedos el espacio de piel al que tenía acceso en esos momentos y el asentimiento que me dedicó, acompañado de esa mirada ardiente, fue la campana de salida a la que iba a ser mi canción favorita hasta la fecha.
Scarlett se sentó a horcajadas sobre mí y yo me recosté en la cama, aprovechando su amplitud para poder llevar mis manos a donde quisiera.
—Si no estás lista, podemos esperar. No quiero que te sientas presionada a hacer nada que no quieras—comenté, entre jadeos lentos, probablemente porque mi mente se debatía entre hablar con naturalidad y recrearme en la presencia de la mujer más bella del mundo entre mis brazos.
Ella lanzó una pequeña carcajada al aire antes de susurrar contra mi oído:
—Me he pasado tres cuartos de hora escogiendo el vestido para esta ocasión. Haz que esos minutos perdidos valgan la pena.
Mordí mi labio inferior antes de abalanzarme sobre el suyo y hacerlo mío.
Mis manos bajaron de su cintura hasta su trasero, consiguiendo que mi erección creciera considerablemente cuanto más cerca estaban mis manos de ella.
Di la vuelta con ella para dejarla completamente tumbada sobre el colchón y aproveché para deshacerme de la camisa que tanto me sobraba ya.
La hice un gurruño en el suelo y realmente sentí mi piel arder mientras contemplaba cómo Scarlett se deshacía lentamente de su vestido, dejándome ver un conjunto absolutamente demencial de color verde oscuro que me encendió todavía más y que hizo que me relamiera como un maldito animal sediento de más.
Sus preciosos rizos se deslizaron por el valle de sus pequeños pechos y no pude resistirme más antes de dirigirme hacia ellos.
Mis manos ardientes no tardaron en encontrar el camino hacia el cierre del sujetador y logré tener una vista completa a sus pechos desnudos en cuestión de segundos.
Joder... me iba a dar algo como no hiciera algo en las próximas milésimas de segundo.
Me hice un hueco entre sus piernas y la miré en silencio, esperando su aprobación.
Los segundos se me pasaron completamente lentos ante la espera.
Sin embargo, me sorprendió llevando una mano a mi nuca y dirigiendo mi boca hacia su pecho izquierdo.
El calor que emanaba de su piel me incitó a lamer con lentitud, viendo por el rabillo del ojo cómo ella echaba la cabeza hacia atrás y sonreía antes de colocar de nuevo su mano en mi nuca para profundizar mis lametones.
Con la mano que me quedaba libre alcancé su otro pecho sumergiéndome en una vorágine de calor y sensaciones indescriptibles que no tardaron en hacerse notar en mi erección que ya había crecido todavía más y se interponía entre nosotros de una forma tan dolorosa que tuve que apartarme unos instantes de Scarlett para sentir algo de calma, calma que no tardó en desaparecer cuando ella aprovechó para quitarse la ropa interior y dejarme vía libre a la pérdida de cordura de cualquier hombre.
Trastabillé sobre las sábanas y estuve a punto de caerme al suelo por la anticipación del momento.
Por una parte, quería paralizar el tiempo y tenernos siempre de esa manera: el uno para el otro, creando música con nuestros jadeos y respiraciones aceleradas.
Por otra parte, quería más y más. Quería demostrar cuánto la quería a través de la piel y los gemidos.
Por suerte, alcancé rápidamente un preservativo de la mesita de noche y mientras me lo colocaba instantes después de bajarme los calzoncillos, dije:
—Puede que te duela al principio. Si en algún momento quieres parar…
—Podemos parar siempre que alguno de los dos quiera, Leighton. No solo es mi primera vez, ¿o me equivoco? — aventuró.
Alcé la mirada ante su pregunta y mi piel entera se erizó al ver el rubor presente en sus mejillas. Rubor que no tardó en trasladarse a las mías porque sus palabras no podían ser más ciertas. Iba a ser la primera vez de ambos y sentía que iba a estallar de un momento a otro.
Me limité a asentir y cuando ya tuve el preservativo bien puesto, Scarlett abrió sus piernas y sus manos se aferraron a mi espalda desnuda.
Con una lentitud pasmosa me abrí paso en su interior sin dejar de mirarla ni un solo segundo.
Ella se estremeció un poco por el dolor, pero asintió dándome a entender que podía seguir.
Los siguientes minutos fueron la melodía perfecta compuesta por jadeos, susurros de amor y embestidas lentas a la par que intensas.
Mi cuerpo se meció al compás del suyo con una delicadeza y a la vez una seguridad que realmente me pregunté si al igual que había almas destinadas a encontrarse también ocurría lo mismo con los cuerpos.
Ese día Scarlett y yo hicimos el amor, anclándolo inevitablemente a una promesa que no tardé demasiado en romper.
Y todo porque, simplemente, ella dijo la frase que sentenció mi partida y que me convenció de que, a pesar de todo, nunca la había merecido y no era tan diferente a los cobardes de mis padres.
Mientras la sostenía entre mis brazos con la respiración todavía algo acelerada, murmuró contra mi pecho:
—Te quiero, Leighton.
Mi corazón se saltó un latido ante su confesión y no tardé en responder:
—Te quiero, Scarlett.
Ella posó su mejilla en mi pecho una vez más antes de susurrar:
—No sé qué haría si no te tuviera a mi lado. Tu amor me salva de la locura y me protege de la soledad.
◆◆◆
A la mañana siguiente, el otro lado de la cama permanecía frío ante mi tacto y encontré una pequeña nota en la almohada en la que Scarlett me agradecía la noche que habíamos pasado juntos y me avisaba de que había tenido que irse temprano para estar en casa cuando Kairon regresara.
Por mi parte, me quedé prácticamente todo el día dándole vueltas a la cabeza acerca de qué hacer con los sentimientos confusos que aturullaban mi mente cuando pensaba en las palabras de Scarlett y en la situación tan jodidamente complicada en la que nos encontrábamos.
El amor no debería ser una salvación desesperada a un problema tan grande como el que teníamos entre manos.
El amor no debería estar entrelazado con la necesidad de estar con la otra persona para sentir que puedes respirar en paz.
El amor no debería ser una habitación del pánico cuando las voces hablaran más de la cuenta.
Las semanas pasaron, las fiestas habían llegado a su fin y, a pesar de que mi mente era un hervidero de preguntas sin respuesta, decidí alargar un poco más algo que era inevitable.
Porque, cada vez que volvía a ver a Scarlett en los días posteriores a nuestra primera vez, sentía que ambos nos estábamos agarrando a un amor que había dejado de ser completamente sano para ambos y había empezado a convertirse en una adicción poco sana.
Que, en vez de ser un remanso de paz o un lugar al que acudir cuando el alma pesara, empezaba a ser una necesidad visceral, un tipo de dependencia para la que ninguno de los dos estábamos preparados.
Cada «te quiero» que salía de mis labios dirigido a ella lo sentía como una traición, una traición por lo que, un mes después, terminé haciendo.
Un mes después, con el peso de los besos, de las noches llenas de pasión y las caricias desesperadas por calmar unas almas tan torturadas emocionalmente como las nuestras, acabé dándome por vencido, cansado de luchar a contracorriente con una decisión que ya hacía demasiado tiempo que llevaba asentada en mi mente.
Sin embargo, cuando tuve las maletas hechas delante de mí, me convencí al menos cien veces de que estaba haciendo lo correcto.
De que estaba salvando la cordura de Scarlett y su bienestar mental al irme lejos para evitar que tuviera la necesidad de buscarme para calmar el dolor que le producía la partida de su madre y la mala relación con Kairon.
Supe en el instante en que cerré la puerta tras de mí que había dejado mi corazón en esas noches que compartimos juntos y que rompería el suyo en el mismo momento en el que supiera que me había marchado sin siquiera despedirme.
Pero, joder, sabía que si lo hacía no podría marcharme, no si me miraba con esos ojos que me suplicarían que me quedara y que fuéramos dos almas que vivían en hogares rotos, juntos.
Sin embargo, me marché. Convirtiendo a Scarlett Lambert en esa canción inacabada que me perseguiría hasta el final de mis días.