10PEDRO GUERRA
PEDRO GUERRA
En cuanto entré en la oficina, me extrañó la ausencia de Helena. Ella nunca llegaba tarde, todo lo contrario. No importaba qué tan temprano llegara yo ni qué tan tarde saliera, siempre estaba aquí, como si se hubiera vuelto parte del ambiente.
Saqué mi celular del bolsillo interno del saco, buscando algún mensaje. Ella ciertamente tenía mi número, pero nunca me había llamado ni enviado nada. Y hoy no había sido diferente.
En la pantalla, decenas de notificaciones de correos no leídos, el calendario mostraba que tenía una reunión con el CFO en quince minutos y yo ya sabía que tendría el día lleno.
Pero no pude.
Tomé el teléfono de su mesa y llamé a la secretaria de Danilo, avisando que reprogramara la reunión con él para el final del día.
Había leído la mierda de la propuesta y era buena.
Solo haría algunos cambios, para dejar el proyecto con cara de Guerra Turismo y no del grupo Íris.
Sería más caro, pero aun así sería más funcional que lujoso y no me avergonzaría.
Fui a la cocina, viendo que el equipo de la madrugada había dejado todo organizado y que, realmente, Helena no había llegado, porque ella bebía demasiados cafés. Siempre que yo entraba en la oficina, tenía una taza en la mesa o, por lo menos, el olor del café se disipaba en el aire.
Fue un olor que empecé a asociar con ella y me dejaba medio sediento.
Era un deseo irresponsable, se estaba convirtiendo en una especie de vicio. Tanto mirarla y provocarla, robando momentos para nosotros a lo largo de nuestros días llenos, como preocuparme por su bienestar.
Coloqué una cápsula en la máquina y fui a dejar mi carpeta en la oficina.
Volví a mirar mi teléfono, irritado conmigo mismo por no tener su número. Entonces hice lo único que sabía hacer cuando no conseguía resolver alguna mierda: llamé a Karina.
—¿Karina? —intenté disimular la tensión en mi voz.
«¡Yo todavía estoy de licencia, Pedro!», atendió con la lengua afilada, pero ya no tenía la misma potencia de antes, cuando enseguida arrulló a Marcelinho del otro lado.
Eso me dejó angustiado de culpa por molestar a una madre de recién nacido y ansioso por querer aquello. Me condené por envidiar a Karina, por no haber ido a visitarla ni una sola vez. Seguía repitiendo mis errores y sin profundizar relaciones.
Solo que había una urgencia mayor...
—Necesito el número de Helena.
«Está en tu agenda, lo puse antes de irme. Lo puse como “segunda secretaria”, porque la primera soy yo». Soltó una carcajada escandalosa y oí el llantito bajo del otro lado.
Me reprendí a mí mismo por haberla buscado cuando estaba con una dificultad mínima, mientras ella tenía una tarea de verdad entre manos.
Solo que debía haber muchas Helenas más en mi agenda de contactos.
Ni siquiera pensé en buscar, por miedo a llamar a la mujer equivocada y armar alguna confusión con alguna ex-cualquier cosa o alguna cogida casual, tan temprano.
«¿Está todo bien?». Del otro lado de la línea, Karina y Marcelo hacían ruiditos y supe que mis problemas no eran lo bastante grandes para molestarla.
—Sí, todo bien. Todo bajo control. Gracias y mándale un beso a Marcelinho. —Colgué, ansioso por encontrar a Helena.
Borré a todas las Helenas de mi agenda y cambié el nombre de ella en mis contactos, para que fuera la única en mi lista. Podía presentir que algo estaba mal, pero antes incluso de que la llamara, oí su entrada en la antesala de mi oficina.
Salí de mi sala y noté sus hombros caídos. La espalda se me tensó y tuve que contenerme para no cuestionar qué había ocurrido. Ella me debía explicaciones por el atraso, pero yo no tenía derecho a cuestionarla de la manera en que pretendía.
¿Por qué no llamó? ¿Qué pasó?
Estaba aquí, había venido a trabajar. Era lo que debería importar. Eso y nada más.
—Helena, ¿todo bien?
—Señor Guerra, me asustó. —Se llevó una mano al pecho, dejando que el bolso cayera del hombro al pliegue del codo—.
Perdí mi autobús. Pensé que igual me iba a dar tiempo de llegar a horario, por eso no mandé mensaje avisando.
Puede descontarme el atraso del salario, de verdad lo siento.
No va a repetirse, voy a empezar a salir todavía más temprano, se lo prometo.
Se atropelló con las palabras, parloteando como no solía hacerlo. La voz quebrada delataba su desesperación por haber «fallado» otra vez.
En cuanto levantó esos ojos castaños jodidamente hermosos hacia los míos, vi que estaban vidriosos. Yo era grosero, pero no era injusto. Y ella estaba evidentemente cansada, con cara de quien no había dormido. Ni siquiera el maquillaje ligero conseguía esconder los ojos hinchados de llorar.
¿Qué mierda le había pasado?
¿Fue algún novio imbécil? ¿Estaba enferma?
—No hace falta eso, los imprevistos ocurren —respondí, medio seco, demasiado tenso por verla fragilizada.
Fui a la cocina a buscar el café que había quedado listo.
—Yo puedo hacerlo... —vino detrás de mí, evidentemente nerviosa.
—Ya lo hice. —Pareció que me estaba quejando, pero no fue la intención.
Solo no conseguía contener la puta acidez en la boca del estómago, la incomodidad que me dio verla así. Helena era firme, serena, profesional, con la guardia alta. Esta de aquí, frente a mí, me hacía querer atraerla hacia mí.
Helena se encogió, pálida. Y el bolso le cayó del codo a la mano. Ni siquiera se había puesto labial; sus labios blancos me dejaron atormentado. No sabía qué era ni cómo ayudar.
Ella estaba teniendo un mal día, no me correspondía querer arreglar esa mierda por ella.
—Perdón otra vez. Yo voy... voy... voy a mirar la agenda. ¡Usted tenía una reunión temprano! ¿La perdió por mi culpa? —Se llevó una mano a la frente, con los ojos vidriosos y abiertos de par en par.
—¡Ya lo resolví! —Fui ríspido sin querer. Entonces carraspeé y tomé la taza, todavía removiendo el azúcar—. Ya lo resolví —repetí, más tranquilo y suave.
Extendí el café en su dirección, porque claramente ella lo necesitaba más que yo. Helena miró de la taza a mí y de vuelta, sin entender el gesto.
—Si te estás sintiendo mal, puedes tomarte el día libre. Sé arreglármelas.
Era mentira. Karina me había malacostumbrado. Parecía tener tentáculos en lugar de brazos para lidiar con toda la mierda que venía en el paquete de trabajar conmigo durante tantos años. Y Helena se había subido al tren en marcha, sin dejar caer la pelota.
Tal vez yo ya no supiera arreglármelas sin una secretaria para organizar mi día a día... pero ella no necesitaba saberlo.
—No hace falta. Pero gracias de todos modos. —El suspiro de Helena con mi oferta fue tan sentido, tan exhausto, que me cuestioné si ese empleo la estaba agotando.
Pero solo la idea de que se fuera y tuviera que sustituirla me enfureció e hizo que la cabeza me palpitara, anunciando un dolor de cabeza que últimamente estaba siempre presente.
Helena parpadeó muchas veces, apartando las lágrimas que no consiguió esconder, y presionó los labios, negando con la cabeza, para reafirmar que no quería el día libre.
No sabía lidiar con esa mierda. Las mujeres con las que convivía no me hacían pensar ni sentir nada más allá del sexo o del trabajo. Entonces prácticamente le empujé el café en la mano y la dejé sola, para que se recompusiera en paz.
Para que los dos nos recompusiéramos.
Abrí el calendario digital, viendo el montón de mierdas que tenía que hacer hoy, y no pude, simplemente no pude obligarme a resolver nada. Moví los cuadros, arrastrando y empujando las tareas, manteniendo solo las que me permitieran quedarme en la oficina, pendiente de Helena.
Envié un correo avisándole a Danilo que viniera a mi oficina al final del día, en vez de ir nosotros a la sala de reuniones.
Helena no quería irse. Tal vez tuviera a alguien en casa y fuera ese alguien quien la había hecho llegar aquí de esa manera. No sabía una mierda sobre ella, pero lo peor fue pensar en ese hombre deforme esperándola dentro de la casa fantasma que yo solo podía imaginar...
Ella no es tu problema, Pedro, carajo.
Al mismo tiempo que me condenaba por la posesividad inconveniente, tomé el teléfono y pedí un desayuno a la cocina del hotel. Para dos.