08PEDRO GUERRA
PEDRO GUERRA
Días después
Me estaba permitiendo pequeños descontroles. Nada grandioso. Nada que pusiera todo a perder.
Solo desvíos calculados, elecciones menos rígidas, pequeñas concesiones que me recordaban que seguía vivo.
La reunión con el consejo había sido un éxito. Cerramos la compra del hotel en Tokio y, más que eso, conseguí convencerlos de no cometer la estupidez de imponer un modelo occidental allí. Nada prefabricado, como quería el imbécil de Sombra.
Respetaríamos las dos culturas, la japonesa y la brasileña. Elegancia histórica y precisión de un lado. Calor, acogida y vivacidad del otro.
Salí de la sala de reuniones sintiéndome bastante confiado y excitado con el futuro, por breve que fuera. Y parte de eso tenía nombre y dirección: Helena, la secretaria deliciosa que me transformaba en un cliché ambulante.
Provocarla se había convertido en un nuevo hábito. Un juego que conducía con cuidado, para que no se convirtiera en una demanda por acoso, sobre todo porque no iba a actuar, solo quería jugar con ella, desarmar su postura rígida, solo un poco.
Todavía la recordaba jadeando de forma audible cuando fui completamente antiprofesional e insinué que me gustaba chupar a las mujeres. Solo podía ser masoquismo, pero me lo estaba permitiendo y abrazaba ese dolor sin miedo a ser feliz.
Helena fingía desinterés. Mantenía la postura profesional. Pero su cuerpo no mentía. Yo veía cómo le cambiaba la respiración cuando me acercaba. El leve retraso antes de responder. La forma en que la lengua le humedecía los labios antes de hablar.
Ella estaba perdiendo el control. Y a mí me gustaba más de lo que debía.
Pasé a huir de los almuerzos de negocios siempre que podía. En vez de eso, mandaba a Helena pedir comida. Restaurantes diferentes. Menús que quería probar. No era solo curiosidad gastronómica. Era selección. Robaba chefs como quien roba joyas. Sabía exactamente qué buscar.
Entré en la oficina a media tarde y la vi antes que cualquier otra cosa.
Tenía el cabello recogido en una cola de caballo baja, demasiado profesional, que le escondía la nuca. La camisa clara acompañaba el cuerpo sin marcarlo, una de esas blusas baratas, que no fueron hechas a medida y escondían sus curvas deliciosas.
Pero mi imaginación hacía muy bien el trabajo de imaginarla desnuda en mi cama, mis manos sujetándole la cintura desde atrás mientras me la comía en cuatro y ella me llamaba señor Guerra.
Nunca había sido una tara mía, primero, porque las demandas por acoso sexual eran un dolor de cabeza innecesario. Segundo, porque Karina era prácticamente una hermana para mí. Pero Helena me hacía sentir diferente, vivo, cada vez que se sonrojaba.
¡Puta madre!
Me apoyé en su mesa, plantando las manos a ambos lados de la pantalla de la computadora, e incliné el cuerpo hacia delante, obligándola a mirarme.
—Voy a almorzar en mi oficina otra vez. Pide aquí mismo, del hotel. Un filete bien jugoso, goteando al punto de mojarme la barba.
Eso la hizo abrir la boca y agrandar sus ojos inocentes. Eso estaba mal y yo lo sabía, solo que ya no conseguía contenerme.
Helena era demasiado joven. Tal vez fuera virgen. Y si no lo era, debía haber cogido con algún mocoso al que le daba asco el coño y que no sabía hacer que una mujer se corriera como debía.
No conseguía quitarme de la cabeza su desafío, la osadía de preguntarme si no me gustaban las mujeres. Siempre me hacía reír cuando lo recordaba.
—¿Alguna otra instrucción? —Ella pretendía ser formal, pero solo consiguió endurecerme la polla, pensando en todas las instrucciones que le daría.
—El chef sabe cómo me gusta la carne —completé, manteniendo la mirada fija en la suya.
Las mejillas y el cuello se le sonrojaron discretamente y yo simplemente supe que se pondría toda roja al correrse.
Sus dedos apretaron la pluma con demasiada fuerza. Y cuando tragó en seco, sin conseguir responderme, me di por satisfecho y enderecé el cuerpo. Sonreí, como si eso hubiera mejorado todavía más mi día.
Entré en mi oficina, consumido por la excitación de jugar con fuego. Y, por primera vez en mucho tiempo, no tenía ninguna prisa por apagar el incendio.
Me quedé bastante después de hora, sin darme cuenta.
La cabeza me palpitaba en un punto específico, insistente, como venía ocurriendo con más frecuencia de la que me gustaba reflexionar. Abrí la gaveta del escritorio, tomé el blíster y tragué dos comprimidos con un sorbo de agua a temperatura ambiente.
El médico había sido claro: eso no curaba nada, solo aliviaba. Por ahora.
Cuando finalmente tomé el saco, sentí el peso en los hombros. Literal y figurado. Salí de la oficina y fue entonces cuando la vi. Helena todavía estaba en su mesa. Debería haber llamado y avisado que no me esperara.
El cabello recogido estaba un poco desordenado después de tantas horas de trabajo, los hombros levemente caídos delataban el cansancio.
—¿Sigues aquí? —pregunté.
Miré la hora en el reloj de pulsera, tardando en distinguir las agujas finas, con la vista demasiado cansada y el dolor de cabeza constante.
—Sí. —Su voz salió más baja, enronquecida por el desuso del silencio de horas. Ya pasaban de las diez de la noche—. Estoy en el último punto de la lista que me pidió después de la reunión.
Asentí, sintiendo que una incomodidad desconocida se instalaba. Preocupación.
Era esforzada. Mucho más de lo que yo esperaba. Después del error con la agenda, no había cometido ninguna falla que yo hubiera percibido. Ninguna.
Karina había tardado años en dominar aquel ritmo. Y yo había arrojado todo en el regazo de una mujer demasiado joven, al inicio de su carrera, esperando que simplemente me siguiera el paso.
Me condené en silencio.
—¿Cenaste? —pregunté, sin planear la pregunta.
—Sí —respondió demasiado rápido.
Vi cuando bajó la mano y empujó un envase de yogur dentro de la papelera bajo la mesa. Un movimiento casi imperceptible. No me gustó la mentira. Pero no dije nada. Asentí una vez más y volví a mi oficina. Tomé el teléfono y llamé directo a la cocina del hotel.
—Necesito que envíen una ensalada César —informé, y fui respondiendo las preguntas conforme el empleado iba ofreciendo las opciones. No sabía si comía carne roja o cualquier tipo de carne—. Solo con queso. Ahora.
Colgué antes de que preguntaran cualquier otra cosa. Volví, pasé junto a ella sin detenerme y caminé hasta el ascensor. No esperé a que llegara la comida. No hacía falta. Ella entendería.
Cuando las puertas se cerraron, sentí que el peso del día finalmente caía sobre mí.
No era deseo esta vez. No era una provocación semiinocente, sin pretensión de concretarse. Era algo más peligroso: cuidado. Me estaba preocupando por Helena y no tenía tiempo para agregar eso a mi lista de «cosas por hacer antes de morir».
Cuando llegué a la mañana siguiente, un poco más tarde, encontré a Helena ya en su puesto de trabajo. Se levantó cuando llegué, lo que no era común en ella. Me acerqué estudiando su expresión.
Estaba cansada, había salido de aquí después de mí ayer y llegó antes. No sabía dónde vivía, pero ciertamente no era cerca del hotel. Debía haber dormido muy poco y yo no tenía que preocuparme.
No debía. Y me irritaba por eso.
—El señor Sombra lo está esperando en su oficina.
—¿Por qué? —me exalté, porque ella no debería haberlo dejado entrar.
—Intenté hacerlo esperar, pero entró igual. No podía retenerlo aquí afuera. Perdón. —Bajó la mirada, esperando que yo me irritara, que fuera grosero.
Ella no tenía la culpa de eso, carajo.
—Hay un botón en el lateral de la gaveta, traba mi puerta. Solo se abre por dentro. Debí habértelo dicho antes —informé, y me incliné, abriendo la gaveta para mostrarle.
Nuestros brazos se rozaron y su respiración tibia alcanzó el costado de mi rostro. El perfume de su champú me daba ganas de enredar la mano en las ondas pesadas que hoy había dejado sueltas.
—Si alguien intenta invadir la oficina, trabas la puerta o puedes llamar a seguridad.
—Pero él es el CFO, yo soy solo una secretaria... —Helena tragó en seco.
—¡Yo soy el CEO! Y te estoy dando una instrucción. Nadie pasa por encima de mis órdenes. —Lo determiné, y Helena asintió, jadeante.
Carraspée, obligándome a alejarme de ella.
Entré en mi oficina todavía revuelto. Lo que estaba ocurriendo aquí iba mucho más allá de una provocación inocente. Ella me estaba haciendo desearla como hacía mucho tiempo que no deseaba a una mujer. ¡Mierda!
Cerré la puerta de golpe, encontrando a Sombra sentado en la silla frente a mi mesa, revisando su celular. Por lo menos no estaba tocando mis cosas, ya bastante era haber invadido mi oficina.
—Pedro, tenemos que hablar...
—Danilo, ¿qué mierda crees que estás haciendo, invadiendo mi oficina y faltándole el respeto a mi secretaria? —fue lo primero que salió de mi boca.
Estaba más furioso porque había hecho que Helena se sintiera menos, por haber hecho esa mierda, cuando nunca había intentado hacerlo con Karina aquí, o quizá sí, pero Karina era demasiado dura para dejarlo crecerse.
—¡No le falté el respeto a nadie! Ella ofreció café, yo solo entré a esperar. De hecho, sigo esperando hasta ahora —respondió tranquilo, con aquella sonrisa de chico de propaganda, que hacía que todas las mujeres de la empresa se bajaran las bragas por él.
No había malicia, no había venido aquí para encabronarme, solo lo consiguió espectacularmente. La visión se me nubló y la cabeza empezó a estallar, y ni siquiera eran las diez de la mañana todavía. Respiré hondo e intenté no dejar que percibiera que había algo mal conmigo.
—¿Qué mierda quieres? —disparé.
—Ganaste. Lograste convencer al consejo sobre la compra del Sugoi, en Tokio.
Y debo admitir que tu pasión en la presentación me convenció hasta a mí.
Pero una cosa no elimina la otra, Pedro.
El uno por ciento de los multimillonarios puede ser la clientela más fiel del turismo, pero son el puto uno por ciento.
Necesitamos aumentar los ingresos, expandirnos para dominar.
Para mantener vivo tu sueño elitista, tenemos que bajar en la pirámide.
¿Mi sueño? ¿Qué sabía ese hijo de puta sobre «mi sueño»?
Tomé el blíster dentro de la gaveta y me metí los dos comprimidos en la boca, sin importarme que estuviera siguiendo el movimiento.
—No quiero mi nombre en un montón de hoteles de mala muerte, con habitaciones minúsculas.
—¿Ni siquiera miraste mi propuesta, Guerra? ¡No estoy hablando de esas cajas de fósforos como hace la red Íris! Hablo de hoteles funcionales, empresariales y accesibles...
Me froté los ojos, sujetándome el puente de la nariz.
—Mi nombre está ligado a una experiencia de confort, Sombra.
—Sí. Pero los grifos bañados en oro no son confort, son un lujo ofensivo que, honestamente, es malo para la marca. Dentro de diez años, si no antes, otros hoteles de lujo van a caer en gracia con los influencers y tu nombre será olvidado...
Era lo que yo temía. Dejar de existir. No estaría vivo para verlo, pero solo la idea me dejaba todavía más inquieto.
—Voy a leer la puta propuesta, Danilo.
—Solo eso quería. Y agradécele el café a tu secretaria. O mejor, deja que yo mismo se lo agradezca. —Abrí los ojos, soportando el dolor, y encaré a Sombra.
—¡Ni se te ocurra! —prácticamente gruñí y actué sin pensar, marcando mi territorio. Lo que hizo sonreír a Danilo, creyendo que me estaba cogiendo a Helena.
Ya quisiera, pero no lo estaba. Y era mejor que siguiera pensando que sí, así no se acercaba a ella.