Capítulo 24
—¡Por Dios, April! ¡Pensé que no volvería a verte nunca más!
Hayden apenas me abre la puerta y se lanza a mis brazos, sin importarle los guardaespaldas ni el chofer que vienen detrás, cargando mis pertenencias de la mudanza.
Es en momentos como este cuando noto el abismo que hay entre nosotros.
Dos años de diferencia no significan nada. Yo me siento como una anciana comparada con mi hermano.
—Oye, te dije que estaba resolviendo nuestros problemas.
—¿Y lo lograste?
—Deja que los hombres descarguen nuestras cosas primero. Después enséñame la casa y entonces hablaremos.
Me sorprendió cuando el chofer estaba estacionando. Es mucho más grande de lo que imaginé.
Los hombres tardan unos diez minutos en marcharse y nosotros otros quince en recorrer rápidamente las habitaciones de la casa.
Me quedo aún más impresionada cuando terminamos nuestro “recorrido” en la cocina.
—Es enorme.
—¿Verdad? Yo también me sorprendí. Por lo visto, los hermanos Aydin se están tomando muy en serio la promesa que su padrastro le hizo a nuestro padre. Y hablando de eso, ¿cómo está él?
—¿No lo imaginas?
—¿Destrozado?
—No, Hayden. Con el mismo carácter arrogante de siempre. Lo único que cambió es que ahora lleva uniforme de prisionero.
—Dios, sé que está equivocado y pagando por los crímenes que cometió, April, pero también es nuestro padre y está rodeado de criminales peligrosos.
—Define criminales peligrosos, hermano. He pasado los últimos días investigando sobre delitos de cuello blanco.
No sé si tú te has tomado el tiempo de hacerlo, Hayden, pero deberías.
No estoy defendiendo a asesinos ni a nadie que atente contra la vida de otros, pero crímenes como los que cometió nuestro padre, ayudando a políticos corruptos a desviar fondos públicos, robando a la propia directiva de la empresa y…
—Me detengo, porque casi menciono a los narcotraficantes—.
En fin, sus delitos son tan letales como un asesinato.
—Ibas a decir algo y te detuviste.
Apoyo la cabeza sobre la mesa, sintiéndome agotada.
—Porque no estoy segura de si debería contártelo.
—Tienes que decidir si quieres que madure o si vas a tratarme como a un niño para siempre, April. Mucho de lo que soy es por la falta de confianza que papá tenía en mí. Crecí con miedo, inseguro.
Toco su mano sobre la mesa.
—Tienes razón. Es solo que se trata de algo muy serio.
—¿Más serio que perderlo todo? ¿Más serio que yo haya apostado una fortuna en un casino como un idiota?
—Estaba tratando con narcotraficantes mexicanos, Hayden. Lavando dinero para criminales. Kahraman cree que quizá nunca podamos volver a Estados Unidos.
—¿Qué?
—Sería peligroso para nuestra seguridad. Todos saben quiénes somos y esos hombres no perdonan deudas, en caso de que papá también los haya engañado.
—Dios, cuando creo que no puede empeorar…
—Sin embargo, tengo algo bueno que decir.
—¿Qué es?
—La deuda con Berat se pagará mañana.
Se pone de pie de un salto, palideciendo.
—¿Cómo?
—No voy a discutir los detalles contigo. Solo necesitas saber que Kahraman me prestó el dinero.
Me siento horrible por no decir la verdad, pero además de que le di mi palabra a Kahraman de mantener todo en secreto, ¿qué ganaría diciéndole a mi hermano que me vendí por treinta días para pagar su deuda?
—¿Vas a trabajar para él? ¿Cómo vamos a pagar eso?
—Seré su asistente —improviso rápido—, pero escucha bien lo que voy a decirte: no voy a poder arreglar esto otra vez si cometes el mismo error. Te amo y eres mi hermanito, Hayden, pero si vuelves a apostar, terminarás acompañando a papá en la cárcel.
Se me revuelve el estómago solo de pensarlo, pero ya es hora de que entienda la gravedad de lo que hizo.
—Nunca más, April. Te lo prometo. Jamás olvidaré lo que estás haciendo.
—Aún no he terminado. ¿Ves esta casa? —pregunto, extendiendo los brazos a mi alrededor—. Nada de esto es nuestro. La acepté porque no teníamos otra opción, pero los dos vamos a tener que conseguir trabajo, sea en lo que sea. No voy a depender de los Aydin para poder comer.
—Está bien, hermana. Ya lo estaba pensando.
Mi teléfono suena y le hago un gesto a Hayden para que guarde silencio, pero casi al mismo tiempo el suyo también empieza a sonar.
Lo veo alejarse para atender, mientras yo respondo:
—¿Hola?
—¿Señorita Berger?
—Sí, ¿quién habla?
—Cenk Yavuz Aydin.
¡Dios, el hermano mayor!
—Dígame.
—Supongo que a estas alturas ya sabe quién soy.
—Sí, señor.
—Llamo para saber si están bien instalados o si necesitan algo.
—No… eh… su hermano… quiero decir, el señor Kahraman se encargó de todo.
—Debe informarme si necesita cualquier cosa.
—Está bien. Gracias.
Si alguna vez me he sentido más incómoda en mi vida, no lo recuerdo.
—Otra cosa: ahora están bajo nuestra protección, lo que significa que deben seguir nuestras normas de seguridad. Supongo que mi hermano ya le habrá contado sobre la implicación de su padre con criminales.
Por Dios, es tan directo como Kahraman. Debe ser algo de familia.
Si yo fuera una persona sensible, ya estaría llorando a estas alturas.
—Sí, él me lo contó. Lo entiendo y, una vez más, gracias, señor Cenk.